Zarza: lo que no se vio

/ 20 octubre, 2014

La obra tanto gráfica como pictórica de Rafael Zarza es, sin lugar a dudas, una de las más peculiares, inquietantes y valiosas de la plástica cubana de las últimas cuatro décadas. A sus 70 años, Zarza ha consumado un estatus difícil de obtener en cualquier contexto artístico: su obra es prácticamente inclasificable, no sólo con respecto a las tendencias más dominantes que se han ido sucediendo en el decursar del arte cubano contemporáneo, sino también con respecto a las modas estéticas internacionales.

Zarza es conocido popularmente como el pintor de las figuras taurinas. El toro es el personaje central de la inmensa mayoría de su producción plástica.

Se sabe que los atributos físicos de ciertos animales se convierten, al interior de determinada cultura, en proyecciones simbólicas de las virtudes de los hombres. Así, la virilidad, la fuerza, la ira, la elegancia, la indomabilidad, la majestuosidad del toro, forman parte del ideal de masculinidad de un arquetipo histórico como lo es el caballero español. Y por herencia cultural, pues esos son atributos que también figuran en nuestra propia concepción de la masculinidad, por más estereotipados que nos puedan parecer hoy.

La riqueza conceptual de la obra de Zarza radica en la manera en que ha sabido jugar con esa matriz cultural hispánica, pero llevándola al plano de la realidad cubana que le ha tocado vivir. De ahí que el toro sea algo así como la punta del iceberg de su discurso, es decir, es el elemento plástico y simbólico protagónico, lo más visible, lo que más espacio ocupa en la composición.

El animal es representado por Zarza tanto como objeto (de torturas, de burlas, de manipulación), que como sujeto (modelo publicitario, dictador, símbolo sexual), entre otras muchas variantes. Y es que el duelo entre el caballero (el torero), y el animal feroz (el toro), no es más que un ritual estetizado del duelo entre el hombre y los atributos del animal que él desea para sí, y que al mismo tiempo pretende dominar, subyugar, someter a su voluntad de poder.

Entonces, en lo profundo, la obra de Zarza termina siendo un relato de la lucha entre los hombres, de las relaciones de poder, de la violencia, la manipulación, la muerte; pero también hay erotismo, goce del sexo, provocación carnal. Eros y Tanatos. Todo ello expresado en estridentes colores: verdes, rojos, naranjas, amarillos, azules, rosados, que vibran al interior de las áreas delineadas por esos sintéticos trazos que caracterizan a su singular figuración.

Si visita la galería Villa Manuela de la UNEAC por estos días, usted podrá disfrutar de una exposición que compila algunas obras memorables de este importante artista cubano. Zarza: lo que no se vio, así se titula; precisamente porque son obras poco conocidas, quizás soslayadas por el contexto en el que nacieron, difíciles de ubicar en la periodización del arte cubano más a la usanza. Pero el arte verdadero termina por encontrar su acomodo en la historia, trasciende lo circunstancial y desde la vigorosa actualidad de su sabiduría nos interpela.

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