Yo también soy Cuba

/ 24 octubre, 2014

Los años 2000 para el arte cubano han representado un paulatino proceso de sanación ante el desalentador panorama acontecido en la década de los 90, donde el éxodo masivo de artistas incidió de manera puntual en la proyección y consolidación de la cultura nacional. Así mismo, los discursos artísticos venidos de los ochenta, enmarcados fundamentalmente en la investigación social pasaron a otros planos, influidos a su vez por el auge del mercado. El siglo XXI ha traído consigo un favorable desgaste de las fronteras entre creadores que, ante la partida fueron “mal mirados”, y hoy encuentran espacio y tiempo para traer a la Isla, su Isla, una producción simbólica de reconocimiento y trascendencia a todos los niveles. Otros corrieron mejor suerte y el diálogo con las instancias culturales nunca dejó de fluir a partir de la pertinencia de sus obras a los presupuestos sostenidos por el país.

De esta suerte contamos con la presencia de Gertrudis Rivalta en Villa Clara con la exposición La medida de uno mismo, acontecida en el Centro Provincial de Artes Visuales entre los meses de febrero-marzo del presente año. La destacada artista cuenta con una obra importantísima a nivel internacional y apenas conocida para los cubanos. Graduada del Instituto Superior de Arte (ISA) en 1996 y residente en España hace varios años, regaló a la cultura cubana una muestra que en palabras suyas, se la debía a Santa Clara, su tierra natal. Mucho tiempo transcurrió desde su última aparición en nuestras galerías y así ha sido con varios creadores cubanos que viven fuera de la ínsula. La invisibilidad ha constituido una estrategia para silenciar esas creaciones que comparten un sello único: las raíces cubanas.

Conversando con Gertrudis ella comentaba: “qué pasa entonces con una serie de artistas que tenemos un discurso que no ha sido estudiado, ¿sobramos? ¿Cómo vamos a sobrar, si nuestra obra está funcionando fuera. Por qué no nos aprovechan aquí?” Parece ser la gran preocupación ante la acertada proliferación del arte cubano en el país y las variadas maneras de circulación, así como los eventos acontecidos, entre ellos la Bienal de la Habana donde se extraña en las muestras centrales dicha presencia. Rivalta tiene razón, nuestras instituciones culturales deben tener más en cuenta ese caudal artístico foráneo en constante movimiento y enfocarse en la aproximación y visibilidad de esos artistas que también son Cuba.

Las academias comparten esa responsabilidad. El sistema de enseñanza artístico, con sus altas y bajas, trabaja sobre el conocimiento y la proyección cultural. Hay que generar mecanismos para traer a las aulas, a los talleres, a los espacios educativos a todos esos artistas cubanos por el mundo con una permanencia internacional interesantísima y totalmente ausentes entre nosotros porque, es desde esos sitios donde se formaron y comenzaron a trazar un camino propio para el arte nacional. Debemos expandir las áreas de búsqueda e investigación sobre la base de la inclusión y planear los eventos desde múltiples enfoques para ganar en calidad. Ya es momento de abrir las puertas y aplaudir a aquellos que aunque lejos, están construyendo su proyecto para nación.

Deivy Colina Echevarría

Deivy Colina Echevarría

Licenciado en Historia del Arte por La Universidad de La Habana. Se desempeña como especialista de una galería de arte y se encarga fundamentalmente de los procesos curatoriales de la misma. Sus intereses profesionales están relacionados con la crítica de arte, sus principales aciertos, desaciertos y espacios de circulación.

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