Ya se acabó, ¿y ahora qué?

/ 13 julio, 2015

Se fue la Bienal… y se fue bien arriba, alegre. El número doce de este evento quedará marcado por una interacción pública que sin dudas la separa de sus ediciones precedentes, digamos que no es mejor o peor que las anteriores, pero eso sí, diferente, tanto como lo es este “país-planeta” que se mueve contrario a las manecillas del reloj.

Bienal de la Habana, entonces, singularmente cubana. En el ojo del mundo como siempre nos ha gustado estar; alardeando que hay que prestarnos atención, que somos una especie peculiar, no superior pero sí distinta. De manera que esta vez se le movió el piso a los miles de visitantes extranjeros que venían a “descubrirnos” y nosotros nos vendimos como tal, objetando, por supuesto, que somos así desde hace tiempo pero que casi nadie nos veía.

¿La mejor de las obras? El propio arte cubano. Este período de vitrina sirvió para ver lo que está pasando y suponer lo que vendrá, o al menos para comenzar a hacer análisis. Por lo pronto, lo que más me fascina es lo que acarrea en términos de movilidad el mercado. No importa presumir los miles de coleccionistas que llegaron, lo trascendente es que ahora, con evidente retraso, se espera que comiencen a normalizarse (o distorsionarse) procesos ya pautados en el mercado internacional del arte. Los proyectos e intercambios con museos y curadores de prestigio y el conocimiento sobre puntuales artistas cubanos es algo ya dado, la diferencia es que a partir de ahora, a la circulación de las obras hechas por nuestros artistas en materia de transacciones y ventas, habrá que seguirle los pasos.

La idea no es crear una adoración al fenómeno especulativo porque, según muchos, se van a “disparar” los precios; ni que los artistas se afilen las uñas en sus talleres en espera de un “tourlíder” con su guagua llena de compradores (dichos guías de turismo, a tono con este “país de la siguaraya”, ganan cada vez más poder de gestión creando jerarquías y prioridades sobre qué talleres van a visitar o no los compradores). Tampoco el punto es que creadores emergentes vendan sus piezas entre 20 000 y 30 000 dólares o más… porque sí, por intuición, sin la menor idea de lo complejo que es proteger los precios, porque de no ser así se estancan y el efecto boomerang está al doblar de la esquina y los mayores perjudicados son ellos y solo ellos. De más está decir que la gestión institucional tiene que estar preparada y actualizada para estos movimientos… tela por donde cortar… de sobra.

Se acabó la Bienal de más bulla y terminó el domingo 21 de mayo a las cuatro de la tarde del 2015, a manera de una gran fiesta, a tono con la espectacularidad que caracteriza una buena parte del mundo de las artes visuales a escala global. Claro que mientras en el mainstream internacional esa espectacularidad es muchas veces contenida y sobria, aquí terminamos bailando con Lizt Alfonso. Para los tiempos que corren y los que vienen más le vale al arte cubano encontrar el equilibrio justo para que se mantenga con claridad y dignidad en la mira de todos los que apuestan por él.

 

Fotos: Abel Rojas

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