¿Y cómo está tu piscina?

/ 16 junio, 2015

Algo apesta en Madrid, y en cualquier otra parte, en el momento en que un vaso común y silvestre, sea el que fuere, mediado de agua (agua más purificada que pura, después de pasar todos los filtros que la civilización impone, porque en natura no queda agua límpida) se exhibe como si arte fuera. Algo está muy jodido cuando desde cualquier voz se pretende que ese gesto (tan vacío como la mitad del susodicho vaso) sea, encima, aceptado como arte. Cuando todo el que debió decir algo, calla o solo abre la boca para decir que sí, que sí, que sí, que es arte, o que pudiera serlo, que tal vez… y eso, dicho sea de paso, se enuncia a sottovoce, tímidamente, con culpa, con miedo, mal contando y midiendo las palabras, mirando en torno, cuidándose de quién pudiera estar escuchando, entonces, en ese instante, la inteligencia está, clínica y definitivamente, rendida.
¿Puse “rendida”? Quizá debí poner “vendida”, que es otra forma de rendición, agravada ahora portomar la forma de una capitulación incondicional e innecesaria. Pero no quiero llegar a tanto. Me basta consufrir la vergüenza ajena de tolerar los cantinfleos y los malabares con que son defendidos ese vaso y otros tantos, que han venido a suplantar la creación, la imaginería, la pasión y la maravilla con que solían los artistas asombrar al mundo y a los hombres con milagros que parecían salir de la mano de dios.
Cuando se quiere elevar a diatriba filosófica la trivial dicotomía entre el vaso medio vacío y el vaso medio lleno, cuando esa vacuidad mental se quiere travestir en especulación metafísica, se pone al desnudo, si se mira y si se quiere ver, la ausencia total de contenidos, la escases total de continentes y las enormes, descomunales lagunas mentales con que pudieran llenarse hasta los bordes cantidades enormes de piscinas, que ya no solo de vasos. Que no se trata de tal o más cual vaso: se trata de un montón de cabezas, y para más, cabezas puestas de cabeza.
Qué importa un vaso más o un vaso menos, me reclamaran, en un mundo donde los libros se compran y se venden por metro cuadrado, a tanto la docena. Y es cierto, o casi pudiera parecerlo, solo que los libros, todavía, sí, todavía, adolecen de la necesidadde al menos ser escritos, ser concebidos, ser hechos, y ya esa necesidad es algo, necesidad ante la que pasa de largo, impune, mucho de lo que hoy se exhibe y se pregona entre las categorías de lo artístico.
Se ha dicho desde siempre,y es un engañoso disparate, que la mirada de aquel niño que vio y sonrió libremente ante la vanidad del rey desnudo, era una mirada inocente. Pues no, esa no era una mirada inocente en ningún modo. Lo único que sí puede decirse de la mirada de ese niño es que era una mirada descomprometida. La verdad no está en la inocencia, la inocencia a estas alturas es pecado. La verdad pura y dura está en el no compromiso.
Ya en el MacArtismo alguien señaló, y de mi mala memoria extraigo a trompicones la cita: “Ellos, los que delataron a los suyos, no estaban defendiendo con la traición sus propias vidas, que nunca estuvieron en peligro. No: ellos estaban defendiendo sus piscinas”. En el renovado macartismo que con impecable guante blanco impone el mercado en estos días, la cuestión sigue siendo la misma: ¿Tienes una piscina? ¿Tu piscina está medio llena o está medio vacía tu piscina?

Ernesto Pérez Castillo

Ernesto Pérez Castillo

La Habana, 1968. Escritor. Premio de Novela de la UNEAC por Haciendo las cosas mal (2008). Ha publicado los libros de cuentos Bajo la bandera rosa (2009), Filosofía barata (2006) y las novelas Medio millón de tuercas (2010) y El ruido de las largas distancias (2011).

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