Un jardín para “adornar” el muro

/ 12 agosto, 2015

Desde la pasada edición de la Bienal de La Habana, el proyecto Detrás del Muro despertó gran interés dentro de la crítica de arte. Su acogida tanto por el público especializado o no, fue muy favorable, pues generó un espacio donde dialogar directamente con el arte. Tras dicha primera experiencia, en la presente edición de la bienal se ha retomado el proyecto, igualmente bajo la curaduría de Juan Delgado, esta vez bajo el eslogan En medio de la nada, el cual remite a esa condición del malecón de ser, en tanto frontera, una suerte de tierra de nadie. Precisamente en estrecha relación con la noción de frontera y las implicaciones físicas y mentales que adquiere en el contexto cubano, se presenta la obra del artista recién graduado del Instituto Superior de Arte, Víctor Piverno (Pinar del Río, 1989); quien ya había participado con su obra “Mundo PREié” en la anterior edición de la Bienal de La Habana, como parte del colectivo de artistas de Ciudad Generosa, proyecto de la Cuarta Pragmática.

El espacio urbano convertido en un laboratorio social acogió en la muestra colateral Detrás del Muro II su obra “Jardín”, una instalación compuesta por veinticinco kilómetros de alambre de púas enrollado, simulando, como lo describe el título de la pieza, un jardín. Ubicado en el malecón habanero, el “Jardín” de Víctor Piverno alcanza múltiples connotaciones. Remite simbólicamente a la corona de espinas que portara Jesucristo en el momento de la crucifixión; mientras que por otro lado se asocia a las alambradas que circunvalan los recintos militares a manera de protección de dichos lugares ante la posible penetración o invasión de agentes extraños. El creador juega con La coronación de espinas, tema abordado en las artes visuales por renombrados artistas -El Bosco, Caravaggio- para coronar al emblemático muro habanero con dicha aureola del martirio y asimismo aludir a un espacio fronterizo signado por el tormento y el sacrificio. Mientras que por una parte opera con dicho pasaje de la Pasión de Cristo, por otra nos describe una urbe que desde su etapa colonial ha acudido a mecanismos de defensa para demostrar no solo su capacidad defensiva, sino también su fuerza e independencia política.

Lo cierto es que, asociada al muro del malecón, la instalación de Piverno alcanza altos niveles expresivos en el plano cognitivo. Porque dicha obra en la misma medida en que exige una lectura hacia afuera, hace que su sentido radique precisamente en el exterior de su estructura y dialogue con todo el espacio que le rodea. Es aquí donde interviene y adquiere importancia el lugar de emplazamiento; pues el muro asociado a un jardín conformado por alambres, hace que la pieza alcance connotaciones de índole política y social. El jardín surge como metáfora de una ciudad sitiada, donde su entrada y salida se complejizan en la misma medida en que atravesar su infranqueable barrera deviene un proceso riesgoso, de tortuosa agonía.

Tangencialmente en ese sentido afloran problemáticas tan abordadas en las artes visuales cubanas como lo son las de la emigración y el viaje, imposibilitados por largo tiempo no solo por cuestiones políticas, sino incluso por aspectos naturales como lo es nuestra condición de isla. Como dejara expresado en una de sus obras la artista cubana Sandra Ramos, la maldita circunstancia del agua por todas partes es reforzada en esta ocasión por el jardín de alambres de Víctor Piverno; el cual acentúa sobremanera la imposibilidad del intercambio, la inexistencia de una frontera flexible que facilite transitar de un adentro a un afuera, o viceversa. Los límites tan bien marcados fortalecen nuestra independencia, pero asimismo nuestro aislamiento. Si además tenemos en cuenta que el jardín forma parte de la antesala de los inmuebles y deviene la primera imagen que se tiene del lugar; pues el “Jardín” de Piverno funcionaría como la primera impresión que se tiene de nuestra isla: una imagen en estrecha relación con el ámbito militar.

El minimalismo de la obra, la cual echa mano de elementos ordinarios tomados de la vida cotidiana –alambre y cerca de madera-, contrasta con los amplios niveles de recepción a los que remite. Dicho receptor, encargado de otorgarle una unidad semántica a los elementos que componen la pieza, no puede desprenderse del contexto del cual esta forma parte. Hablamos de una isla, que además de tener una barrera natural acuífera, posee mecanismos de defensa y/o aislamiento de otra índole, construidos por el hombre y que ponen en evidencia esa necesidad de acentuar nuestra condición de aislados. Víctor Piverno yuxtapone al malecón una suerte de trinchera y con este gesto lo convierte en un dispositivo de resistencia. Dicho jardín curiosamente deja un espacio vacío en el centro, tal cual el ojo del huracán que en su núcleo se viste de calma, mientras que a su alrededor se desata la tormenta. Así Piverno entiende su isla, atrincherada a la vista de los otros; mientras que en su epicentro se respiran aires de paz y bienestar.

En sintonía con la tesis curatorial de la XII Bienal de La Habana -alejada cada vez más del concepto de megaexposición para ocupar plazas, parques y otros espacios públicos-, el artista apuesta por la integración del arte a la praxis vital. Su obra una vez emplazada en el malecón habanero comienza a dialogar con el transeúnte y su vez resemantiza el espacio intervenido. El creador invierte la comprensión del malecón como un NO LUGAR -categoría propuesta por Marc Augé- en tanto vía rápida de tránsito; para reformularlo como LUGAR en tanto símbolo de la ciudad, con el cual las personas se sientan identificadas, ahora a partir del contacto directo con el arte. La urbe como una gran galería al aire libre le sirve a Piverno como pretexto para recolocar dicha pieza -exhibida por vez primera en Factoría Habana y compuesta por solo tres kilómetros de alambre de púas enrollado- en una de las avenidas más atractivas de la ciudad.

El título de la obra, cargado de cierta ironía, establece un franco contraste entre su significado en el ámbito de la vida cotidiana -y en el imaginario que poseemos de un jardín- y los elementos utilizados por el artista para configurarlo. La idea de larga tradición del huerto sin finalidad económica, únicamente destinado para el goce estético, es subvertida en la pieza de Víctor por su reconfiguración a partir de elementos agresivos y punzantes que vienen a dinamitar nuestra concepción habitual de dicho espacio como una hermosa floresta. Detrás del muro nos encontramos entonces una ciudad cuyo preámbulo es un jardín, donde se ha alterado su finalidad eminentemente estética a partir de una fuerte dosis de agresividad. Por esta vía el artista explora y a su vez altera los límites del “orden natural” y nos incita, como todo buen arte -más allá de ser esta una pieza biográfica y dotada de un íntimo simbolismo a nivel personal-, a explorar los nuevos significados que de ella dimanan cuando, como magnífico sensorium, funciona como termómetro de problemáticas que escapan de la intención autor, para potenciar la intención obra.

Julienne López Hernández

Julienne López Hernández

La Habana (1989). Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde el 2012 trabaja como docente en el Departamento de Estudios Teóricos y Sociales de la Cultura de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Ha colaborado sobre temas de artes visuales cubano, latinoamericano y caribeño en publicaciones como Artecubano y el Boletín Noticias de Artecubano, y en sitios web y catálogos personales de artistas cubanos contemporáneos.

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