Un bote solo en el mar

/ 19 octubre, 2015

Un bote solo, extraviado en el mar, puede ser la medida de muchas cosas. De un país, por ejemplo. Las olas lo mueven ininterrumpidamente sin saber qué secreto motivo lo tiene varado en medio de la nada. En la distancia, una persona cualquiera mira hacia el bote abandonado a través de un telescopio. Esa persona que observa bien pudiera ser el Sergio de Memorias del subdesarrollo, o no. También pudiera tratarse de otro cubano, uno que sueña con salvar las escasas millas que nos separan de la “tierra prometida”. Uno que ha decidido quedarse a pesar de los pesares. De la diminuta barca abandonada cuelga una sábana blanca inflamada por el viento, en la sábana un cartel escrito a mano reza: Eternamente te esperaré. Los transeúntes y entusiastas del Malecón habanero nada saben de este bote y sus palabras, sin embargo, algo poderoso los conecta indefectiblemente, a ellos y a los que miran desde la distancia, con ese barco solitario. Varios años de historia silenciada y cientos de familias echadas al mar, pueden ser, no hay duda, la medida de muchas cosas. Por ejemplo, de un pueblo. Un relato diferente, olvidado, una narrativa en la que a la hidalguía más épica y triunfalista le toca semblantear otros demonios. En la pared descascarada por el salitre cifras estremecedoras contabilizan, del modo más descarnado posible, vivos y muertos tras la travesía de estas últimas tres décadas: 72 000 cubanos tirados al mar, 18 000 perdidos, para siempre, en las aguas del Estrecho de la Florida.

La pieza en cuestión –porque estamos frente a una pieza bella y conmovedora, lacerante, grande– es del artista cubano Reynier Leyva (o El Chino Novo como todos le conocen). Ella participa de la muestra colectiva “Entre el uno y el dos” que hace poco tiempo se inaugurara en el habanero espacio de El Apartamento. Comparten escena con el Chino Novo, Adrián Melis y Levi Orta. Se trata, en los tres casos, de creadores jóvenes que, no obstante su edad, han ido consolidando una carrera artística de importancia creciente. Artistas cubanos dispuestos a perderse en los intersticios de la Historia, de la política, de las realidades de hoy.

El proyecto ha querido distanciarse, deliberadamente, de la noción de objeto expositivo. Luego de tanto manoseo con lo físico, y como consecuencia del desencanto que supone el trasiego inmoderado con la obra y el artista, se ha pretendido encontrar algo salvado y salvable de la galería y el fasto. Algo intacto. Y esta búsqueda vuelve su atención al proceso, al ámbito de lo gestual, a la posibilidad de que haya –aún haya– cosas inasibles en y para el arte. Hablamos de una muestra que se mueve en el terreno impreciso de lo relacional, del desmontaje cultural y la investigación, de la trama social y sociológica. De la poesía también, claro está.

La idea es penetrar las grietas y desandar aquellos caminos que parecían clausurados a cal y canto, o gastados de los mismos recorridos. Todo el tiempo los mismos recorridos. Dar dos pasos atrás, tomar distancia y volver a mirar. Para lograrlo no existe, bien lo saben sus curadoras, una fórmula única. Las maniobras y metodologías son varias, algunas centradas en el arte de acción, el manejo y disloque del relato historicista, la interacción con zonas del tejido social. Otras, por el contrario, se avocan a la puntualidad de la experiencia, la ponderación del gesto y su capacidad de desasosiego. Todas, en cualquier caso, se mueven en los bordes. En ese espacio infinito de probabilidades que habita entre el uno y el dos. ¿O es que acaso, luego de saber en la escuela de los números naturales, no nos sorprenderían los enteros –que nos posibilitaron, entre otras cosas, la increíble oportunidad de restarle 10 a 5–, e incluso los racionales y reales? Hace tiempo que hemos tenido que asumir que cada cosa convive con su némesis, y más, con una serie de variantes apócrifas y legítimas de sí misma. Hemos asumido, en fin, que nada es sólo o exactamente lo que parece. Hay más, es un hecho.

Este orbitar en torno a las estéticas relacionales y zonas profundas de lo procesual, toca tierra en propuestas como Reflexiones sobre un suvenir, de Levi Orta. La pieza apunta a la monetización y rentabilización de la política, ideología e historia nacional. Traído desde Alemania por el propio artista, un pedazo del Muro de Berlín –pequeño gran guijarro descolorido–, se convierte en el epicentro de un análisis matemático sobre las presuntas ganancias del Estado germano tras comercializar, literalmente, el muro (también de los lamentos) que otrora picara el país europeo en dos mitades políticas. La cifra millonaria resultante de estos cálculos no es, en realidad, lo importante; la clave verdadera, lo controvertido del asunto, será el modo en que Alemania ha decidido lidiar con ese pasado conflictivo y sus restos físicos.

Línea de producción por excedente, otra de las grandes obras de la muestra, pertenece a Adrián Melis. El cinismo del proceder que articulan desarrollo y puesta en escena de esta pieza es, a una vez, displicente e incisivo, también triste, quién lo duda. Melis decidiría, luego de abrir una empresa para estos fines, convocar a un puesto de trabajo cuya función terminaría siendo, leámoslo bien, la de destruir los CV de aquellos candidatos desechados por él mismo. Las ideas de competición y exclusión, como principios fundamentales de las lógicas laborales contemporáneas –diría capitalistas, pero carece de sentido hacer demarcaciones sociopolíticas y económicas en un mundo donde el esquema va polarizándose vertiginosamente– son puestas en crisis, diseccionadas con avidez y exhibidas en sus posturas más tremendas y crueles. Luego de un mes de trabajo permanente, Melis tenía en su poder una enorme pila de documentos triturados, una empleada devuelta al desempleo, y el planeta en el mismo lugar. Pero eso ya él lo sabía desde antes, y esa seguridad formaba parte básica de su gesto artístico.

“Entre el uno y el dos” potencia las plataformas gestual y procesual, como alternativas certeras a la afonía de buena parte del arte de hoy. Cuando abandonamos las salas del Apartamento nos vamos con muchas cosas, aunque no sepamos a ciencia cierta qué; cosas que, eso sí, no podemos meter en nuestras carteras o colgar a la pared. En el recuerdo queda palpitando una pila enorme de concreto y papel, desechos humanos de historias pasadas y gente que no conoceremos nunca. Queda también, ya para siempre, un bote solo en medio del mar.

Related Post

Publicidad

  • Editor in Chief / Publisher

  • Executive Director

  • Executive Managing Editor

  • Art Director

  • Editorial Director / Editor

  • Design & Layout

  • Translation and English copyediting

  • Spanish copyediting

  • Commercial director & Public Relations / Cuba

  • Web Editor

Publicidad

Boletín de Noticias Art OnCuba

* Este campo es obligatorio