Tú y yo, somos amantes

/ 26 marzo, 2018

De un extraño cruce entre los impulsos racionales y una seducción confesada y palmaria, nace esta aproximación mía a la poética del joven artista cubano Maikel Domínguez. El aprendizaje de la escritura exige al crítico lo mismo que la pintura -en su irreverencia más fértil- demanda del artista. Maikel y yo, por esta razón que tiene mucho de verdad y de mentira, somos auténticos amantes. El objeto díscolo de nuestro deseo no es ese otro que habita en la contingencia de un plano ajeno; ese objeto de la pasión y del sufrimiento no es otro que nuestro yo camuflado en la letra de un bolero. Lo que hacemos nos relata y nos delata. En su caso, la pintura se revela y se levanta como un gesto de afirmación; en mi caso, valga decir, la escritura diagrama una biografía en la que la imagen y el verbo sellan su destino último.

No es la suya una obra de evidencias contables, apenas certificables, si acaso presumibles. Su obra nace de un lugar lejano y oscuro donde lo que somos (o lo que creemos que somos), se trueca con el arrebato de la dimensión ficcional de los otros. Cuando observo con atención las digresiones visuales de Maikel acepto, de súbito, la legitimidad de la muerte de toda esa narrativa que tiende a estereotipar los tenidos por atributos del arte cubano. Su obra escapa, se fuga, se burla de toda pretensión de gravedad y de pertenencia. El arte, parece decirnos, no es sino el contrato tácito entre el yo y la imagen distorsionada de esa proyección de mí que se fija en el fondo de esa balsa perpetua que somos todos. El arte resultaría entonces esa voz (que no la voz) que expía las sombras y sentencia a la bestia. Las pinturas de Maikel desbordan cualquier noción restrictiva de temáticas o de tendencias. Ellas, en su real y más profusa autonomía, arrecian una modelización —real o ficticia— del sujeto que habita detrás de cada superficie.

(…) Salta a la evidencia que son vitales y prolijos los acertijos que le asisten en la cadena de prefiguraciones visuales y de determinaciones narrativas. La dureza reactiva y doliente de alguna de sus representaciones y hallazgos pasa por la impostación y la edulcoración de apariencias apasteladas y dulzonas, alegato ficticio que soporta una trampa retiniana de ligera presunción. Las atmósferas líneas o geométricas se desvanecen en el afán de cobijar el ánima de esos extraños personajes suyos que parecen habitar entre el dolor silencio y la complacencia escamoteada. Los grandes soportes se convierten, al cabo, en amplias pasarelas del equilibrio imperfecto, avenidas peligrosas en las que el sujeto de la representación (también del escrutinio) juega a ser feliz.

He leído alguna vez que Maikel pertenece a una generación de jóvenes artistas cubanos preocupados por una pintura ligera y de inclinación más estetizante. (…) Es desde todo punto de vista impropia esa apelación una vez que estigmatiza -en su mismo afán defensivo y legitimador- el cuerpo referencial de esa nueva pintura y la reduce a una gramática de asociaciones formales insulsas. Bastaría con observar la obra de este artista, y la de otros muchos de su misma promoción, para advertir el sesgo conceptual y la espesura psicológica de estas obras que algunos consideran alejadas de la tradición crítica del arte cubano. Creo, incluso, que esta nueva pintura, más que ninguna otra, reserva una estrecha relación con la genealogía iconográfica del arte cubano, por encima de esa contestación crítica de un momento muy concreto que tuvo su espacio de emergencia y canalización en los años 80.

(…) Maikel es, en su esencialidad y diferencia, un auténtico heredero de esa rica tradición pictórica. Su poética se asienta en los territorios de ese hacer anterior, pero se levanta sellada bajo el signo de una poderosa singularidad. Pudiera atravesar las salas de mil museos del mundo y reconocer, sin temor alguno, la presencia de su obra. Sus articulaciones ficcionales y sus malabares compositivos tienen el peso de un cosmos. Creo que su obra, de alguna manera, se presenta como una suerte de relato anacrónico en el que alternan las figuras del lirismo y del escarnio. Sospecho de su ignorancia al respecto, pero Maikel es, sin temor al equívoco, un rabioso poeta. Es un Dandi de la seducción y un andrógino de superficie. Desde sus lienzos emana un aliento dulce y amargo, una sospecha de nacimiento que rivaliza con el amago de una muerte anunciada. Sus cuadros parecen pertenecer lo mismo a la cosmogonía que a la literatura. Ellos engendran, aumentan, compulsan el vocabulario de una escabrosa sexualidad. La revolución libidinal que en ellos se dirime resulta directamente proporcional a su esterilidad clínica. La legitimidad de sus cuadros se hace manifiesta cuando éstos, en su regencia discursiva, son capaces de discernir la propia imperfección y vulnerabilidad de lo humano. Ellos no reducen el espectáculo de la vida a equivalencias o a simulacros; por el contrario, celebran la pulsión vital en el espejo de lo fútil y de lo fúnebre.

Estas obras, con independencia de los argumentos anteriores, no parecen habitar en un espacio concreto, ni en una geografía específica. Estas obras, insisto, habitan en los ámbitos de las obsesiones, de la retractación y del narcisismo. Son láminas radiográficas de una desviación, de un estado de cosas más o menos asibles, el culto a lo bello por sobre la devastación ordinaria de lo vulgar regente. Existe en ellas una tendencia, tan extraña como hermosa, a la unidad y al abismo. Es como si, de repente, su misma fisicidad estuviera sujeta a un principio autodestructivo. El instinto de conservación disimula, en su fuero interno, su misma sed de muerte.

Cuando los hombres descansen de sus atávicas erecciones, cuando el lenguaje no sirva para marcar sino para discernir el aroma de los fluidos, cuando los sueños dejen de ser planes de conquista para hablar de utopías renovadas, cuando las superficies fabulen en lugar de representar, entonces, solo entonces, los cuadros de Maikel darán cuerpo a esa inquietante voz que los penetra en la complicidad de un silencio eterno.

El amante, así, sustituirá la máscara por el rostro.

NOTA: Este artículo es un fragmento de las palabras a catálogo para la exposición de Maikel Domínguez Full of Pollen, Kendall Art Center, 30 de marzo, 2018.

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