The-Merger. Arte soy entre las artes…

/ 18 diciembre, 2014

El artista del siglo XXI se mueve zigzagueante entre dos ejes, tan lejanos como complementarios; que, conforme se piden la cabeza en público, comparten luego sábanas manchadas. La crítica y el mercado, entendidos como universos referenciales diametralmente opuestos, logran una cierta conciliación en la figura del artista, que a su vez depende de ellos para fungir como tal. En la medida en que éste logre coordinar ambas instancias, y posicionarse a su vez entre ellas; en la medida en que pueda entender cómo funcionan, yace la clave de su éxito.

Por otra parte, en una época que cada vez demanda más del individuo, la interdisciplinariedad se ha vuelto pauta definitoria. Con el advenimiento de los tiempos modernos, la reestructuración de las antológicas áreas del saber comienza a exigir del artista no sólo hacerse con su oficio, sino con el conocimiento de otras realidades, de otras formas de concebir el cosmos. El mundo cambia su rumbo y el arte debe seguirlo con pies descalzos. En la Cuba contemporánea, uno de los rostros asumidos por el fenómeno es la proliferación de los llamados «grupos de colaboración artística». Entre ellos, un ejemplo que ha venido ganando terreno es The-Merger, resultado de la fusión, en 2009, de Mario Miguel González (Mayito), Niels Moleiro y Alain Pino.

Con su obra sucede que, en un primer acercamiento, el espectador es atrapado por la imagen depurada; por la excelente factura de una producción plástica de cuyo espectro no pudiera decirse que, por mucho abarcar, poco aprieta. En sus creaciones emplean distintos materiales (acero, maderas, bronce, PVC y silicona traslúcida), todos subyugados a su mera función de herramienta, de medio para acentuar un fin contenidista. Sus referentes provienen de la iconografía de masas, de la mercadotecnia global, de la tecnología industrial, de los nuevos tiempos. Apelan a una amplia gama de receptores, por lo que su mensaje discursa en distintos niveles de significación. Así, aun cuando Gretel Acosta afirme que “la relación comunicativa que establecemos con sus obras es en exceso breve”, avalada por una “literalidad carente de sugerencias”[1]; pienso más bien en una síntesis depurada, en la que varios significados han sido superpuestos en un mismo significante. Un mensaje diáfano, plagado de referentes implícitos en sus posibles lecturas, que no abruman al receptor, sino que lo invitan a sentarse y recibir cuanto sean capaces de descifrar. La indeterminación, en este sentido, es un elemento clave; ese espacio moldeable a la experiencia, a la vivencia ajena, que finaliza el acto comunicativo. Las obras del grupo funcionan, incluso al margen de sus títulos. En la globalidad del imaginario al que apelan, en lo sintético de sus formas, abarcan una amplia gama de posibles decodificaciones, que le permite a cada pieza desprenderse de su statement, su contexto, sus autores, y aun así, decir algo a quien las enfrente. Después de todo, una sociedad agobiada por la globalización, el internet, por la decepción y la muerte de las grandes utopías; no puede más que regurgitar un arte que le muestre sus entrañas, es decir, que hable su mismo lenguaje.

Cuando conocí a The-Merger en HB (muestra colectiva organizada en Pabexpo, en el marco de la Oncena Bienal de La Habana), me vino a la mente el conejo blanco de la Alicia, de Lewis Carroll. Entonces, no entendía exactamente qué, pero algo me resultaba inusual en su poética; algo que se esforzaba por arrastrar mi atención hacia su madriguera; ese umbral hacia un universo otro, ajeno a las dinámicas convencionales del mundo del arte. Ya desde entonces, su visión del momento tenía algo de previsora. La formación de un grupo que se nutre tanto de conocimientos académicos como de estrategias de marketing; la innovadora factura industrial que ha patentado su línea estética; la objetividad con que, aun viviendo en Cuba, se han posicionado en el codiciado mercadode las subastas; responde a una concepción extremadamente clara de las pautas por las que hoy se mueve el arte cubano contemporáneo.

Actualmente, con una sólida trayectoria en el mercado internacional, avalada por la presencia en múltiples ferias internacionales de arte, más de 12 ventas por encima del precio mayor estimado en casas de subastas, y un record de venta de $122 500.00 (Sex Machine/Subasta Miami FAAM, diciembre 2013); el ascenso es incuestionable. A ello sumémosle la participación en la pasada Subasta Habana (noviembre, 2014), con una carpeta de 21 grabados, producto de los bocetos de algunas de sus esculturas. Resulta evidente que el grupo se hace notar.

Recordemos que, antológicamente, el verdadero artista siempre ha sido un lector de su entorno, un ser capaz de traducir en sus obras ese código con que está escrito el universo. Los medios que emplee, la tekné con que cuente, el público al que apele, el status social que logre, son variables de una ecuación cuya única constante reside en la capacidad de descifrar –y posteriormente transmitir– aspectos clave del cosmos que lo rodea. En este sentido, creo que el mérito de The-Merger es innegable.

Fotografía: Cortesía The-Merger

[1]Gretel Acosta: “Globo terráqueo, urinario, héroes, me gusta el rojo”, en tabloide Noticias de ArteCubano. No. 2, 2014.

Rigoberto Otaño Milián

Rigoberto Otaño Milián

La Habana, 1987. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana. Actualmente ejerce como especialista del sello editorial Collage Ediciones del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Ha publicado textos sobre arte cubano en catálogos y revistas.

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