Sobre Lisandra Isabel en Artis 718

Algunos desdobles de la imagen, asociaciones de lo femenino y una estética propia

/ 27 marzo, 2019

Tras la búsqueda de una retórica expresiva propia, Lisandra Isabel García ocupa la galería Artis 718 con una serie de trabajos que continúan el diálogo con la tradición pictórica -contaminada con técnicas más gráficas, el uso del grabado y materiales refractarios como el cristal. Un contrapunteo muy privado es sostén de ese proceder formal. En El roce de la seda, muestra abierta entre febrero y marzo, Eva aparece como un personaje salido de las obras de Durero y de la figuración tardomedieval. Repertorio de referentes invocados por la artista que parecen ser medidos, tensados, con sus experiencias particulares, para dibujarlos como patrones que vienen a ceñir las maneras de vivir la intimidad, el cuerpo y la consciencia de sí.

Pero en este punto de su investigación resalta la espontaneidad de la praxis artística, ligada a la autoexploración, a las preocupaciones que afloran del mundo interior. Allí, la confrontación con arquetipos y modelos heredados surge desde la piel, desde su propia imagen. En esta búsqueda autorreferencial la artista evade senderos previsibles y rígidos. Su modo de decir resulta cargado de lugares vivenciales, de revisión introspectiva y de préstamos de la cultura visual.

El sondeo de representaciones que han parametrado un modo de ser femenino, de ser sujeto, puede percibirse en las obras en lienzo y cartulina, desplegadas en el espacio primero de la galería, como antesala de la exposición. En ellas el cuerpo se extiende como protagonista de las composiciones, aunque el trazo firme tendente al dibujo, a la gráfica, deja fuera las caras. La ropa sirve entonces de marco para la recreación de los estereotipos extraídos de la historia del arte, donde las vestiduras se convierten en paisajes, en los decorados acompañantes o en las iconografías mismas que, como transparencias, perfilan un lenguaje cercano al internamiento.

Dicha interpelación visceral se hace visible en otras obras, que abandonan el formato de la tela para encontrar resortes expresivos en el cristal y en espejos tornados en soporte artístico. De tal manera, en Retrato Oval la dureza del rostro adquiere, a partir del tratamiento en el vidrio, un tono surrealista que permite la apertura a las capas ríspidas y menos complacientes, replegadas por las múltiples envolturas de la identidad.

Esa sensación de reverso, de veladuras del mundo interior capturadas en la superficie visual, se bosqueja a través de otras piezas. Por ejemplo, en trabajos donde la artista mira detenida en fotografías yuxtapuestas a espejos, cuya imagen luego se confunde con la proyección del espectador, añadiéndole una terminación casi pictórica y de espejismo a la vez. Catedral, Pensando en la muerte, La mesa del arquitecto, por mencionar algunos de los títulos, constituyen momentos en los cuales la pregunta por la identidad, por las representaciones asumidas a lo largo de la vida social, en el espacio privado, se trasmutan y renuevan desde las estrategias estéticas.

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