Silencio

/ 9 junio, 2016

Después del pasaje Facultad –máxime si se trata de la FAYL–, uno aprende a aflojarse las piernas en otras contiendas. La realidad te sacude del letargo y empieza, con una suavidad pasmosa, a trastocar sentidos: lo tremendo se hace mediano, y lo leve, enorme. Se restauran, digámoslo así, varias cosas imprescindibles. El silencio, por ejemplo; esa posibilidad de hablar y callar a un tiempo, de hacer de la palabra dicha, escrita, pensada, un vocablo nuevo, transfigurado. La palabra donde el lenguaje entero está contenido en un solo signo que es, por demás, mudo. Hay todavía quien piensa que se puede leer poesía con un diccionario en la mano, o que todo desgarro aguanta una metáfora.

Hace tiempo que le huyo a ciertos ruidos. Sin darme cuenta, y quizá porque un día descubrí que “allá afuera” hay personas para quienes la vida no es una carrera convulsiva hacia ninguna parte, me fui alejando de muchas imposturas. Todavía trato de alejarme más. También del arte que ha sido, a pesar de todo, la puerta de entrada a mi obsesión más triste –y la de aquellos que se graduaron y se siguen graduando de esa carrera que, eufemísticamente, nombran Historia del Arte–, a saber, la necesidad del acto de disección. La idea de que diseccionando se logra encontrar algo valioso es, no caben dudas, una fabulación siniestra.

Luego de quedarme perpleja ante las proclamas de Ezequiel –y sus lienzos, y su colcha rosa–, esos textos donde las medias ideas se pegan como lapas y generan unas imágenes poderosas por su androginia y visceralidad, siento que puede existir un espacio salvable para el arte que se hace hoy en esta mi Isla trending topic. Al menos para un pedazo pequeño, mínimo (lo que es, ciertamente, suficiente). O, en última instancia, la posibilidad de volver con hidalguía a la extraviada noción de silencio. Muchos lo intentan, a pesar del cinismo que se ha vuelto ya un padecimiento endémico. A pesar de la algazara. Lester, él mismo demasiado leve como para hacer cualquier otra cosa, sabe que en esa dirección hay un camino posible. Y lo toma.

Estado de silencio[1] sondea deliberadamente la praxis del mutismo. Propone algo de lo que no estamos seguros, ni nosotros ni quien le articula, y lo deja ser en su indefinición más prístina. Se trata, de alguna manera, de un clamor al desasosiego. Como si la palabra callada tuviera, y de hecho la tiene, la posibilidad de reafirmarnos en nuestros propios límites y desbordamientos. De nada nos sirve, entonces, volver a la simpleza del ejercicio crítico, por suerte el pensamiento no se restringe a los muchos/pocos ordenamientos de las veintisiete letras del alfabeto. No existe algo así como una aritmética para el arte, que es también la vida, porque la lógica de toda realidad cambia de un punto a otro, de un hombre a otro. Lo que pueda yo decir de ese silencio de Lester nada tiene que ver con el suyo, ni con el de mi padre. Tampoco con el de Vallejo que es, bien lo sé, el más desgarrador de los silencios posibles.

Ese desconcierto ante la imposibilidad palmaria de asir cuanto nos rodea, es inmenso en el proyecto expositivo de Lester. Ello nos valida el gesto del “decir” desarticulado, sin miedo al agotamiento o la  incorrección. Más importante aún, nos permite callar, puesto que nadie ha planteado nunca y, de haberlo hecho sería un perfecto miserable, que el sonido –palabra, música o grito– sea la ruta más corta al corazón de las cosas. ¡Como si ese atajo en realidad existiese!

Susan Sontag dice en The Aesthetics of Silence que “el silencio mantiene las cosas abiertas”. Yo diría, si no fuese temerario, que el silencio es las “cosas”, todas, desde la primera hasta la última, arquetipo y ensayo, prueba, error, extravío, fabulación. Núcleo inescrutable donde cada variación es ella misma y la otra. El silencio es la viabilidad de algo más. Y no importan, frente a él, ninguna de las normativas que sirven para pautarnos la vida (como las academias y demás instituciones de semejante talante). Nada de eso funciona allí, si es que el silencio tiene –como sospecho– espacialidad. Operamos a nuestras anchas porque somos, nosotros mismos, una tentativa del lenguaje.

En ese espacio caleidoscópico, suerte de aleph borgiano, habitan muchas cosas imposibles. Infinitas de hecho. Ideas inconmensurables que echan por tierra el mito de las unidades de medida (centímetros, kilogramos, minutos, bla bla bla). Se hallan, por ejemplo, muchos libros no escritos, muchos libros escritos. Algunos de ellos están en la exposición, Lester los ha esculpido en maderas de puertas, mesas, ventanas, maderas que ya no son sino libros. Los mantiene, sin embargo, cerrados a la mirada ajena. Yo creo que de ese modo se salvan de la angustia de la palabra leída –la palabra leída es irreversible–. Él lo sabe, y yo también. Hay libros de José Kozer, Francis Sánchez, Ileana Álvarez, Etién Martínez, Ricardo Alberto Pérez. Tienen en común la peculiaridad de ser inéditos, desplazados, invisibles. Si alguien los ha hojeado ya los olvidó, de forma que no hay temor al desciframiento, la disección, el quiebre. Existen únicamente como probabilidad de libros enormes (eso quiero pensar yo; así lo hago).

Está, asimismo, una vitrina que cae: dos, tres, cuatro veces. Para ella la estampida es también silencio. Nadie diría que un día, efectivamente, se desplomó de la pared al piso. Nadie lo diría porque no ha sucedido, no ha caído nunca al suelo aunque allí se encuentre la cristalería deshecha. Quizá Lester sepa, por una intuición muy suya, del vértigo que es consustancial al acto tremebundo de la caída. Ha querido entonces resguardarnos de esa certidumbre, haciéndonos creer, cada vez, que el trayecto es infinito y cíclico. Se trata de un gesto de conciliación, de pensar el ejercicio mecánico del derrumbe  desde nuevos códigos de lectura. Códigos capaces de resistir la interpretación más rancia –el esquema, la herramienta, la metodología–, como cuando un niño dice (y sabe) que el verde es azul, amarillo, rosa. El verde, como la caída, tiende a ser insondable.

Tal vez la pieza definitiva de la muestra sea Intermedio. No sólo por ser, según creo, la más sincera de las tres, sino porque asume la dimensión del silencio como ninguna otra. Es la palabra detrás de la palabra, “la palabra nunca oída, nunca dicha”[2], la forma anfibia de lo que está próximo a la catálisis. El telón rojo que el lienzo representa no falsea la carencia de sonidos, no se olvida de esculpir, junto al título y los autores, las páginas escritas de ciertos volúmenes extraviados; el telón asume, en su ilimitada habilidad de simulación, la vastedad de aquello que carece de una corporeidad precisa. El mutismo, pues. Lo porvenir que no llega. El silencio no tiene una mejor silueta, en caso de tener alguna, que la revelada por el ropaje de lo virtual. ¿Qué se esconde tras ese rojo omnímodo capaz de apropiarse, de una esquina a otra, de la tela de casi cuatro metros que es Intermedio? Yo, es claro, lo desconozco. Como Lester que lo ha pintado. Pero eso, bien mirado, no es importante. Ese telón, cerrado como está, y por estar precisamente cerrado, es la mejor expresión de las “cosas abiertas” de Sontag. Es el juego de lo eventual, probable e improbable. Lo que, por otra parte, no resulta inquietante, dado que cada respuesta está validada en el espacio que contiene dentro. Ahí está como grado cero de la escritura.

Alguna vez le oí comentar al propio Lester sobre el desasosiego que baña el rito de los intermedios. Esa suerte de limbo. De haber un antes y un después, y pieza teatral, proyección, diégesis, una direccionalidad y escena precisas, la obra que intuye Intermedio sería de Chéjov. Un cuento suyo. Nadie como él ha logrado hacer de lo mínimo, intrascendente si se quiere, el centro del relato. Nadie ha sabido contar lo que carece, por principio, de clave anecdótica. Relatar la nada, aquello que no trascurre, ocurre, sucede. Como la vida y sus dinámicas de medianía, azar e inanidad. También como el silencio poético, cuando el decir tiene clavado en el estómago un universo de ideas que no aprenden a hacerse lenguaje dicho o escrito. Un silencio murmurante, que está siempre a punto de ser quebrado. Siempre a punto.

Quiero pensar que la muestra, toda ella y pieza a pieza, está montada como un sutil gesto de resistencia ante el vicio interpretativo de nuestro tiempo. Uno va, la observa detenidamente, calla de ser posible y luego se vuelve a su casa a pensar en otras cosas. Desiste de hacer apuntes, notas, observaciones, o de pasar un libro de madera por la piedra afilada del estructuralismo más rancio. Es probable, sin embargo, que las motivaciones de Lester sean otras, y eso es bueno, ya que su silencio seguirá siendo suyo a pesar de mi intromisión, a pesar de aquellos que han desfilado por las salas de la galería.

Sabemos, eso sí, que hay cosas que nos superan. El silencio es una de ellas, naturalmente. Le place mucho más escucharse que comprenderse (algo parecido a leer los poemas en voz alta por el gusto de su sonoridad), distenderse en ello horas y horas sin llegar a ningún sitio. En ese punto radica su comunión inaplazable con la poesía, esta es, apuntar hacia una dimensión otra. Yo me quedo pasmada ante esa capacidad de hablarnos de lo indecible, de guiarnos, con toda humildad, por un tipo de aproximación de corte experiencial –a veces uno se estremece y no sabe por qué–. Se trata de un estado, no de fórmulas; extraviarse en vez de encontrarse. Hay quien afirma, a estas alturas, que cada cosa (y entra en ese saco el silencio) tiene un significado preciso.

Si se perdiera acaso la palabra perdida, si se gastara acaso la

                                                                                 palabra gastada]

Si se escuchara acaso y se dijera

La palabra no dicha ni escuchada;

Aún seguiría siendo la palabra no dicha, la Palabra no escuchada.[3]

 

[1] Muestra personal de Lester Álvarez inaugurada el pasado 29 de abril en el espacio de El Apartamento.

[2] Eliot, T.S. Miércoles de ceniza.

[3] Eliot, T.S. Miércoles de ceniza.

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