Sandra… antes de convertirse en isla II

Algunas experiencias personales y artísticas influyentes en la obra de Sandra Ramos

/ 31 julio, 2016

Sandra Ramos aprovecha los terrenos en los que se cosechan bien los signos, y se madura el lenguaje. Su primera escuela fue San Alejandro. Durante su estancia allí se inclinó más por el trabajo con el grabado. Allí el profesor Ángel Manuel Ramírez, fue uno de los que más le influyó en esta etapa. Le aportó una visión del grabado, “a partir de su incursión en lo tridimensional y de la apropiación de imágenes y conceptos reciclados de la historia del arte y específicamente del papel del grabado como medio de comunicación popular inmediato”[1]. Percibió de esta manera el carácter comunicativo del arte, y se convenció que esta manifestación era justamente el medio más accesible para llegar a la mayor cantidad de personas posibles.

El ambiente creativo de los años ochenta, fue también otra de sus escuelas. De alguna manera, la época de estudiante de Sandra coincidió con la vorágine de estos artistas y las transformaciones en el paradigma estético, de cuestionamientos y desacralizaciones. El ISA le dotó de herramientas teóricas importantes que reforzaron y ampliaron sus conceptos. En sus años de estudio la teoría estuvo muy actualizada sobre las prácticas contemporáneas. Bajo la tutoría de profesores como Lupe Álvarez, Madelín Izquierdo y Rafael Rojas, entre otros, Sandra Ramos aprendió de la exigencia crítica y de la reflexión.[2]

El grabado, a pesar de constituir uno de los medios más efectivos en la comunicación y divulgación, ha sido menos visible que la pintura en el ámbito artístico; ha pervivido el culto al original. Sin embargo, desde hace dos décadas los artistas cubanos han revolucionado su línea conceptual y las posibilidades expresivas de cada técnica. En este sentido, la obra de Sandra es un ejemplo de esta renovación.

Sus influencias no tuvieron un filtro categórico para su armazón profesional. El grabado le brindó la posibilidad de reunir las citas postmodernas, específicamente las más relevantes según sus intereses y pensamiento. Es así que homenajeó a reconocidos maestros del ukiyo-e, tales como es el caso de Utamaro (1753-1806); asimiló la sátira y astucia de las obras de Goya y Daumier (1808-1879), y reconoció muchos puntos en común con Max Ernst (1891-1976), a quien citara literalmente. Cada cita experimentó una resignificación y complementó el sentido de sus planteamientos y preocupaciones.

Por ejemplo, a partir de 1988, mientras estudiaba en el ISA, Sandra realizó algunos trabajos con reminiscencias al ukiyo-e. Esta incursión fue motivada por las características particulares de este tipo de estampa japonesa, cuyos inicios se remontan al siglo XVII. Los temas del ukiyo-e reflejaban la vida de la ciudad y escenas de divertimento. Sandra de alguna manera vio reflejado a los turistas que viajan a nuestro país en este plano paralelo. La influencia del grabado japonés permitió a Sandra confrontar semas y recursos expresivos, devenidos soluciones ideoestéticas que pronto marcarían constantes en su obra, como ha sido la apariencia planimétrica en lo formal.

Otros códigos del grabado, un tanto más occidentales, encarnaron el papel del pueblo ante la presencia de los turistas representados. Su elección icónica se basó, fundamentalmente, en la búsqueda de la gráfica del siglo XIX, la Ilustración francesa, los periódicos, revistas y la gráfica mexicana.

“Para mí es muy importante la gráfica, porque de todos los medios artísticos, es el menos elitista. Por eso, precisamente, tiene un lenguaje tan rápido, asequible para cualquier tipo de gente. Sobre todo, cuando se aborda un tema social, resulta mucho más fácil hacerlo desde la gráfica. En mi obra, quizás lo formal no sea lo más importante, sino el contenido, independientemente de la importancia de la relación entre uno y otro. Mi formación está en ese sentido. No pocos de los personajes que yo uso son de la historieta cubana, de nuestra gráfica…”[3]

Las obras de los creadores cubanos Ricardo de la Torriente (1869-1934), Eduardo Abela (1889-1965) e, incluso, en menor medida las del mexicano José Guadalupe Posada (1852-1913), constituyeron recurrentes apropiaciones en la producción de la artista. Su sentido de la crítica fue un factor común a los tres y rápidamente admitido y recepcionado por Sandra.

La tradición del grabado constata la tendencia de una marca escritural en la práctica artística de importantes autores, como es visible en Goya y Daumier. La influencia de estos creadores en Sandra contribuyó a consolidar las ideas en torno a su inclusión del texto en la obra con una función activa. Goya y Daumier parlamentaban muchas veces sus matrices con líneas satíricas hacia la sociedad, sin descuidar la elegancia de la ironía ni lo hiriente de la mofa. Sandra adoptó estas formas de elipsis como estrategia discursiva, que luego enriquece con una gama ilimitada de materiales y herramientas expresivas. La utilización del lenguaje escrito en la representación se equiparó en importancia con la del icónico.

La irrupción del conceptualismo era un estandarte imposible de ignorar. Kosuth (1945), uno de sus precursores, establecía que todo arte funciona en analogía con un cierto tipo de proposición lingüística[4]. Sandra Ramos asume estos preceptos dialógicos entre el texto y la imagen: “Mis imágenes no son ilustraciones del texto, ni el texto es un simple título, desde mi punto de vista, no pueden funcionar independientemente, son una unidad, incluso cuando las estoy haciendo ambas me vienen a la cabeza sin un orden, aparecen simultáneamente”[5].

De estas experiencias gráficas, Sandra adoptó en su poética las viñetas con diálogos, provenientes sobre todo de las historietas. En su gramática visual, el título o frase incorporada a la pieza se presenta con su puño y letra, como auto-firma y huella escritural devenida también signo autorreferencial. Sus textos desarrollan la función de relais -relevo- con respecto a la imagen, es decir “las palabras, al igual que las imágenes, son entonces fragmentos de un sintagma más general, y la unidad del mensaje se cumple en un nivel superior: el de la historia, de la anécdota, de la diégesis”[6]. De ahí la importancia del texto explícito en las obra.[7]

El contenido de las frases que yuxtapone en sus piezas parte, en su mayoría, de una estrecha y fuerte relación de su discurso con la literatura universal y cubana. Los juegos de los espejos y los cambios de realidades que experimentaba Lewis Carroll con las aventuras de Alicia le atrajeron. La influencia de Carroll en la artista cubana surtió efecto no solo por lo atractivo que resultaron la caracterización y las narraciones que hiciera de Alicia, sino también porque sus anécdotas reproducían experiencias autobiográficas del autor. Sandra, de modo parecido, ha construido narraciones que beben de su propia fuente vivencial, que es también la común a un sujeto plural.

Le sedujo, además, la narrativa de Paul Auster, llamado el escritor del azar y de la contingencia, y que igualmente contaba extrañas historias dentro de otras y relataba acerca de espejismos. Los cuentos y novelas de Ray Bradbury despertaron en Sandra la necesidad de ofrecer la realidad con propósitos moralizantes y de advertir esos espacios donde se albergan los sufrimientos humanos.

Sandra se sintió inspirada además por las poetisas Anne Sexton, Sylvia Plath y Dulce María Loynaz, quienes desarrollaron una lírica de corte autobiográfico. La artista identificó el intimismo en la poesía de estas féminas con el ensimismamiento y la introspección que luego desarrollaría algunas obras. Tanto la estética de lo confesional de Sexton y Plath como el romanticismo de Dulce María permearon una porción de la producción de Sandra, a partir de que las propias relaciones entre símbolos generaban poesía y re-creaban un mundo interior estéticamente similar a la representación literaria, en la que los signos se creían versos flotando en espacios tan neutrales como el papel en blanco. Otro de los intelectuales que más ha influido en Sandra ha sido José Martí. La identificación con el pensamiento martiano le ha hecho llamarlo “mi ángel”, porque lo considera un ídolo y paradigma del pensamiento libre y progresista.

Las vivencias de Sandra no solo en Estados Unidos, sino en otras latitudes, le han dado la medida de cuán limitados pueden ser los bordes de una Isla, que participa de manera peculiar en la dinámica es global, según los presupuestos su sistema socialista. La artista comparte esta visión de insularidad que plantea Virgilio Piñera en su poema La Isla en peso (1942), otro de sus referentes imprescindibles:

“… este poema es increíble por la descripción tan inteligente, original, mordaz que hace de la realidad cubana y del tema insular, tal es así que ha servido de inspiración a múltiples creadores cubanos (…) Yo realicé este grabado (“La maldita circunstancia del agua por todas parte”) en el año 1993, durante el período especial y en un momento crucial para mí en que me cuestionaba mi identidad, presente y futuro.”[8]

La creadora reflexiona acerca de la concepción de la identidad a través de su obra y nos propone tomar partido en su definición y constante construcción. Sandra se nutrió de la literatura, sobre todo de la que se refugiaba en anécdotas interiores. Gastón Baquero también fue uno de los poetas que más cautivó la poesía plástica de Sandra, en la que reprodujo al pez, fusionó su imagen propia con la de este animal, compartió sus sensaciones… halló en él un sentimiento que le pertenecerá siempre.

Todas estas intertextualidades literarias han tenido su paralelo plástico en la morfología de sus obras. Esta manera de colapsar sentidos en un espacio físico limitado (soporte) fue moldeada y ajustada –en el lenguaje formal- a la dinámica del collage, similar a la estética propuesta por el artista alemán Max Ernst, uno de sus más preciados paradigmas de experimentación y renovación.

La distribución de estos constructos y citas en las piezas fue adaptada al recurso narrativo que provenía, inicialmente, de los años ochenta, “cuando el arte y la literatura comenzaron en una de sus líneas, a poetizar una estética de lo marginal”[9]. Los artistas de esta década se propusieron la comunicación a partir de recursos humorísticos, como la parodia, la sátira y la ironía, elementos que Sandra incorpora del arte de los ochenta.

“En los ochenta este humorismo amplía aquellos asuntos, comienza a adquirir matices, sus temas son más incisivos en cuanto a la realidad, se halla más cerca que nunca del comic, de la historieta (Buergo, Tonel, Ciro Quintana). A inicios de la última década del siglo, el humor se torna reflexivo, más complejo en sus significados, codifica los conflictos y los transforma en claves, emblemas, signos muy personales, interioriza los problemas y, sin dejar de ser inquietante, es también alegre (por ejemplo, la obra de Ángel Ramírez, o en una primera etapa la propia Ramos).”[10]

Sandra reacomoda este lenguaje discursivo a las circunstancias especiales de los años noventa como respuesta a la crisis social y económica existente. Ese espíritu de supervivencia y espontaneidad fueron canalizados por la vía de la comicidad que, como diría Rufo –en su libro Sedición en la Pasarela (2001)-, “entrañaría el recuerdo de la mueca grotesca y congelada de L’homme qui rit (1869), de Víctor Hugo, aquella sonrisa que interpretaba lo fatal”, equivalente a la idiosincrasia del cubano, capaz de convertir la pesadumbre en materia prima para reír.

El medio en que se desenvuelve no es para Sandra una referencia opcional, complementaria o un elemento más como podría resultar para cualquier otro artista. Su contexto determina la hondura de sus vivencias. Por ello en gran medida su obra autorreferencial le debe a sus circunstancias.

 

[1]      Entrevista a Sandra Ramos. Cit. en López-Cabrales, María del Mar. Óp. Cit., p. 12.

[2]      Entrevista realizada a Sandra Ramos por vía de correo electrónico. 2 de mayo de 2013.

[3]   Bermúdez, Jorge R. “La isla en vilo de Sandra Ramos” [2012]. Consultado en www.opushabana.cu, abril 2012.

[4] Osborne, Peter. Arte conceptual. Phaidon, New York, 2004, p. 112.

[5] Entrevista a Sandra Ramos. Cit. en López-Cabrales, María del Mar. Óp. Cit., p. 14.

[6] Barthes, Roland. Óp. Cit.

[7] El valor diegético alcanzado por el texto en su obra requiere en muchos casos del aprendizaje del código digital (la lengua). Ídem.

[8]   Ídem.

[9]   Pino-Santos, Carina. Fin de milenio; Nuevos artistas cubanos. Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 44.

[10] Ídem.

Claudia Taboada Churchman

Claudia Taboada Churchman

La Habana, 1990. Crítica de arte y curadora para la Galería Villa Manuela. Textos suyos pueden consultarse en catálogos de exposiciones y en publicaciones como la revista Artecubano, Revolución y Cultura, La Jiribilla, el tabloide Noticias Artecubano y los sitios web Habana Patrimonial y Habana Cultural. Recientemente uno de sus proyectos curatoriales fue premiado con la Beca de Curaduría que otorga el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.

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