Rafael Zarza. Con la fuerza de una cornada

/ 17 noviembre, 2014

Muy pocos parecieron los días destinados a exhibir un importante cuerpo de obras de Rafael Zarza en la galería Villa Manuela durante el final del pasado mes del octubre y es que, en verdad, cualquier tiempo parece insuficiente para disfrutar de una propuesta como esa, lo que solo es posible en una revisitación. De todas formas, proclama el conocido lema de un programa televisivo que, “lo bueno no pasa”.

El primer valor de toda la poética de Zarza está en su carácter visceral, y en ello le hace honor a su nombre, este creador. Todo lo demás se vincula a esa virtud de vigor que provoca y corporeiza en un texto visual que también nos deja inquietudes, porque tras la aparente obviedad de sus comentarios “viven” otros niveles sustantivos de mensajes.

La intertextualidad, la ironía, el sarcasmo, son cómplices encubridores que devienen vehículos perfectos para los desplazamientos semánticos y por eso atrae; la obra entonces se carga de especulaciones, disímiles asociaciones y genera bifurcaciones narrativas.

Rafael Zarza ha mantenido un leit motiv que lo identifica y distingue. Ha plagado sus propuestas visuales de figuras antropomórficas, dejando triunfar el tema de la tauromaquia, a través de lo cual alude, con poca clemencia, a todo aquello que representa el poder. Se burla de personajes y actitudes extremas; refiere asuntos de naturaleza ética, pero no hay gratuidades retóricas. El toro deviene símbolo de lucha, poder, violencia, y protagoniza lo que podemos calificar como la disolución de normativas. Su serie bíblica, sus zoofilias se inscriben en la desobediencia y contienen una agresiva frontalidad que le otorga al “corpus visual” un cariz crítico que el artista, por lo general, no declara cuando le entrevistan.

En sus citas y referencias de obras de la historia del arte universal, suele transmutar los significados; con ello logra una dislocación conceptual y una suerte de extrañamiento. Zarza nos entrega un enigma, utilizando como ardid la máscara que ocluye la expresión de los rostros de sus “majas”, y convierte en tentación nuestro deseo por desenmascarar a esos personajes que se ofrecen a la conjetura.

La versatilidad de este artista le permite transitar del grabado (fundamentalmente la litografía) a la pintura, sin divorcios perceptibles. Ello le confiere dinámica a su quehacer, sin que parezca seducido por las trampas de las técnicas y, a cambio, se empeña en diversificar sus motivos y en premiar con la energía propia de una intensa experiencia artística, con la fuerza de una cornada.

Me anima pensar que la obra de Rafael Zarza representa la resistencia al imaginario complaciente que, tanto comprometió la imagen de la severamente criticada década de 1970 y salva la semblanza homogeneizada que de la época se muestra.

 

Nota: Este texto retoma las ideas que están incluidas en los recientes trabajos En deuda con el Expresionismo y Bifurcaciones de la erótica en la década de 1970.

 

Fotografía: Alain Cabrera

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