Post-it. Ya no es sólo agua por todas partes

/ 13 octubre, 2014

En el año 2013, Collage Habana, subdivisión encargada de las artes plásticas en el Fondo Cubano de Bienes Culturales, lanzó un evento que develaría una nueva cara de la institución. Post-it surgió como una expoventa/concurso nacional para artistas menores de 35 años, con el propósito de visualizar proyectos emergentes, que algún día serían líneas artísticas bien establecidas. Los resultados sorprendieron a algunos debido a la madurez estética de muchas de las propuestas como las de Lisandra Ramírez, Rafael Villares o Alex Hernández; y, además, por la fuerza discursiva de revelaciones como Pedro Luis Cuéllar, hasta entonces ajeno a las dinámicas del medio. De un total de 106 participantes fueron aceptados 56 artistas, de los cuales 8 piezas (aproximadamente un 14,3% de la exposición) serían adquiridas por colecciones privadas o por la misma institución. Un jurado presidido por René Francisco, Premio Nacional de Artes Plásticas, otorgó 5 premios, consistentes en exposiciones personales en las galerías del Fondo, la obtención de las piezas presentadas, o la posibilidad de materiales para la creación.

De la muestra se precipitaron ciertas conclusiones inevitables. La línea dominante había dejado atrás la estética descuidada, el regodeo en lo marginal y la obsesiva crítica político-social. Los nuevos discursos se vertían hacia el intimismo, hacia una experiencia ajena a esa angustiosa circunstancia del “agua por todas partes” que, en la opinión de algunos, había saturado por años los contextos culturales cubanos. Incluso aquellas piezas que buscaban dialogar con la Historia, lo hicieron desde una postura casi lúdica. Definitivamente, la nueva generación contaba con una voz fresca, permeada de influencias internacionales y de una visualidad contaminada por las pautas del diseño contemporáneo. Sin embargo, quizás al margen de que la comercialización era el objetivo primordial del proyecto –o tal vez por eso, precisamente–, los cuestionamientos no se hicieron esperar.

Es un “arte lindo”, dirían peyorativamente algunos desde una posición –en mi opinión– facilista, para analizar un fenómeno mucho más complejo que el estigmatizado «servilismo» del artista para con las oscilaciones del mercado. A ello agreguémosle lo controversiales que resultan las (cada vez menos) voces que defienden a ultranza el “arte por el arte”, como algo aislado de todo contacto con su comercialización. En estos tiempos, el mercado es un fenómeno global, uno de los pilares principales de legitimación del artista, y (guste o no) parte indisoluble de su realidad inmediata. Ya va siendo hora de admitirlo.

Hoy en su segunda edición, Post-it acoge, de un total de 120 aspirantes, a 48 artistas, entre los cuales 33 se presentan por vez primera en el evento. En esta ocasión se conformó un nuevo jurado, presidido por Moisés Finalé y constituido por Alex Hernández, Niels Reyes (Gran Premio en la primera edición del evento), Yudelkis Martínez y María Milián (directora de Collage Habana y creadora de Post-it). La premiación ha tomado en cuenta la implementación de medios innovadores para abordar el arte, como son los casos de Johsue Paglieli y el grupo multidisciplinario de cooperación artística Thriangle, ambos merecedores del premio de adquisición. Además, se valoró el empleo enfático de la técnica para reforzar el discurso, al concederle el segundo premio a Adrián Fernández. En otros casos, el jurado apostó por una trayectoria artística coherente, acorde con las apropiaciones iconográficas de las jóvenes Ariamna Contino y Adislén Reyes (primer y segundo premio, respectivamente). Por otra parte, en medio del ubicuo e inasible post, la vuelta a la academia comienza a ser revalorada. Así el joven de 25 años Jorge Dáger (Alter Ego, 2013), por su técnica impoluta y por el abrumador hiperrealismo de sus trazos, obtuvo este año el gran premio.

Post-it, entre otras cosas, evidencia el cambio de estrategia en que vienen trabajando, hace algunos años, las instituciones culturales del país. Definitivamente los tiempos han cambiado desde que David Mateo, a principios de los noventa, detectara la elusión, por parte del Estado cubano, de “las apuestas de riesgo para la obra de artistas emergentes.”1 A fin de cuentas, nunca es tarde para resanar fisuras.

Fotografía: Cortesía de Rodolfo Martínez

1 David Mateo, Arte cubano. Alegoría, género y mercado en los 90. Ediciones Matanzas, 2013. p. 29.

Rigoberto Otaño Milián

Rigoberto Otaño Milián

La Habana, 1987. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana. Actualmente ejerce como especialista del sello editorial Collage Ediciones del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Ha publicado textos sobre arte cubano en catálogos y revistas.

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