Perdóname conciencia (II)

¿Depende de ti?

/ 18 febrero, 2015

II

Artista cuestionado, artista vivo

¿Para qué sirve la crítica? La interrogante expresada por el visionario paseante Charles Baudelaire en sus Fragmentos del Salón de 1846 puede despejarse sin especular. Degradada por el mercado de gama alta al rango de telonera publicitaria, la crítica de arte solo consigue lastimar el ego hipertrofiado de artistas, curadores y galeristas, quienes desean algo más que vender sus productos y comercializarlos a gran escala. Esta triada también pretende mantener en un puño a quienes logran divisar las costuras de ciertas trampas por muchos velos que las cubran. Por lo cual, únicamente las rabietas de los emblemas vulnerables conservan el estatus virtual del “replicante desconectado” audaz e interesado por la movida artística contemporánea donde, finalmente, resulta excluido.

(Un productor visual de éxito vociferó con sincera arrogancia: “¡A los críticos los quiero bien lejos de mí!”. Según este cinismo profiláctico, el cirujano del arte jamás será un “compañero”, un cum panis, alguien que “comparte el pan” con el artista y su prole de asistentes. ¿Maquiavelismo light?).

En un contexto que realiza maniobras de apertura hacia el fenómeno del mercado, la función de los críticos que aspiran al milagro de la recepción podría consistir en implementar un mecanismo de resistencia ante propuestas-residuos de lo que antes se llamó “artesanías de la periferia”. Porque hoy la malograda etiqueta de acento povera representa a pregoneros del artefacto diseñístico, costoso y pseudoglamouroso, sin maña para fomentar el easy shopping del vacío ideotemático como lleno matérico-objetual.

Lo inadmisible resulta insistir en valoraciones conceptuales ante quienes procuran despojarse de rezagos académicos o fantasmas que algunos suponen detectar. Los críticos de arte conceptual deberían mutar sin prejuicios en críticos de arte comercial, para desentrañar el legado vigente de Andy Warhol o Jeff Koons hasta llegar al sensation ineludible Damien Hirst, quien valía cien millones de libras esterlinas a los cuarenta años. La metamorfosis del artista como etnólogo en artista empresario constituye un fenómeno que justifica la urgencia de una reinvención crítica en los tiempos que corren.

“Uno se cansa del supuesto papel que los críticos tienen en esta cultura. Es como ser el pianista de un burdel: no tienes ningún control sobre todo lo que pasa en el piso de arriba” (Robert Hughes, La cultura de la queja, Anagrama, 1994).

El dinero como estado de ánimo vaticinado por Warhol condujo a que Hirst declarara en el cénit de su gloria económica: “Me encanta que me difamen”. Pero uno siente que a figuras precoces y experimentadas del arte cubano contemporáneo les costaría trabajo exponerse al juicio público con este desparpajo. ¿Otro complejo psicológico de la superstición antillana? Aunque hay impúdicos de raza dispuestos a pagar con tal de recibir la bendición mediática. Cuando arribe ese “momento perfecto” de alianza entre cronistas mansos y rebeldes con su pragmática cotidiana, entonces valdría la pena reiniciar una discusión en torno al drama de las publicaciones de arte y su incidencia real o imaginaria.

Si empuñar juicios contundentes acerca de un artista o una zona de su quehacer plástico lograra contribuir al aumento de las ventas, entonces nadie se molestaría con nadie por una reseña o monográfico descortés. Así retornaría a la escena del paripé conceptual un axioma duchampiano inservible en el presente insular: “Artista cuestionado, artista vivo ̋. De esta forma, los críticos “a contracorriente” recuperarían el aura perdida, disfrutarían el placer del texto malinterpretado o impugnado y las revistas de arte (especializadas o híbridas) volarían de estanquillos y librerías de un extremo a otro del archipiélago.

Ya es hora que esa “cultura de la queja” (esgrimida por Hughes) y la publicidad (serializada por Warhol) abandone el combate y negocien sus diferencias amparados por ese rumor amplificado que domina con impactos catalizadores de otros horizontes.

La crítica periodística y los enfoques teóricos deben emprender juntos el trayecto que los conduzca del terreno artístico a la burbuja financiera. Unos podrían intervenir en el campo del saber cultural (megaexposiciones temáticas, bienales, documentas) y otros en el consumo fetichista de las imágenes (subastas, coleccionismo privado o institucional de alto o bajo perfil). La escritura como expresión literaria no puede cristalizar al margen de los números que le otorgan linaje y glamour a una obra de arte. Tampoco es saludable que los críticos pacten alianzas con minorías académicas o consientan el resentimiento inútil.

Dejar las comparsas artísticas manifiesta un gesto de autonomía, decisivo para involucrar al “espectador perplejo” en un ambiente de credibilidad, inevitable para engrasar la maquinaria “promoción, circulación, distribución”. Ello serviría para distinguir el “arte comercial” disfrazado de “arte conceptual” o su inflación contraria, torpe para deleitar a cazadores de formas o contenidos relacionales con medios y fines. ¿Será este el país soñado por quienes anhelan combinar herejía y publicidad bajo ese sol del mundo plural? ¿Algún día podremos celebrar el triunfo de una semiotización abierta del espectáculo?

Héctor Antón Castillo

Héctor Antón Castillo

(Camagüey, 1963). Periodista y crítico de arte. En el 2004, obtuvo el Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros con La otra ̏ muerte del autor ̋. En el 2006, ganó el Premio de Crítica en el Concurso auspiciado por la Revista Videncia con Las paradojas inconclusas de Pedro Pablo Oliva. Textos suyos aparecieron en la antología Nosotros, los más infieles. Narraciones críticas sobre el arte cubano (1993-2005). Participó en el dossier de la revista canadiense Parachute dedicada a Cuba (2007). Se le concedió el Primer Premio en el Concurso de Crítica de Artes Artes Guy Pérez Cisneros (2008) con el ensayo Contra la cautela: una razón para otras sinrazones. Recibió Mención de Honor en el Guy Pérez Cisneros 2012 por Un león de piedra no le teme al abismo, texto monográfico sobre la obra de Lázaro Saavedra.

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