Pedro Luis Cuéllar en Galería Galiano

/ 4 abril, 2016

Pedro Luis Cuéllar ha expuesto de modo personal en la Galería Galiano en el primer trimestre de este año bajo el título de Los Renegados. ¿Por qué este muy joven artista de la plástica ha dado ese título a su primera exposición personal? Renegar es un acto valiente de separación y de afirmación propia al independizarse de ideas aceptadas por un común acuerdo social. Eso significa que estamos por naturaleza ante la propuesta de una actitud de rebeldía artística. Es proclive este joven a ser de otra manera de mirar, diferenciada del rutinario consenso. No se trata de pretender alejarse de su contexto social, pero sí verlo desde una perspectiva interpretativa diferente, en la cual pretende irse encontrando a sí mismo como individuo. Esa postura crítica marca el modo de direccionar su arte. Falta por ver cuánto puede haber de originalidad o si es, apenas, una modalidad más entre las diversas posturas críticas desarrolladas en el arte cubano a partir de los años ochenta.

Su medio de expresión es la escultura en metal (acero en esta ocasión), de pequeñas dimensiones. El material es un medio, pero también se abre a interpretaciones de sentidos múltiples por ser la cualidad del acero, susceptible a la corrosión, otorgada al cuerpo carnal del hombre. De manera preliminar, Cuéllar prepara el esbozo de las figuras mediante el dibujo con solo algunos trazos, en los cuales perfila la dirección formal y el sentido a proyectar.

Sus piezas, nada abstractas, muestran a la figura humana en grupos o individuos aislados, siempre envueltos en una actitud de silencio. Su arte resulta narrativo en la medida que sus figuras siempre están escenificando una acción. Pero, el sentido a su vez se engrandece al sobrepasar lo meramente anecdótico pues lo que vale son sus indagaciones personales acerca de las situaciones existenciales del ser humano, de su modo de comportamiento social.

Cuéllar se plantea, ante todo, comunicarse directamente con el espectador con la finalidad de transmitir intenciones evidentemente moralizadoras que recuerdan los propósitos seguidos por el arte en el Medioevo. Nunca está en él la intención de mantener sometidas a las personas. En tal dirección, potencia la capacidad de acción de los sujetos, de ahí que la resultante sea alertar, aleccionar, hacer reflexionar al público sobre el sentido trascendente e intrascendente de la vida, de su responsabilidad en sus alcances y fracasos. Dado que este efecto moralizador es muy marcado, sus imágenes no pretenden situarse en un terreno ambiguo o impenetrable. Pudiera ser ello, en lo adelante, un espacio reservado, un nicho propio a desarrollar al paso del tiempo, cuando su obra madure y amplíe su radio de acción. Creo esa será una cualidad de la cual le costará alejarse, aunque lo pretenda posteriormente, pues intuyo en ese proceder su manera propia de pensar con gran posibilidad de perdurar en esa postura. Nos arriesgamos a predecir.

Mientras observaba sus piezas no podía dejar de traducirlas de inmediato a expresiones de sentidos alternativos al correlacionar las formas con sus títulos. De ese modo, piezas como Los estudiantes (I, II y II), hacían surgir en mí la idea de: “todo lo que haya de esforzarse por lograrlo no será nunca en vano, sin importar cuánto, hasta desmembrarse el cuerpo si es preciso”. En la titulada La siesta aparece una figura colgada del cuello por una soga en un “abandono total al entregarse a dormir como un muerto”.

La pieza Preparación para la defensa (2016), una de las que me causó mayor atracción, me recuerda sin duda alguna el tema de la parábola de los ciegos, obra pictórica de intención moralista pintada al óleo en 1538 por Brueghel el Viejo. El desequilibrio cada vez más acentuado de las figuras al caminar una detrás de la otra y la caída de la última aparece nuevamente como una alegoría al peligro de seguir a quienes enceguecidos no ven ni piensan más allá de lo que les sea dictado, sin percibir que quien les conduce les lleva a la ruina.

En El soberano (2015, acero, soldaduras y madera), solitaria figura pretendidamente emblemática del poder, el artista muestra al individuo encerrado, su torso en total aislamiento dentro de una jaula a pesar de estar avanzando, con la persistente finalidad de “que nadie sepa lo que el soberano piensa”. Ese encierro-protección se torna en una trampa, en los límites del poder para ver y mirar acorde a los intereses de otros, atrapado en el recelo de su exasperada voluntad de poder.

Esa ironía al juzgar y representar le viene a Cuéllar de ese desprendimiento, de no dejarse reducir a un pensamiento de común denominador. En eso hay una altanería. Pero al menos es de aplaudir la rebeldía en no bajar dócilmente la cabeza. Por el contrario, mira en derredor con un sentido crítico y revelador. Esas reflexiones artísticas suyas sobre las situaciones de la existencia se propone comunicarlas a los demás, sin reparos. Con eso el otrora afán moralizador de las representaciones visuales y escénicas medievales aparecen reapropiadas en sus piezas de una forma actualizada. Su procedimiento de apropiación y de cita encubierta del pasado remoto de la cultura de cualquier procedencia lo asume como una fuente viva de experiencias y de saber, para pensar al hombre contemporáneo de una manera pretendidamente iluminadora.

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