¿Papá, entonces yo soy artista?

Notas para una delimitación subjetiva del distrito del arte

/ 30 octubre, 2014

Distrito, una demarcación territorial subjetiva[1] es un proyecto nacido en la Facultad de Artes Visuales de la Universidad de las Artes (ISA), a cargo del profesor Carlos Raúl Aguilar. La génesis de esta propuesta se explica por la necesidad de recuperación de espacios de diálogo en torno al arte y su canalización mediante el acto expositivo en la propia entidad académica. Distrito es, en definitiva, otra de las iniciativas[2] pertinentes desarrolladas para oxigenar el ISA como institución, por lo que en ese sentido está muy bien enfocado.

La oportunidad de socializar las búsquedas y experiencias artísticas más actuales es concedida para aquellos estudiantes que asuman su proceso de trabajo con seriedad y que alcancen en sus discursos determinada coherencia. Distrito se propone el debate cercano y sistemático durante un mes, entre el profesor y el alumno, de modo que el intercambio de saberes y vivencias fluya con organicidad ya sea desde la cúpula, el aula o desde cualquier otro sitio. Porque el proceso de trabajo con los (re)planteamientos formales y/o conceptuales que ello implica, además de la inserción en la dinámica expositiva (trabajo curatorial, gestión, producción y promoción, instalación y montaje de las piezas, etc), es realmente más sustancioso para el estudiante-artista que la visualidad final de la muestra.

Hasta la fecha, los logros de Distrito han sido palpables[3]. Este mes de octubre, es Luis Antonio González Rodríguez el artista seleccionado, quien inauguró el pasado viernes 24 de octubre, la muestra Nueve personajes en busca del autor. Articulada desde la autorreferencialidad -y entendiendo este concepto como la necesidad manifiesta del creador de imbricar en su obra referentes cercanos a él para la proyección de su propuesta crítica- esta exhibición recoge la doble experiencia de Luis como padre y artista.

Una vez el espectador se adentra en el área expositiva lo reciben varios juguetes y dibujos infantiles dispersos, tal como si un pequeño hubiese finalizado su juego. Sin embargo, en los espacios contiguos, el taller de un artista parece cobrar forma: a partir de tubos de acrílico y óleo, paletas, andamios, cuadros sin montar (algunos volteados y otro en el proceso de copia desde el proyector), videos presentados en la mesa de animaciones, etc., se ha construido orgánicamente una escenografía, sin dudas, fundamentada en el interés de Luis por la teatralidad de las escenas cotidianas. Mas, no existe una demarcación precisa de las áreas de trabajo. Los límites entre lo propiamente infantil y lo adulto se disuelven, en tanto los juguetes desempeñan un rol[4] en las propuestas artísticas, a la vez que en estas, es perceptible la apropiación de imágenes y procedimientos infantiles, dígase el dibujo en las paredes o la circulación de un tren de juguete por el suelo.

Un fluido intercambio entre praxis artística y universo infantil se nos presenta entonces, pero sin visos de ingenuidad. Porque este creador propone el tema como pretexto para la plasmación de sus preocupaciones en torno al arte, el cual distingue como un producto esencialmente comunicativo y con un marcado componente estético. De ahí que el gesto de llevar a la galería la obra de un niño, obedece a su cuestionamiento sobre el valor real de lo meramente artístico si, según él, en ambas situaciones se intenta expresar lo sentido y lo vivido a través de determinada visualidad. Con el propósito de ser aún más explícito al respecto, Luis se apropia de formas abstractas creadas por su hija y sin revelarlo al espectador, las convierte en una nueva situación pictórica, solamente para demostrar que los resultados visuales no son muy distantes unos de otros, a pesar de la carga semántica que el artista le suele adjudicar a los suyos.

Por supuesto, Luis no desconoce el papel rector de la Institución-Arte en tales procesos, porque precisamente ella es blanco de su crítica, sin embargo, tampoco obvia las posturas asumidas por el sujeto artista en función de garantizar su inserción en el circuito. La máscara-tentempié que cubre totalmente a uno de los personajes de un cuadro, simboliza el desdoblamiento del creador en el gestor que generalmente sobredimensiona su discurso con un fin práctico. El procesamiento de la información, traducido por la admisión continua del artista de los referentes citados (típicas formas de Lam y la banqueta ready-made de Duchamp), concluye en la descomposición de la pintura en manchas, es decir, en un residuo cualquiera. Y ello entraña una concepción nihilista acerca del fenómeno.

El creador apuesta por la noción del arte como un todo, de modo que las prestaciones, mixturas, mutaciones, etc., se sucedan ad libitum con derivaciones múltiples y sin fundamentos teóricos que necesariamente las avalen. En ese sentido, Luis ha elaborado una obra basada en apropiaciones de la historia del arte y con una fuerte dosis de cinismo, humor e ironía, pero donde la transparencia y la sinceridad deben predominar tanto consigo mismo como con el espectador. Y así, reacio a recargar su obra con un “concepto inexistente”, él asume el acto de pintar como una especie de liberación del espíritu -posición esta que remite inevitablemente al accionar vanguardista del pasado siglo- en un intento por “(…) aislar el impulso de toda contaminación, ya sea el concepto o la forma, para que conserve la frescura y la espontaneidad”.[5] Y esta postura resulta válida (actualmente todo lo es), lo que sucede es que desde la propia negación ya se establece una afirmación; la oposición del artista al concepto deviene su concepto legítimo. De manera que, una vez más el círculo se ha cerrado. En fin, Nueve personajes en busca del autor además de gratificante, remueve el pensamiento, impulsando a la reflexión y al diálogo -siempre saludable, amén de sus finales predecibles- sobre el enrevesado fenómeno del arte. Confiemos en que la próxima propuesta de Distrito, también genere similares energías. Yo apuesto a que sí.

 

 

[1] Para mayor información sobre el proyecto escriba a: [email protected]

[2] El proyecto Órbita también define este como su objetivo iniciático.

[3] En las ediciones anteriores participaron los artistas Eudis Leyva y Jeremy Guerra Reyes con las muestras Objetos del espacio en la mente de un ser casi muerto y El duro oficio del cirujano plástico, respectivamente.

[4] Partiendo de la dinámica del famoso juego de rol o de interpretación de papeles, el artista construye cada escena pictórica como el espacio donde los juguetes asumen determinada personalidad.

[5] Notas del artista.

Marilyn Payrol

Marilyn Payrol

(Santa Clara, 1990). Graduada de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Profesora de Teoría y Crítica de la Universidad de las Artes (ISA). Es editora del sitio web de Art OnCuba magazine. Textos suyos pueden consultarse en la Revista Artecubano, La Gaceta de Cuba y en Art OnCuba Magazine.

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