Once millones, una fe

/ 17 diciembre, 2014

“La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma”. Es el opio del pueblo.

Karl Marx[i]

 

La temática religiosa como motivo de las artes visuales cubanas ha estado presente desde la implantación de los modelos temáticos y estético-artísticos durante el proceso de colonización, sobre todo en el contexto de las instituciones religiosas que surgieron a lo largo del siglo XVII, XVIII y XIX; aunque con la Academia de San Alejandro el tema fue perdiendo protagonismo. Sin embargo, ha sido un tópico de suma recurrencia en el arte cubano, abordado con fuerza durante la vanguardia plástica como respuesta al desgarramiento cultural que produjo la colonización, llegando hasta nuestra contemporaneidad, expresado sin rubores a través de disímiles lenguajes y soportes artísticos.

Por su parte la fotografía contemporánea ha colocado en el centro de su lente múltiples preocupaciones y entre ellas el tópico religioso ha cobrado nuevos bríos, precisamente por la naturaleza de este soporte, donde se imbrica la magia de lo documental con la reflexión más conceptual. Uno de los creadores contemporáneos que se ha inclinado por esta vertiente es Juan Manuel Cruz del Cueto, sobre todo a partir de su serie fotográfica Fe, la cual ha venido trabajando hace tres años como resultado de su interés por las raíces culturales y las huellas de las tradiciones populares presentes en la procesión al Santuario de San Lázaro. Este creador contemporáneo, despojado de prejuicios y miradas esquemáticas, se acerca a este universo popular con gran profundidad y seriedad investigativa. Traslada dicho suceso religioso hasta los predios del arte con un fuerte sentido sociológico -en tanto describe un modo de vida-; desde el punto de vista psicológico –en la medida en que apunta un tipo de pensamiento-; y desde el punto de vista antropológico -porque se denota una fuerte carga cultural, sustentada en una práctica de más de medio siglo-.

Los personajes que conforman la serie lejos de ser ficcionales devienen figuras reales, encarnadas como otredades por los mendigos, quienes han sido retratados despojados de una visión pintoresca. Muy por el contrario, el artista llama la atención sobre dicha zona marginada de la historia y de la cultura, preterida por estar protagonizada por historias personales llenas de pobreza y de una miseria rampante. Los retratados son personas de bajo nivel económico y cultural que han fracasado en su proyecto de vida y que cifran su esperanza en una fe ciega en el santo de los enfermos. Se trata de devotos que acuden al Rincón mayormente atraídos por un excesivo fanatismo, o por necesidades económicas. Porque también el diecisiete de diciembre se ha convertido en una estrategia proselitista, en un día de lucro, o en una jornada laboral para no pocos mendigos. Aunque en esta serie el artista no solo enfatiza en dichas historias, sino que las pone al dialogar con la de otros peregrinos de diversa formación cultural y posición económica, quienes asisten a la procesión para pedir por la salud de algún ser querido, sin desatender otros asuntos como el bienestar y la esperanza de superar la dura vorágine cotidiana. Ese micro mundo que saca a relucir Juan Manuel Cruz deviene metonimia de una sociedad en crisis de valores que hoy necesita depositar su fe en algo, lo cual está condicionado por esas sensaciones de pérdida y desconcierto que ha generado la crisis e inestabilidad de los lazos familiares, sociales e ideológicos.

En cada una de las fotografías se recrea un único símbolo -San Lázaro- en muchas de sus manifestaciones, sobre todo como parte del imaginario con el que opera el pueblo cubano: a través del vestuario de los devotos, mediante las estampas y estatuillas que aluden a dicho santo, o a través de la presencia del perro, fiel compañero de Lázaro. De esta forma Cruz del Cueto se regodea en el placer estético del ícono religioso y lo reinterpreta en cada uno de los rostros de los devotos. Cada pieza es un nuevo San Lázaro, reencarnado en una persona que le da continuidad a los patrones de representación de dicho santo. El símbolo de San Lázaro se torna oscuro cuando se traslada lo mismo hasta un hombre negro, un anciano blanco, una mujer o hasta un niño descalzo.

El artista apunta al contexto de los fenómenos sociales no solo como testimonio inmediato o reflejo pasivo, sino que mantiene con las piezas una relación metafórica. Los grados de realidad o ficción se desdibujan, todo es real, pero a la vez construido. Ha resaltado el valor de una imaginería religiosa, la pervivencia de la memoria histórica, la tradición y creencias populares; ha aprovechado el verismo y la crudeza que aporta la fotografía para redimensionar el valor de la fe. De esta forma, uno de los méritos de Fe radica en la traslación de imágenes propias de la llamada “baja cultura” hacia predios “más prestigiados” que igualmente la validan. Así, Juan Manuel se inserta de a lleno, con luz propia, dentro de la variedad de registros que la fotografía posee hoy en Cuba.

 

[i] Marx, Karl. Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel. Editorial Grijalbo S.A., México, 1968.

Julienne López Hernández

Julienne López Hernández

La Habana (1989). Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde el 2012 trabaja como docente en el Departamento de Estudios Teóricos y Sociales de la Cultura de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Ha colaborado sobre temas de artes visuales cubano, latinoamericano y caribeño en publicaciones como Artecubano y el Boletín Noticias de Artecubano, y en sitios web y catálogos personales de artistas cubanos contemporáneos.

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