Nuevas tentaciones de Narciso

/ 27 febrero, 2015

En el marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana Ediciones Boloña (Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana) ha presentado el libro Nuevas tentaciones de Narciso, de la autora Onedys Calvo Noya, curadora, investigadora y crítica de arte, quien concreta en este volumen los resultados de una rigurosa investigación que antes constituyó su Tesis de Maestría en Historia del Arte.

Nuevas tentaciones de Narciso comporta un grueso compendio de artistas y obras que califican entre las más sobresalientes producciones de la plástica cubana de los últimos veinticinco años, articuladas aquí en torno a la problemática de la autorrepresentación. Pocos asuntos pudieran, en verdad, convocar con análoga efectividad poéticas tan disímiles como las de René Peña, Sandra Ramos, Marta María Pérez, Lázaro Saavedra, Tania Bruguera, Elvis Céllez, Humberto Díaz, Cirenaica Moreira, Pedro Abascal, entre otros tantos. Para conseguirlo la autora ensanchó los confines del tema poniendo en valor la subyugante complejidad de los procedimientos de trabajo sobre el yo que han implementado los artistas cubanos hurgando, a la vez, en el complejo entramado de interrelaciones que tales procedimientos establecen con su contexto sociocultural.

A lo largo del primer capítulo del libro Onedys Calvo esclarece las pautas gnoseológicas de la autorrepresentación y enuncia las tres variantes fundamentales a través de las cuales se expresa su visualización, a saber: la autorrepresentación sugerida, la autorrepresentación elíptica, y, la autoprotagonista. Esta última, obviamente colindante con el autorretrato en tanto género secular en la Historia del Arte, es la vertiente devenida eje temático de Nuevas tentaciones de Narciso.

Particularmente enjundioso resulta el apartado que se dedica al análisis del autoprotagonismo como estrategia discursiva empleada por no pocos creadores del Caribe insular. De esta suerte, poéticas como las del boricua Arnaldo Roche, el haitiano Duval Carrié, el arubano Elvis López, el dominicano Pascal Meccariello, y las que aporta un nutrido conjunto de mujeres artistas de diferentes islas antillanas – Susan Dayal, de Trinidad-Tobago; Joscelyn Gardner, de Barbados; Osaira Muyale y Álida Martínez, ambas de Aruba; y, Raquel Paiewonsky de la República Dominicana- son abordadas como singulares manifestaciones de un tipo de autorrepresentación en diálogo con las indagaciones identitarias asociadas a ingentes problemáticas de raza, género, sexualidad, religiosidad, sociedad y cultura.

El segundo capítulo, por su parte, se centra en la experiencia de artistas de Cuba. Al abrirlo, la autora repara en aquellos exponentes que por amplio consenso de la crítica especializada pudiéramos considerar “los imprescindibles”: Marta María Pérez, René Peña, Sandra Ramos, Aimeé García, Cirenaica Moreira y Tania Bruguera; seis artistas que, indistintamente, desde la fotografía, el grabado, la pintura y el performance ilustran la connotada jerarquía que alcanzó en el arte cubano la implementación del yo en tanto expresión de los conflictos existenciales crudamente signados, como se sabe, por las incertidumbres, las laceraciones, los colapsos y la virtual frustración del ideal colectivo con que la sociedad cubana experimentó el advenimiento del denominado “período especial”.

Onedys Calvo se explica el elemento común que aproxima las propuestas de estos creadores a partir del concepto de la ritualidad del cuerpo y la autoimagen. Ritualidad, precisa la autora, entendida como proceso de acciones y manipulaciones ejercidas sobre sus diferentes modos de autorrepresentación. Asimismo, subraya que las poéticas de estos seis artistas, explayadas a todo lo largo del decenio noventiano, rebasan ellas mismas ese arco temporal para refrendar que el fenómeno del autoprotagonismo deviene inequívoco signo de una suerte de sensibilidad generacional bastante extendida también en el arte cubano del nuevo milenio, aspecto del que se ocupa en las páginas subsiguientes.

Series como La Favorita, de Mabel Llevat, obras puntuales de Pedro Abascal correspondientes a diferentes series temáticas, así como la producción también fotográfica de Humberto Díaz (en solitario), o en coautoría con Analía Amaya en la videocreación, se nos revelan en el texto como variantes elípticas de una autorrepresentación implementada en función de múltiples cuestionamientos. Mientras que el yo irreverente e iconoclasta de Carlos José García en la serie PLAYBeuys, y el de la pintura de Elvis Céllez – apertrechada esta última de una visualidad directa, punzante, de crudo acento expresionista – se instituyen como epatantes expresiones de un autoprotagonismo de signo contrario, podría decirse que “antinarcisista”, orientado a la confrontación agreste con el espectador.

Otras propuestas como las de Lázaro Saavedra, Liudmila Velasco, Hanoi Pérez y Antonio Margolles, vienen a confirmar las argumentaciones de Onedys en torno a la rizomática naturaleza del objeto de estudio de su libro, demostrando la riqueza de la escena plástica actual de nuestro país, donde nuevos discursos anclados- ya sea de modo puntual o más o menos recurrente –en la autorrepresentación ponen en valor las expansivas potencialidades semánticas del yo en el ámbito contemporáneo. Así, como el Narciso de Caravaggio, el libro de Onedys Calvo nos sumerge en un juego de espejos cuyas imágenes nos seducen y nos retan a encontrarnos, de múltiples maneras reflejados en las obras de algunos de nuestros mejores artistas.

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