Nube Negra en El otro estudio y algunas útiles intransigencias

/ 26 julio, 2019

Cuales sean las experiencias estandarizadas, enraizadas como sedimentos –la pintura, el video, las relaciones sociales estereotipadas–, les permiten también a René Pedroso, Carlos González, Sergio Valdés, Ariel Hernández y Michel Armenteros un argumento para saltarlas. En ese sentido, aunque resulten muy distintos los gestos creativos que confluyen en El otro estudio (situado en Malecón 155 e/25 y Príncipe) son como rebasamientos, interrupciones en el flujo de representaciones y de discursos culturalmente restringidos para ensayar una fractura expresiva.
Por ello, no por alguna recurrencia visual o temática, vemos que sus sendas creativas coinciden en este espacio, que viene funcionando desde hace ya algún tiempo, y cuyas puertas también abrieron durante la Bienal. Nube Negra fue la más reciente exposición, llevada a cabo el pasado 8 de mayo. Tentativa esta que continuaba la pretensión de accionar desde un apartamento interino, una suma de poéticas heterogéneas que buscaban afiliarse como suceso desacralizador y rupturas de imaginación. Al performance de Edgar Ortega y a las experimentaciones fotográficas de Reymel González, se sumó una alianza de artistas locales y argentinos como Suyay Otaño, Horacio Occhi y Dary Ho.
Cierta preferencia por dialogar con lo cotidiano, con elementos de pequeño formato que organizan las experiencias diarias, se descubría por debajo de las muy diferentes prácticas. Y el alejamiento de un objeto artístico estetizado los inducía más bien hacia la operación contraria: materializar ciertos afectos, intensidades, concederle textura estética a la divergencia compartida.
Por ejemplo, el discurso de Sergio Valdés –egresado de la Facultad de Arquitectura y de la Cátedra de Arte Conducta de Tania Brugueras– se va construyendo desde las vivencias que el entorno interpone. Esa vivencialidad lo aleja de las aspiraciones demasiado idealistas del arte, sin abandonar la probabilidad de un punto de giro. Las acciones que ha ejecutado en los espacios de socialización en los que se ha visto inscrito, en tanto sujeto social e individuo, intercalan un momento de ruido en las secuencias que determinan cómo son vividos algunos hechos. Sergio descentra esos vínculos establecidos de modo prefijado y rutinario –las relaciones de amistad, sus prerrogativas e implicaciones, o los rituales y fetichismos asociados a la recepción del arte– con acciones cuyos efectos, más que cambiar, introducen un elemento de desorden, un recurso excedente: una carta de autorización para el intercambio de familia entre dos colegas, los rastros del vernisage recogidos como eventólogo de las muestras de arte. Un plus de re-imaginación se ofrece abiertamente en las manipulaciones de libros y cubiertos, convertidos en cinéticos, interactivos y metafóricos tropos sobre la probabilidad de inducir universos otros.
Desde antes de Makinah, Carlos González venía investigando la dimensión política de la praxis. Performances y trabajos en video exploraban la posibilidad de revestir expresivamente el disenso colectivo e individual. Esta averiguación no pocas veces apuntaba hacia la desmaterialización y disección del discurso político, para mostrar su vacío e impotencia. Preguntas que luego rebasan las configuraciones de poder tradicionales, para sondear lo artístico en tanto medio de diseminación de formas transversales de subjetivación, de exceso, más cercanas a la intensidad personal que a la lejanía de la transformación social. Estímulos objetuales capaces de distribuirse y multiplicarse en un público anónimo, asumen ahora la búsqueda de esa singularidad, por fuera de las figuras institucionalizadas.
En Tag-Statement, “Yo Soy” o “I’am” deviene en tag, procedimiento grafitero, firma que vandaliza los lugares en los que se incrusta. Libros, revistas, grumos de periódicos, formas socio-culturales que configuran determinados discursos contemporáneos, se convierten en material pictórico al servicio de cierto placer sensorial e impulso de transgresión. Magic instants resulta una tentativa bien distinta –repertorio de instantáneas que cuelga en Instagram, o impresiones en diversas dimensiones–, allí la estética fotográfica es capaz de acumular metafísica en un instante cualquiera, extraer la pregnancia visual de un momento aleatorio.
La formación de René Pedroso –quien ha transitado por las aulas de San Alejandro y luego del ISDI– lo ha conducido por diferentes medios: fotografía, pintura y el diseño de productos. Sus intervenciones intentan exprimir del intercambio con objetos de uso cotidiano un instante significativo; son como un trabajo de provocación crítica para trastocar la vida programada y restringida, los modos de ser automatizados, en apropiaciones. Esos cambios pulsados a través de productos-objetos, prueban a convertir sus matices, texturas, formas, en una lengua que puede conmocionar los rituales diarios que encubren. Así, el artista aprovecha el posicionamiento de marcas en el imaginario popular para reutilizarlas y alterarlas con un enunciado que aterriza en el presente local, un referente propio.
Los collages de Michel Armenteros describen la compulsión esquizofrénica de recopilar objetos, información, imágenes. Muchas de sus piezas toman al lienzo como base para incorporar trozos de revista, discos, u otros imprevisibles materiales con los que convoca a leer con respiro gráfico y dripping neoxpresionista un mundo de yuxtapuestas referencias culturales. Sus trabajos invocan como una aversión y aceptación, a la vez, de este condicionamiento vital, existencial y creativo.
Por último, las pinturas de Ariel Hernández contienen su punto de partida en memorias ligadas a la infancia (juguetes, parques de recreo, espacios de la ciudad). De su estilo entre pop, cuentos rusos y acuarelas, resultan composiciones tendentes a lo abstracto y con texturas densas. De ese personal latigazo que imbrica secuencias de recuerdos huidizos, afiliaciones literarias y su historia de vida, emerge también su recolección de los Ché que habitan el espacio urbano; documentación que retoca las naives e ingenuas reproducciones como hablando del fetiche y de su serialización, de un modelo heroico convertido en cliché, de una desgastada utopía, gestiones antiépicas y a la vez salidas de la clausura que toda realidad impone.

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