Notas apócrifas para un Diario íntimo

/ 15 diciembre, 2014

Una fotografía es un Texto, es decir, una meditación compleja, extremadamente compleja

Roland Barthes

 

Siempre he creído que la fotografía de Alain Cabrera es un gesto confesional, donde el artista se exorciza de las trabas del lenguaje y de las circunstancias inmediatas para articular un diálogo depurado con la imagen; una supracomunicación donde el cuerpo se grafica en texto y cohabita con otros elementos que modelan el hecho visual. Su joven obra colecciona las rarezas que se acercan a elementos comunes, con el interés de resignificar y concebir documentaciones en las cuales sea ostensible un relato vital.

Este hecho ha marcado un punto de encuentro entre diversas series de su autoría y algunas exposiciones como Todo lo sólido se desvanece, donde el afán de intervenir la instantánea posibilita que sus piezas trasciendan la mera documentación para avanzar hacia una dialéctica en la que las distinciones estéticas se aproximan a lo pictórico y lo performático –la Serie Mondrian en La Habana ilustraría también lo anterior.

Su reciente muestra personal, Diario íntimo, ubicada en la Sala Villena de la UNEAC, mantiene el interés por mezclar sentidos opuestos para recrear una semiótica donde alternen disparidad y orden, caos y armonía, desnudez y refugio. Pero estas instantáneas se distinguen además por visibilizar el cuerpo como historia habitada en la que se percibe un recorrido cíclico, que marca un constante reencuentro del cuerpo con el cuerpo, con la intimidad del Ser. En este sentido, los caracoles que aparecen en las piezas, conformando una extensión del físico fragmentado, marcan un tiempo que simula la bitácora a la que alude Alain Cabrera en el propio título de la exhibición.

Los caracoles, inevitablemente unidos a lo humano en este conjunto, sugieren una casa construida por el propio cuerpo, que toma su forma desde el interior y la exterioriza en el desgaste, en el cuerpo corrompido. Así estas formas edifican los agudos contrastes que se encuentran al interior de los trabajos; marcas conflictuales entre lo pequeño y lo grande, entre lo perecedero y lo efímero. Pero es necesario mencionar también las alternancias de sombras y luces que yacen en las fotos de Cabrera, recursos que contribuyen a crear atmósferas en dichas imágenes, acentuando su dramatismo.

Por su parte, las obras Un lugar llamado Aquí y Piedras en el Camino matizan el cuerpo como un “espacio ocupado”, donde los caracoles simulan un camino de ida y vuelta, un archipiélago que espera nuevas visitas. De esta forma,  trabajos como Poéticas del borde y Vivir la ilusión perdida advierten otros sentidos de la posesión, ligados en estos casos a la fuerza, aunque las instantáneas refieren de manera general un discurso de la otredad en el que el artista nos permite acercarnos a la intimidad de su mirada.

Un sentir melancólico e introspectivo rezuma en este conjunto de piezas. El tratamiento del cuerpo como documentación de la corrosión, aunado a los contrastes que aportan los caracoles, convierte las obras en asideros de una privacidad cada vez lejana; aquella que consiste en acercar a los individuos a su propio centro, en invitarlos a redescubrirse en sus meditaciones personales.

Las fotografías de Alain Cabrera comunican otros modos de desnudar y de escribir la intrascendencia cotidiana. Son invitaciones a la exploración y a la vuelta al inicio; provocaciones para reciclar las páginas de un diario íntimo.

 

 

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