No me veré morir por primera vez…

Dijo alguien a media voz

/ 4 junio, 2018

El relato posmoderno de la muerte no tiene formas propias; ni mitos, ni dioses. Aquellos antiguos rituales que correspondían a su imaginario han sido desacralizados por el poder de las guerras televisadas, el cine, los video-juegos y de una economía de mercado afanada en patrocinar la vitalidad y la juventud como sintagmas al interior de una fuerte cultura del consumo. El amplio trasfondo mitológico asociado a ella es hoy material de enciclopedia, de la inventiva popular y de los medios masivos. Pero el joven Rodney Batista la ha reformulado narrativamente a través de un tratamiento artístico característico por su perturbador trasfondo dramatúrgico: entre lo abyecto y lo morboso; lo grotesco, lo sutil, y lo monumental; le erige imágenes a una Morta que solo en lo cadavérico, lo ausente y lo ceremonioso halla correlatos alegóricos. Galería Villa Manuela presenta desde el pasado 17 de mayo Epitafio, exposición personal que ha asegurado culminación a sus estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA).

La muestra reúne un conjunto de esculturas, fotografías concebidas como ensamblajes y una instalación. Las obras presentadas son distintivas por el fuerte impacto temático, por la meticulosidad en el tratamiento de los detalles y por el uso de una estética aséptica y confrontacional. Este es uno de los elementos que, a priori, determina la potencia expresiva de su propuesta: coloca al público frente a realidades que le resultan aciagas y que usualmente asocia a lo trágico, a lo pernicioso y en buena medida, a cierto misticismo.  El espectador es interpelado como intruso en tierras ajenas, obligado a soportar la turbación que la presencia de lo mortuorio genera. Así Batista asevera: la muerte es siempre una vivencia o un espacio ajeno, pues nadie ha sobrevivido para recordarla o contarla; la muerte propia es irrepresentable en la mente de alguien vivo. Tal operatoria y los pronunciamientos que tras ella subsisten guarda una sutil relación con el trabajo del reconocido artista británico Damien Hirst, que con su célebre The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living, llamó la atención sobre la emergencia de nuevas formas al interior del relato de la muerte.

Destacan dos obras dentro del conjunto presentado. Espacio común, recreación fotográfica de los broncíneos relieves de la puerta de uno de los sepulcros de la Necrópolis habanera, subvierte conceptos como volumetría, escultura y espacio, en una propuesta de renovada tridimensionalidad. La escena seleccionada por el artista ilustra la procesión en ascenso de un grupo de individuos de aspecto sacramental, que llevan en sus hombros un féretro, camino a su templo definitivo. Desde el punto de vista técnico, debemos señalar que la objetualidad de esta pieza se distancia de las nociones que tradicionalmente se aplican a la fotografía, pues la impresión ha sido desasociada de su habitual enmarcado, y se ofrece exenta, casi en voladizo. Sobre su superficie han sido insertas dos letras fundidas en bronce, lo cual le otorga al conjunto una dimensión discernida entre el collage, el ensamblaje y lo instalativo. El referente empleado por el artista ha sido un elemento escultórico. A través de la técnica fotográfica y de las características de la impresión, este elemento ha sido re-diseñado y sus cualidades físicas-expresivas, han sido traducidas al interior de un sistema que potencia lo virtual y maneja, de una manera sutil todo índice escultórico. La volumetría latente, es de aliento monumental; expresa el espíritu ceremonioso de esta escena.

Estas nociones respecto al trabajo con lo escultórico alcanzan apoyaturas con la serie Recuerda que debes pactar con la forma humana. Un conjunto de piezas de pequeño formato ofrece soporte a las búsquedas que hasta ahora el artista había resuelto por mediación de lo fotográfico. El cadáver, una emulsión de formas y texturas, es interpretado en el cuerpo de materiales fuertes, vinculados con la historia de la escultura, en especial con la de tipo funerario.  Dichos materiales, además, están asociados por naturaleza simbólica con lo monumental. El cuerpo putrefacto, sórdido en su infame constitución, es re-elaborado en calidad de experiencia visual a través de la variedad de opciones que ofrece el empleo de materiales como el bronce, el plomo, el mármol y la fibra de vidrio. Evidentemente la postura del artista ante el objeto y el hacer escultórico es reflexiva. Es necesario destacar que su especialización dentro del ISA ha sido en escultura.

Los objetos esculpidos por Batista guardan una estrecha relación con el concepto de reliquia. Este se refiere a los restos de los santos católicos que, después de su muerte en martirio, pasaban a integrar el arsenal de símbolos de la cristiandad. Una reliquia puede estar conformada por un cuerpo entero o por cada una de las partes en las que este se haya dividido, incluso por los ropajes y objetos pertenecientes a la figura en cuestión. Finalmente, forman parte de una suerte de ritual representativo o alegórico. Esta tradición, fetichista, supone una forma de idolatría vinculada a la muerte por el simple hecho de que lo cadavérico es la esencia de su praxis y de su dramaturgia. Rodney, por su parte, deconstruye este concepto al emplazar en el espacio ritual generado por el arte despojos que, por su condición anónima, no son motivo de adoración religiosa. A través del tratamiento intertextual de este concepto Rodney hace homólogos al arte y a la religión, ambos espacios rituales de la humanidad, e intercepta así agudas problemáticas concernientes a la praxis artística contemporánea.  Además, su gesto supone una alerta: No olvides que debes pactar con la forma humana apunta que la vida es en esencia, efímera; que los tiempos corren; que es alto el precio a pagar por las vanidades; que los hombres no podemos evitar la lógica de nuestra propia existencia.

Destaca por su poder sugestivo el díptico que a manera de instalación ha incluido Batista en esta muestra. Cada imagen recrea, con una resolución meticulosa, el espacio de una cripta o nicho. Han sido instaladas una frente a la otra y en medio, como latiendo en lo obscuro, un versículo de la Apocalipsis declara “¡Si alguien tiene oídos, oiga!” El silencio es incisivo, y el aire se presiente cáustico. Lo solemnidad se convierte en la forma final de esta suerte de enviroment.

En una cripta desprovista de sus símbolos, la desnudez queda planteada como síntoma de innegables ausencias. La imagen funciona como espectro, sedimento, resplandor y ofrece imaginario a la muerte posmoderna, ausente de sus propios dominios.

Epitafio nos ha presentado un artista en ciernes, con una claridad a nivel instrumental y discursivo notable. Bien sabe Batista los efectos que quiere provocar en el espectador: explota al máximo el acto perceptivo sin llegar a resultar agresivo o grotesco. Su propuesta estética tiende a la perfección, a la meticulosidad del tratamiento, a la mesura en cierto grado. Al final lo bello, lo monumental, lo ceremonioso, sublima lo terrible del asunto, pero no lo desarma. Al contrario, posibilita que sea aún más incisivo e inviolable el morbo subyacente al reto y al duelo.

Luis Enrique Padrón Pérez

Luis Enrique Padrón Pérez

(Matanzas, 1992). Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana (2016). Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros 2017. Subdirector Comercial de Galería Villa Manuela. Curador Asistente de Detrás del Muro

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