Niels Reyes o la casa de los espejos

/ 27 septiembre, 2016

El postmodernista está convencido de que el contexto social está constituido por palabras, y de que cada nuevo texto está escrito encima de uno anterior.

Douwe W. Fokkema

Tal pareciera que ante el escepticismo del arte contemporáneo la pintura tiene poco que decir. Aún cuando el carácter revisionista de la postmodernidad ha legitimado todo tipo de “prácticas” en los predios de la creación artística, el artista, si no el crítico, prefiere apuntar allí donde la tradición no intercede en el camino hacia la originalidad. Sin embargo, siempre existe el “arriesgado”. Supongo que a estas alturas todo el que pinta corre un riesgo,  pues ¿cómo escapar al  parasitismo carnavalesco?

Creo que la respuesta, al menos la que me atrevo a ofrecer, se encuentra en una nueva promoción de jóvenes artistas cubanos que han optado por la pintura como  regressus ad infinitum. Alejandro Campins, Michel Pérez (Pollo), Carlos Caballero, Orestes Hernández, Osaylis Ávila, Elvis Cellez, Miguel A. Machado, entre muchos otros, hacen constar que aún la pintura, si bien desde el rejuego con las estructuras tradicionales, conserva su autonomía.

Se añade a esta lista la producción de Niels Reyes, artista ya fraguado en el quehacer pictórico cubano. Su más reciente muestra en la galería Artis 718 bajo el rótulo Antropoceno, entrevé la consolidación de un estilo consagrado al valor estético de la obra. Niels, una vez más, apela a recursos y redes laberínticas intertextuales desde el empleo de una técnica que tiene su origen en la constante revisitación de la pintura moderna. El retrato –infantil en su generalidad- compone la casi totalidad de las piezas y reafirma que para el artista, el ser humano (el nuevo) no solo se erige epicentro en el lienzo, sino en todas las dinámicas de interrelación con la naturaleza, el arte y el propio hombre.

Antropoceno vislumbra un arsenal de apropiaciones que no pretenden ocultarse en el acto receptivo. De ahí que su intertextualidad, en el marco en una teoría posestructuralista,  “(…)no es meramente usada como un procedimiento entre otros, sino que es puesta en primer plano, exhibida, tematizada y teorizada como un principio constructivo central”.[1] Es por ello que reconocemos en el gesto del artista la resaca impresionista, puntillista, expresionista, neoexpresionista y el guiño abstraccioncista como colofón del desarrollo de la pintura moderna en la primera mitad del pasado siglo. Pero Niels prefiere el (neo) expresionismo. Con tal predilección se desplaza por sus diversas variantes, a la usanza de los grandes maestros. Parte de un estudio de la luz y de la atmósfera propia del Impresionismo (Verano), para luego transitar por un estudio cromático puntillista (Niña motoneta) y adentrarse entonces en el universo expresionista. Reconocemos en primer término la reminiscencia picassiana de una etapa azul (Bailarina Callejera), la estilización anatómica de un Modigliani (Terracota, [Iggy]), o un expresionismo adulterado proveniente de la amalgama entre lo grotesco de un Emil Nolde y la simplificación formal de un Otto Müller (Rústico, Dreamer).

Pero Niels es un amante de la forma, su principio es eminentemente estético. Tal vez sea por ello que sus composiciones nunca se subordinan a la libre interpretación expresionista de la realidad. Ciertamente hay un límite y ya lo reconocía Matisse. Como el maestro fauvista, el artista en Antropoceno aboga por una libertad técnica que queda subordinada a un estricto orden y equilibrio de la composición. De ahí que  sus retratos, la mayoría de los casos, ocupan la totalidad de la superficie en una estricta perspectiva frontal que  deviene intencionada estrategia comunicativa. Asimismo, el placer por la textura, la materia pictórica, conforma los espacios en un ademán por superar la bidimensionalidad del lienzo.

Tales operatorias obligan a pensar el arte de Niels Reyes como un pre-texto para escudriñar ya no en la historia de la pintura, sino en su presente, más bien en su futuro. En Antropoceno, como en anteriores producciones, encarna un arte derivado de la nostalgia, una cámara de ecos sobre la que repercuten las más diversas usurpaciones de una etapa de esplendor en la pintura.

 

[1] Manfred Pfister, “¿Cuán postmoderna es la intertextualidad?”, en El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica en Criterios. Selección: Desiderio Navarro, Criterios, La Habana, 2007, p.259.

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