Mirando miradas

/ 15 enero, 2015

Omar Sanz, ¿afortunado, indagador, certero?, ¿joven astuto? ¡Testimoniante de su tiempo! Observa y bien. Abridor de puertas (claves) es: y nos llega la luz. Una (muy) peculiar. Atrapa las sucesivas posibilidades infinitas. Vibra entonces nuestra cultura: es ya imagen… eterna. Otra vez.

Busca. Insiste. Y exhibe. No cesa. No. (Tendremos más).

 

II

Fijar el eterno instante ha sido el título de su primera exposición personal,[1] celebrada en una secundaria galería de la ciudad. El espacio galerístico no ha engalanado al joven del lente. Ha sido a la inversa. Hay que abstraerse. Pasar por alto el sitio, aunque sea por ciertos instantes. El conjunto de retratos a figuras de la esfera cultural, si bien es innegable que sorprende en su diversidad, habría sido un mejor suceso en otro ámbito. Ha sido un conjunto inadvertido para quienes, una y otra vez, siguen y disfrutan el panorama cultural. Pero, tal vez, Omar Sanz, autodidacta en sí y aprendiz aún, podía tener “obstáculos” que le impedirían el espacio ideal para semejante propuesta visual, cautivante en sí, incógnita redonda. Solo un despistado habría negado lo tan evidente. Faltó el ámbito más adecuado.

Cualquiera porta hoy un equipo fotográfico de alto o bajo calibre, cualquiera puede llegar a exponer. La maestría estaría en saber exhibir y bien, sobre todo, cuando el material artístico que será dispuesto a la opinión pública vale y brilla, como ha sido esta vez.

En un circuito casi cerrado, inicio-fin, han aparecido rostros, miradas, que nos resultan —en la mayoría de los casos— familiares. Hemos visto una intelectualidad fragmentada, a través de los de ayer y los de hoy: vivos y actuantes en esferas disímiles y complementarias. Y bajo el primor de la escala de grises que homologa.

Ha sido una caza pausada, de suma y decantación y, finalmente, única. Una imagen por individuo: la que el joven fotógrafo ha estimado de más encanto. Han sido de medianos formatos y diría que con gracia y cuidado de impresión. ¿El montaje?, ¿la topografía de la secuencia?, ¿el ritmo del recorrido? Sin alardes y pretensiones que no han enturbiado —eso sí— el florecer y las virtudes, por aquí, de un Chinolope, una Cirenaica Moreira, un Antón Arrufat; por allá, de un Leonardo Padura, una Legna Rodríguez, una Alicia Alonso, un Monseñor Carlos Manuel de Céspedes; un poco hacia allá, de una Graziella Pogolotti, una Fina García Marruz, un Fernando Pérez, un Eduardo Ponjuán. Han sido apenas algunos de sus retratados —al parecer— con el debido consentimiento, con la mirada cómplice de tú a tú. Frente a frente. Sabiéndose de la captura y la colección visual que sería rearmada. (Y viendo a Ponjuán, sentado, que mira fijo, no dejo de recordar el “chiste” periodístico que en meses pasados fuera escrito en la prensa sobre la negativa del artista al no dejarse retratar con vistas a la noticia anunciadora que era él, precisamente, el Premio Nacional de Artes Plásticas del año 2013).

Para Omar Sanz no bastaba con sus fotos. De modo inteligente y estratégico, obtuvo además juicios escritos de interés para levantar la dialéctica y esencia de toda exposición. Solo no estuvo en la suya. Han sido, apenas, textículos que nos acercan a una lozana y variada mirada. ¿Una más?

[1] Abierta desde el 17 de octubre de 2014, por unos pocos días, en la galería municipal de Centro Habana, La Habana.

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