María Cienfuegos y sus fragmentos de realidad

/ 14 diciembre, 2014

La realidad no es nunca unitaria. Solo existen fragmentos: piezas, órganos, minutos. Fragmentos en el tiempo y fragmentos en el espacio. Partículas que la memoria une creando una ilusión de continuidad, como la retina funde los fotogramas creando la ilusión del movimiento.

Vicente Sánchez

 

María Cienfuegos raras veces encuentra referentes para sus fotografías en entornos cotidianos y si lo hace, manifiesta siempre una terminante intención de abordar problemáticas que trascienden la imagen presentada. En el relativamente corto tiempo que lleva desarrollando su trabajo, ha sabido también encontrar innovadoras formas de expresión que se apartan de los métodos fotográficos tradicionales, marcando así, un sello de distinción entre las propuestas que tejen la vasta diversidad del arte cubano contemporáneo.

Como parte del programa de la presente edición de Noviembre fotográfico, que desde hace seis años auspician la Fototeca de Cuba y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas (CNAP), la joven artista inauguró una muestra personal el pasado 7 de noviembre. Bajo el título El árbol que no me pudieron nombrar, este, su trabajo más reciente, estará a consideración de todos en una de las salas de la planta baja del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV) hasta el próximo día 30.

Si de antemano sabemos que vamos a asistir a una exposición fotográfica, al llegar allí nos encontramos un resultado verdaderamente inesperado y original. La muestra toda está dispuesta como una obra única de carácter instalativo en la que María Cienfuegos hace evidente su formación como bióloga, esta vez, acercándose al mundo de la botánica usando como fuente documentos, etiquetas y anotaciones de campo correspondientes a plantas recolectadas y clasificadas en los siglos XIX y XX. Pero lo más impensado para una exposición de instantáneas no es la temática seleccionada por ella, sino el hecho de encontrar fijados a la pared aparentemente solo vestigios vegetales, láminas de vidrio y placas Petri.

Las placas de vidrio están cubiertas por una emulsión sensible a la luz  y son objetos de archivo que funcionaron como negativos en algún momento de su existencia. De forma intencional, la artista las ha dispuesto de espaldas a la mirada ansiosa del espectador. Esto, unido a la craqueladura de la solución y el envejecimiento por el proceso de oxidación que sufren, nos obliga a esforzarnos si queremos ver parcialmente las imágenes que hay en ellas. Las placas Petri, por su parte, están realizadas con impresiones sobre material transparente que se integran al cristal y conforman estructuras de especial encanto dispuestas de manera meticulosa respondiendo, quizás, a su atractivo fisonómico más que a cualquier otro motivo.

Al repetir sus estructuras en un gran mosaico, como si se tratara de un ejercicio de sistematización de esos hallazgos tan vernáculos y tan poco popularizados, María busca transformar el material histórico oculto, fragmentario o marginal en un hecho físico y espacial[1]. En las delicadas superficies se advierte información sobre diversas especies de plantas: nombres científicos, descripciones, fechas, notas manuscritas por grandes investigadores como Juan Tomás Roig, Julián Acuña, Onane y Muñiz, Erik L. Ekman, Hermano León, entre otros.

La artista ha ejecutado todo con una minuciosidad extrema como si en el acto no solo tratara de visibilizar sino también de preservar un preciado tesoro o rendir tributo a la labor que por más de un sigloha desarrollado el Herbolario Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba en favor de la botánica, la docencia y la investigación y muy particularmente al quehacer de Yiya (Berta Lidia Toscano Silva) y Ramona Oviedo Prieto, quienes fueron depositarias de tanta historia en ese lugar y además fungieron como curadoras de la muestra.

Justamente a través de esos fragmentos de realidad imprecisos, descoloridos, ininteligibles, gastados por el paso del tiempo… la creadora discursa sobre la fragilidad de la memoria. A partir de ellos parece cuestionar los procesos de visibilidad que decantan, ponderan, evaden y tergiversan la información en esa suerte de amnesia planificada que refiere George Steiner, así como parece enjuiciar a la memoria misma, que no siempre se comporta como quisiéramos y, a veces, guarda información que no necesitamos del mismo modo que olvida cosas que nos gustaría recordar. Todo ello nos anima a pensar que la selección del tema que nos condujo por determinados cauces del aprendizaje propio de la artista en un atractivo gesto autorreferencial, no ha sido más que un mero pretexto.

 

[1]Anna María Guasch: Los lugares de la memoria: El arte de archivar y recordar en: Passatges del segle XX, Barcelona, Spain, 2005, p. 157.

Beatriz Junco Cabrera

Beatriz Junco Cabrera

La Habana, 1990. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde septiembre del 2013 trabaja en la Oficina del Historiador de la Ciudad; inicialmente como especialista del departamento de Museología y Exposiciones transitorias en el Museo de Arte Sacro Basílica Menor y Convento de San Francisco de Asís y luego como especialista en el departamento de Artes Visuales de la Dirección de Gestión Cultural.

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Comments

Ana Lourdes Cabrera

16 febrero, 2015

Una manera de disfrutar la fotografía y evidentemente el amor por la botánica.

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