Esto es más que swing, jamón, lechuga y petipuá

/ 12 enero, 2018

Bar Roma: Viernes, 2: 11 am, suena Habana Abierta: «hay que relajito, hay que bien se está». Mis amigas y yo disfrutando la madrugada, rodeadas de un ambiente que conocemos al dedillo: una suerte de fauna, que aparentemente heterogénea[1], esconde un común afán de paradigmas estéticos. Un intelectual conversando del último disco de Kendrick Lamar, una modelito de 19 años refiriéndose a su primera experiencia con Cortázar, un gay jinetero admirando el outfit de temporada de una «nueva amiga», un artista de obra fría neo-conceptual mostrando su move con un tema de salsa en la diminuta pista de 4 metros cuadrados. Figuradamente, esto es simplemente una azotea en la Habana. Una azotea entre lo fancy y lo trash, una azotea que me recuerda a la estética de los videoclips que consume y disfruta mi amiga Laura. Escenarios y personajes (con sus comportamientos desenfadados, libertinos y heteroflexibles) que parecen sacados más de estos videos que de los filmes de Larry Clark o Harmony Korine; son los videos de músicos tan irreverentes y cuasi desconocidos como Cherry Glazzer, Beach Fossils, Hinds, PWR BTTM, Fazerdaze, etc. Ese parece ser el flow, lo que pasa es que se ha promiscuado con cierto swing de sabor local y de desparpajo sutil de cualquier habanero. Y ese es el que no puede faltar.

Esta terraza X resulta ser la misma que escogiese Leandro Feal, para revelar el imaginario social in progress de la generación 00. En otras ocasiones, a propósito de Lugar común, lugar extraño o Donde nadie es exclusivo, hemos leído sobre cómo retrata a una «una comunidad algo ucrónica, o por venir, trasnacional y poscomunista»[2]. Y esta comunidad sin dudas, parece ser detectable en el otrora Hotel Roma. Lo que antes se sintiese como una pequeña realidad, la de sus amigos «tratando de vivir con swing», se torna expandible, menos extemporánea y más cosmopolitizada. Es el impacto del desfile de Channel en el paseo del Prado, el épico concierto de los Rolling Stone, la filmación de The Transformers y Fast & Furious en La Habana, la apertura de conectividad hacia un mundo globalizado (de perfiles de Instagram y revistas actualizadas de moda) …Obviamente, las causas no se restringen únicamente a estos fenómenos, pero parte de ellos son los que desnuda Leandro en su reciente muestra personal Yo no hablo con fotógrafos[3]. Su modus operandi simula un estudio sincrónico donde el o los otros ámbitos de comparación se sitúan en un espacio experiencial.

Me pienso la exposición como una especie de relato audiovisual en el que se ha operado con una estrategia de embudo: una panorámica de contexto arquitectónico y urbano (ahí tenemos pues las fotografías Henequén y de los edificios El Capri, y Solimar, el Complejo Deportivo José Martí y la Avenida de los Presidentes); luego, en una escala más profunda, los sucesos: la pequeña Historia de una reciente contemporaneidad. Conviven allí los acontecimientos que in continuum apuntalan los grandes logros de la epopeya revolucionaria, con aquellos (y sobre todo sus personalidades) que han convertido La Habana en una ciudad de moda. Y si siempre creí que nuestra ciudad era sobrevendida por su «estética del deterioro», el Roma de Chris, devino epítome de esta teoría. En una tercera escala ubicaríamos el filme-loop que toma como espacio de acción este popular bar de O´Reilly y Aguacate. Hipnótico por el diálogo rítmico entre las secuencias de fotografías y la música de tradición cubana[4], esta obra refleja la emergencia de una alteridad que ha dejado de ser radical.

Ya Amilkar Feria decía que Leandro era una especie de paparazzi de la cotidianidad y, en consecuencia, estamos asistiendo a la creación de una iconografía para esta nueva realidad. La realidad de mi generación: esa que, aunque hedonista, anti-colectivizante y cuasi apolítica, expresa un patriotismo amorfo e insustancial a la vez que, una nostalgia por un pasado desconocido, por imposibilidad histórica. A ratos me convenzo que más que un resultado de la sensibilidad postmoderna, en estas razones residen la filiación por lo retro: discurso y estética que plaga a los personajes de toda la muestra[5]. El dejo cincuenteavo es palpable, reconocible hasta el punto que se legitima como un modismo coetáneo. Feal activa un rol que resulta indispensable para toda obra de arte que se piense contemporánea, y es precisamente, el de exteriorizar rasgos ignotos del contexto, con mayor prelación y efectismo que los estudios de Ciencias Sociales. El aparente anacronismo de sus protagónicos (en toda la amplitud de su sentido), abandona su posible verosimilitud en el acto de la genuina revelación de un nuevo Zeitgeist. Es entonces, cuando veo a una Habana que se descubre punk, trash, retro, vintage, sensualista, ecléctica, globalizada, iconoclasta, sexualmente liberada, glamourosa, … que pienso: Leandro, todo esto es más que swing, jamón, lechuga y petipuá.

[1] Heterogénea por las distancias visuales/de imagen, de comportamientos, de status sicosociales, etc.

[2] Michel Mendoza. 300 fotos en una pared. Sobre la fotografía de Leandro Feal, en www.leandrofealfotos.blogspot.com.es

[3] Inaugurada en los predios de la galería Servando Cabrera el 1 de diciembre de 2017.

[4] Similar a la que se ponía todas las noches en este sitio nocturno.

[5] Ello se patentiza hasta en la alusión a paradigmas de belleza pre-Revolución, en la obra Tres lindas cubanas, o en el homenaje intertextual que realiza a la artista abstracta Loló Soldevilla.

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