Lázaro Saavedra: la duda infinita

/ 30 marzo, 2015

Entrar a la Galería Galiano y enfrentar la obra de Lázaro Saavedra, implica cuestionar la confrontación de un antes y un después, pues resulta grato y también curioso ratificar que las preocupaciones y tópicos del artista se han mantenido por más de 20 años. Pero esto no significa que haya cierta tautología en la obra saavedriana; lejos de ello, las primeras piezas del creador sientan un camino visual que acrecerá cualitativamente el conjunto de su obra y evidenciará una temprana madurez.

La muestra Añejo 27, que se incluyó dentro de las actividades con motivo del Sexto Salón de Arte Cubano Contemporáneo, propuso una variedad de dibujos y caricaturas que Lázaro Saavedra realizó entre 1987 y 1988, para su tesis de graduación en el ISA. Los trabajos desplegados se distinguieron por su sentido fragmentado, de modo que cada uno engarza con otro, sin tener inicio o final precisos; en última instancia el conjunto de las piezas deviene la Obra que dota a la muestra de un sentido unitario.

Preocupaciones comunes de los artistas de la década del 80 fueron evocadas con las peculiares maneras de Saavedra, quien construye un metarrelato del entorno que lo circundó. El artista se sitúa además dentro de su propio contexto y evoca las paradojas de la academia donde se formó. Así ironiza sobre los aleccionamientos propios del didactismo en su referencia a la factura de las obras, a la historiografía del arte o a la escisión entre forma y contenido. Pero su modo de representar traduce una estética más textual que visual; de ahí que sus personajes expliciten sus pensamientos y gusten de problematizar, de resquebrajar el orden en sus diálogos –y monólogos. Indudablemente Saavedra convierte los conflictos de su generación en caricatura, en una suerte de diversionismo visual (un modo muy serio de tomarlos en cuenta).

Por otra parte, el afán desacralizador de Saavedra intenta abarcar todos los órdenes sociales y estéticos. Su alusión a las restricciones, a la censura y a la dinámica de instituciones políticas logra evadir las interdicciones para diseccionar la lógica de esos estamentos; hecho que convierte a las obras en el reflejo de las últimas certezas ochentianas. El creador, tal vez sin saberlo, anticipa desde ese entonces la fragilidad de los ideologemas que se quebraron en la siguiente década.

La fuerte personalidad artística de Lázaro Saavedra se desborda en el juego con su propia identidad y en la burla hacia sí mismo de hondo calado existencialista, pero yace también en su interés por derruir lo icónico, por desechar las formular fijadas y echar por la borda la ilusión del arte, de todo aquello que pueda ser tomado por serio. Parece decirnos que no hay ningún lugar seguro, que todo lo que conocemos puede ser llevado a juicio.

Si nos acercamos al divertimento de Saavedra y entendemos el concepto que declina en cada obra, validamos entonces las interrogantes de un artista que hace 27 años encontró su propia voz.

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