La seriedad de un juego…

Las verdades de un puzzle

/ 15 julio, 2016

“La cultura humana brota del juego y en él se desarrolla

J. Huizinga

El juego constituye una función elemental de la vida, de manera tal que resulta inimaginable pensar la cultura humana sin un componente lúdico. Arte y juego, tienden a acercarse hasta su recíproca indistinción. Si recordamos a Gadamer cuando señala “todo jugar es un ser jugado”, entenderíamos que es el juego per se el que se apodera y dictamina el lugar de los jugadores. Este hecho implicaría para el arte, concebido como enclave donde la actividad lúdica humana alcanza su perfección, que es el espectador –o el artista como espectador de sí mismo– aquél para quien y en quien el juego se despliega. Sucede pues que superado el impulso del arte moderno donde el juego se implementa como mecanismo para anular la distancia que media entre el público y la obra, el arte contemporáneo recurre al juego como herramienta para develar lo ocultado, invitar al espectador al reconocimiento, o poner en solfa los procesos sociales y sus respectivas contradicciones. En este territorio de reflexión parecen situarse las obras de Puzzle, exposición personal de Reinier Nande que cuenta con la participación de Edgar Hechavarría como artista invitado.

Las piezas no parten únicamente de asumir la visualidad de un juego en especial, como pueden ser los cubos lego, el unir los puntos y componer la figura o encontrar las diferencias entre dos imágenes, sino que vuelven al principio ínsito del acto de jugar: la participación. Esta última se manifiesta de dos modos, el primero de acuerdo con la tesis gadameriana de que es inevitable el  “jugar-con” porque en el acto lúdico no se difuminan los límites entre el que juega y el que mira el juego. De este modo, el espectador se convierte inevitablemente en algo más que un mero observador pues en tanto que participa en el juego, es parte de él. El supuesto que manejamos entonces no es otro que el que todos en un juego son co-jugadores, siendo un hecho extensible para el juego del arte, porque en realidad no encontramos una separación de principio entre la propia confirmación de la obra de arte y el que la experimenta. En este apartado podríamos ubicar Escondiendo la bola, una video-instalación que recoge este popular juego de mover tres recipientes rápidamente, buscando acertar bajo cuál de ellos se encuentra oculta la bola. La tradicional bola aquí, ha sido sustituida en primera instancia por un billete de cinco pesos cubanos, para luego ser trocada por uno del mismo número pero en pesos convertibles. La confusión que supone el juego es utilizada como estrategia para problematizar con respecto al valor real de la moneda nacional. Así, la obra muestra una verdad cuya revelación depende en gran medida de la entrega del espectador, de su capacidad de no plegarse únicamente a la libertad del juego, sino de crear y jugar a otras reglas una vez que se ha cambiado uno de sus componentes.

Obras como Haciendo la noticia, Las 58 diferencias y Resuélvalo usted mismo pueden figurar en el otro modo de participación, el que se expresa en la interactividad. Haciendo… es una intervención en la pared, completada durante la inauguración gracias al público que siguió la lógica del juego de unir los puntos. Esta dinámica devino un canal de acceso a lo simbólico, en el que ya no se describen los sucesos sino se configuran sus significados. La imagen conclusiva resulta ser la del líder americano y el nuestro, otra alusión más dentro del panorama creativo del patio, a la gran novedad de la política cubana: el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Lo interesante de esta obra reside en la importancia que Nande le concede a la función transformadora del juego (desde dentro o desde fuera), ya que es más productiva la participación por voluntad propia, sin distinciones en ganadores o perdedores, simplemente con jugadores y espectadores en busca de compartir reflexiones y experiencias. Así pues, el espectador completa el juego con la interpretación, ligada a su interior lúdico. El artista entonces ha adoptado el rol de gestor del juego, catalizador o mediador, más que el de creador, suprimiéndose pues el principio del “arte por el arte”, en función del “arte por la vida”[1].

La misma génesis de la cultura ha comprendido y continuará abarcando componentes lúdicos como expresión constante de su propia existencia y de la visibilidad de todas las realidades (re)inventadas. Puzzle nos recuerda que el juego sirve también para revelar las instancias cronotópicas, para hablar de cuestiones serias; nos enseña que pese a la carga de libertad que le es intrínseca al juego, es posible operar con asuntos de compromiso social y político, pues justamente en su carácter lúdico yace la posibilidad de comprometer con la máxima seriedad aspectos fundamentales de nuestra realidad más inmediata.

[1] Concepto acuñado por Albert Boadella en Dejémoslo en juego. Barcelona, ABC Cultural, 2002.

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