La perspectiva de los elefantes

/ 4 noviembre, 2014

Traigo, hace días, unos versos de Brecht en la cabeza. Sí, de Brecht, Bertolt, el poeta alemán y comunista. Sé que juntar esas palabras, comunista y poeta, puede resultar un gesto de muy mal gusto, pero qué le vamos a hacer, si es él, qué más quisiera yo que no, quien me tira de las orejas y no me deja en paz.

No sé por qué lo recordé una tarde reciente, en que me aburría largo y tendido a las afueras del Centro de Negocios de Miramar, frente a Perspectiva, una pieza alta y gris de Jorge Luis Santana, fechada en 2012. Fue ahí que recordé los versos del poeta comunista –perdóneseme la reincidencia, juro que no es mala leche–, salidos de un poema titulado El gobierno como artista.

Me gusta, y quizá hasta se me note, jugar con las palabras, divertimento la mar de inocente que no debería despertar suspicacias gratuitas, pues las palabras, puro sonido, son eso y nada más. El caso es que rebauticé el poema, a ver si resistía el trastrocamiento, si lo convertía en El artista como gobierno. Téngase en cuenta, a mi favor, el atenuante de que en ese momento no tenía nada, absolutamente nada que hacer y me aburría, ya lo dije.

Así que eché a andar, en la dirección equivocada, y me tropecé de frente con la manada de elefantes de JEFF que interrumpe el paso de la gente allí mismo, a pocos metros de Santana. Ya para entonces no cesaba de repetirme: se invierte mucho en la construcción de palacios y estadios. Ese, y no otro, es el inicio del poema brechtiano, que ya mediada su segunda estrofa, sienta cátedra: Igual que el artista, / el gobierno dispone de toda clase de fuerzas sobrenaturales. / Sin que se le cuente nada, / él lo sabe todo. No tuvo que aprender / lo que hoy sabe hacer. No ha / aprendido nada. Su formación / es más bien deficiente, sin embargo es capaz, / por arte de magia, de intervenir en todo, de decidirlo todo / aún aquello que no entiende.

No hay que tener siete dedos de frente, y ni siquiera uno, para sentir con escozor que Brecht está enjuiciando al gobierno, sí, pero también a los artistas. De hecho, sobre ambos, tiene la misma opinión. El guante que lanza, abofetea de rebote el rostro de los dos.

Es que es cierto: los gobiernos, cuando pueden pero igual cuando no, construyen estadios y palacios y, en el peor de los casos, cuando no deberían. Es algo que padecen también, a ratos y no todos, los artistas: el deseo de levantar estructuras colosales, gigantescos artificios, caros y costosos, las más de las veces vanos, que nunca pagan de su bolsillo. Como los gobiernos, por supuesto.

En algún momento del proyecto, pesa una intención sobre la obra: que sea cualquier cosa, pero que sea “bonita”, que el acabado sea perfecto, inmejorable. Juro que no estoy pensando ahora Perspectiva, ni en sus elefantes vecinos. Pudiera ser que pensara, por ejemplo, lo confieso, en aquellos corazones alados, tan rojos y refulgentes, de Esterio Segura, y espero que esto él no se lo tome a pecho.

Ante obras como esas, pienso. Decoran, a ratos felizmente, un trozo de avenida, una esquina de la ciudad. La gente que pasa se hace fotos con ellas de fondo, como antes lo hacían frente al Capitolio, y luego regresan a sus casas, tan iguales como de ellas salieron. Por un instante, alguno, tal vez, se preguntó qué hacían allí esos elefantes, ese periscopio gigante. Ese alguno hace la diferencia.

Entonces vuelvo a Brecht, que escribía versos bajo el peor gobierno y que aun desde esa óptica, lanza sobre los creadores su ironía, más o menos velada. El poeta que provocó la más grande revolución teatral desde Aristóteles, quizá esperaba demasiado. Su dolor, su furia, su rabia era tal, que arremetía sin pensarlo contra el sujeto equivocado. Era su derecho, no soy yo quien para quitárselo.

Pero, pero, pero, ¿y si tuviera de razón, aunque solo fuera, una mínima gota? ¿Y si la osadía de Brecht, su dedo apuntando, toca una llaga mal curada que lleva demasiado tiempo esperando? No sé, para decir algo más, primero tendría que pensarlo.

Ernesto Pérez Castillo

Ernesto Pérez Castillo

La Habana, 1968. Escritor. Premio de Novela de la UNEAC por Haciendo las cosas mal (2008). Ha publicado los libros de cuentos Bajo la bandera rosa (2009), Filosofía barata (2006) y las novelas Medio millón de tuercas (2010) y El ruido de las largas distancias (2011).

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