La obra como entropía

/ 28 agosto, 2017

Jorge Lavoy incursionó en diversas zonas de la creación artística antes de dedicarse a las artes plásticas; transitó por la música, la actuación, la danza y la dirección audiovisual, y en ese recorrido tan poco frecuente pudo comprobar el beneficio de los grandes contrastes. Realidad y ficción, proximidad y distancia, injerencia y elucidación, fueron las perspectivas con las que se involucró en calidad de sujeto artístico, y en ellas fue conformando las bases conceptuales y representativas de su trabajo actual.

Si sus imágenes y los contenidos alegóricos que encierran pueden atreverse a reflejar un enfoque multidireccional, a cruzar con aparente fluidez los límites entre lo abstracto y lo concreto, lo genérico y lo individual, sin levantar demasiadas sospechas, se debe justamente a que el artista pudo involucrarse de antemano en esa clase de perspectiva múltiple y extraerle el máximo de provecho. La acumulación de los conocimientos técnicos provenientes de cada medio en el que se insertó, y la incorporación de una racionalidad casi científica dentro de sus métodos, fueron aspectos decisivos para arribar a ese comportamiento poliédrico que muestra su obra. Ninguna declaración me resulta tan reveladora sobre los efectos que produjo ese despliegue heterogéneo en su carrera como la que pude leer recientemente en una de sus entrevistas: “Capto las imágenes completas de los espacios, pienso en 3D”.

Tan modélico y metabolizado se muestra todo ese amplio acervo en las piezas que fueron seleccionadas para la curaduría de su última exposición Empty Space en el Kendall Art Center (Miami), que no puedo dejar de pensar en un paralelismo con algunas obras emblemáticas del artista Marcel Duchamp, en específico con aquellas que encontraron un asidero, un motivo de inspiración, en las teorías y especulaciones sobre el movimiento físico y psicológico, la densidad, la geometría y la cuarta dimensión. Pienso, por ejemplo, en una pieza emblemática que le ocupó una buena parte de su vida intelectual como La desposada desnuda por sus solteros, incluso o El gran cristal (1915-1923).

No es menos cierto que hay etapas en la cronología del arte cubano en la que han surgido autores que propician una correspondencia, directa o indirecta, con ese arquetipo visual (principalmente en la escultura y la instalación), pues estamos refiriéndonos a uno de los artífices más influyentes en la visualidad contemporánea. Pero no ha sido esta una tendencia que haya ido en aumento en los últimos tiempos, ni tan siquiera en las décadas del noventa y principios del 2000 en las que el arte cubano volvió sobre sus pasos para intentar reactualizarse desde el punto de vista procesual y estético. Sin duda alguna, han sido otras las contingencias de enfoque de las artes plásticas cubanas.

Jorge Lavoy pudiera portar los indicios de una generación dispuesta a reanudar esa clase de paralelismos conceptuales y productivos, arrastrando consigo diversos códigos y artificios provenientes de la fotografía, la gráfica, el audiovisual y la instalación. Un estado de impacto y modificación, similar al que vivió Duchamp frente a los avances tecnológicos del siglo XX, y que lo llevó a lanzar la cruda frase a su amigo Brancusi: “La pintura ha muerto”, pudieran estar experimentando también los nuevos creadores frente a las novedades científicas de interrelación del universo, o ante la expansión de la era digital y sus prometedoras herramientas, sin que ello implique, necesariamente, un vaticinio apocalíptico para el género pictórico.

La prevalencia de lo objetual en las vertientes alegóricas de Lavoy pudiera ser considerada por algunos colegas como algo recurrente, partiendo de las circunstancias productivas que atravesamos y sus perfiles. Pero hay que tener cuidado con las valoraciones abarcadoras, porque este artista no encaja a mi modo de ver en esa reconversión minimalista del objeto que ha estado reconociendo la crítica en la obra de numerosos creadores jóvenes, más enfocada hacia el sarcasmo metafórico y la implementación del contrasentido. Lavoy no maniobra con los objetos desde un propósito de descolocación o segregación, sino que filtra sus emociones y pensamientos a través de ellos, los intercala con otros artefactos y materiales, y los adiciona a soportes convencionales de representación: un marco de cristal o de metal, la bidimensionalidad de la cartulina, el lienzo, la madera; evidencias de que no parecen seducirle el juego con las divergencias representacionales ni el comentario sarcástico sobre ciertas disfuncionalidades.

Los presupuestos que sostienen la producción de Lavoy son más deductivos, exegéticos, parten del estudio y la aprehensión de fenómenos, leyes y categorías que rigen el comportamiento del universo, que luego reutiliza para construir sutiles apostillas sobre la evolución y transformación de sus procesos de convivencia y autoreconocimiento. Cada objeto o elemento elegido para la confección de las obras está en función de ese entendimiento, de esa correlación, que no tiene por qué tener siempre un carácter unitario, progresivo. Como él mismo ha confesado, la resina encarna la materia oscura, el espacio insondable, pero también la huella de un paradigma, el registro de la gravedad; el vidrio hace alusión a la transparencia de las ideas o sensaciones; el énfasis en determinados colores proyecta la fijeza de un esquema; los anzuelos de metal simbolizan las leyes de la vibración y la atracción, y así sucesivamente.

Con todas esas asociaciones simbólicas de sentido, me parece curioso que nadie haya relacionado la obra de Lavoy con la de Duchamp. Al menos no lo he visto citado en los artículos y las entrevistas breves que he podido leer sobre los antecedentes y argumentos de su obra. A lo mejor ha sido adoptado como un modelo implícito, como una de esas fuentes axiomáticas sin las cuales es imposible realizar una caracterización de las tendencias que se han venido advirtiendo en el transcurso de un siglo a otro. Pero hay momentos en los que siento que esa interconexión con el artista francés resulta insinuante, disipadora. No hablo solo de los principios en los que Lavoy se inmiscuye en sintonía con el maestro, como el de los reflejos, el de la desfragmentación, el de las dinámicas perceptuales, el del cálculo de las energías, el impulso catártico, o el de las preocupaciones representativas en torno a la figura humana, en particular la femenina. Me refiero también a piezas específicas donde los procedimientos estructurales sugieren interesantes equivalencias con obras del mítico Duchamp, como las que hizo Lavoy para la serie “Focus” al emplear el óleo, la madera y sobre todo el hilo de pita (Marcel usaba el hilo de plomo y los hilos encolados en tiras de lino); o las que propicia en obras como Awarness State Graph del 2017, en la que se estimula a mi juicio un diálogo simbólico con la pieza 3 patrones zurcidos, fechada por los investigadores entre 1913 y 1914.      

Más allá de los niveles de intensidad con que se van expresando las analogías en la obra de Lavoy, una obra que augura por demás un aterrizaje seguro y próspero en el volumen, lo más importante es que conmutemos algunas ideas, vayamos ganando conciencia sobre los arquetipos que pudieran estar gravitando en su quehacer artístico. Si por falta de tiempo y oportunidades de intercambio con el artista, no he podido llevar a cabo un registro pormenorizado de otros arquetipos nacionales e internacionales con los que interactúa, al menos me he sentido en el compromiso de lanzar algunas especulaciones breves sobre aquel que considero más perceptible. Desde este ángulo de apreciación quizás estaría en mejores condiciones de ayudar a comprender como un joven artista cubano, que comienza a insertarse en el mundo globalizado y sus bondades tecnológicas, comunicacionales, esté volviendo la mirada hacia metodologías o procederes históricos relacionados con la entropía personal, con la calibración articulada entre lo existencial y lo cósmico.

Nota: Este texto apareció publicado en el catálogo de la muestra Empty Space del artista Jorge Lavoy, exhibida recientemente en el Kendall Art Center.

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