La crisis se publicita

/ 26 enero, 2015

Una narración sin adjetivos

 

El auge de la fotografía sembró la creencia de que este género finalmente nos sacaría del mito de la cueva platónica, salvándonos de la tiranía del mundo de la representación y la ilusión, retornándonos al mundo de lo real[1]. Y ello tuvo una de sus raíces en la naturaleza documental que asumió, y aún tiene, la fotografía; en sus fueros pre-autonómicos, en su ligazón “instantánea” con la realidad.

Álvaro José Brunet[2] es arquitecto de profesión y, en mi opinión, unos de los mejores fotógrafos que hasta el momento conozco. La mayor parte de su obra está reunida en la serie El peso de la vida y han resultado todo lo contrario de la fotografía documental. Sus fotos nos sumergen en las variaciones ilusorias del filósofo griego, pues sus composiciones -en las cuales insisto en ver atípicos bodegones- se acercan mucho más a una obra de arte propiamente dicha que a una foto entendida en sentido tradicional (esa donde hay una supuesta objetividad). Él se aleja del documento en la medida en que sus composiciones exigen de la mediatez, de esa distancia fría y calculadora donde el azar poco puede jactarse. Álvaro piensa, escoge y compone en el estudio.

A propósito de sus retratos Richard Avedon afirmaba: “I always prefer to work in the Studio. It isolates people from their environment. They become in a sense… symbolic of themselves”. Si leemos bien vemos que el procedimiento es el mismo: Álvaro, quien por lo general también recurre al plató, enajena los objetos de su utilidad cotidiana, los extrae y distancia de su ambiente para crear una historia que ya tiene hilvanada en su mente, alterando el significado original de cada uno de ellos para crear otros, “puestos” de antemano por el autor en consonancia con una realidad que le molesta y exaspera. El resultado son engañosos híbridos que pierden su valor de uso tradicional y se vuelven ineficaces y hasta absurdos en esa lógica del ser útil. Se trata de piezas de corte conceptual que pueden englobarse bajo otro rótulo, digo yo: el engaño del objeto.

Siendo así, llegaríamos a una conclusión medio impía y es que, bien miradas las cosas, los retratos de Avedon son bodegones y los bodegones de Álvaro son retratos, metodológicamente hablando (aislar al sujeto, descontextualizar el objeto). Pero no, dejémoslo ahí[3]. Si con algo lo compararía sería con el preciosismo rotundo y simple de las piezas de Chema Madoz, con la diferencia de que mientras este se mueve en predios estrictamente formales, Álvaro supedita tal interés a cuestiones vitales que le atañen como ser que vive en una sociedad donde todo se vuelve inoperante y trastocado.

Yo estoy encasquillada en la idea de que los arquitectos de formación tienden a ser minimal y muy hedonista en sus composiciones. También poseen un poder de síntesis increíble. Igual sucede con los diseñadores que ven en la fotografía un medio de expresión. En la serie el El peso de la vida el hedonismo de Álvaro exhibe ribetes perversos. La crisis de valores a las que está aludiendo con frecuencia viene a ser un producto vestigial frente al empuje retiniano de sus fotos, al look sumamente publicitario y seductor de cada pieza.

La tristeza –o crueldad- que pretende representar sucumbe ante la belleza de cada foto. Y esto se da porque no es totalmente económico en el sentido estricto del término sino que hay en él una veta barroca en cuanto al tratamiento de luces que crea atmósferas iluminadas y ensombrecidas según sea el caso. Y ahí aparece otra variante: las obras se visten de narratividad, se vuelven literarias –paradójicamente- dentro de su imagen compacta gracias a la luz y las emisiones de significados que expulsan cuando esos objetos se conjugan. Su materia prima es bien mínima pero eficaz.[4]

Las piezas narran en su parquedad visual. Los objetos se yuxtaponen para crear un surrealismo racional: una historia o un fragmento de ella.

 

[1] Y aún tiene, no nos llamamos a engaño. Incluso, ahora mismo hay un énfasis internacional en la vuelta a este tipo de hacer. Un “retorno de lo real”, como diría Hal Foster. En su época Man Ray fue una de las brillantes excepciones.

[2] Álvaro José Brunet también es fundador y dueño de El garaje fotográfico, una academia privada de fotografía con sede en la ciudad de Sancti Spíritus. Tuve el placer de ver la muestra que resultó del primer semestre de clases y créanme, prepárense pa’lo que viene.

[3] Tal teoría merece ser desarrollada pero no en este texto.

[4] Debo aclarar que las obras de Álvaro no son el resultado de una operación en photoshop. Se trata de obras construidas por él y “retratadas” en su estudio. El tratamiento exquisito de la luz en este artista es algo rotundo. Se trata de obras conceptuales que cuidan del oficio, algo bien raro en el contexto cubano donde muchos se amparan en la validez de la idea en detrimento del criterio de una buena foto. En este sentido Álvaro me recuerda las columnas del Chino Arco y a algunas imágenes de Raúl Corrales.

Related Post

Publicidad

  • Editor in Chief / Publisher

  • Executive Director

  • Executive Managing Editor

  • Art Director

  • Editorial Director / Editor

  • Design & Layout

  • Translation and English copyediting

  • Spanish copyediting

  • Commercial director & Public Relations / Cuba

  • Web Editor

Publicidad

Boletín de Noticias Art OnCuba

* Este campo es obligatorio