Karaoke, el vacío como esencia

/ 20 mayo, 2015

Se dice que la postmodernidad -ese reposicionamiento de la mirada epocal, tornado ya retórica más que verdadera mutación sensible (o “estado del alma” como apuntara Lyotard)- resultó una suerte de sacudida para el grisáceo pensamiento moderno. En medio de un mundo perfectamente estructurado, que fantaseaba la tenencia del control de la vida y el tiempo, una grieta se abrió paso inexorablemente. Los relamidos discursos racionales semblantearon, no sin perplejidad, la desmesura, lo inapropiado y alterno. El desencaje como signo. El hombre de finales del siglo XX cambiaría, nadie lo duda; no obstante, los sentidos más hondos de esos cambios aún hoy no son del todo legibles.
Mucho se ha debatido en torno a este proceso de desmontaje del proyecto moderno. No tiene demasiado caso volver sobre el asunto, máxime si tomamos en cuenta que se trata –qué fácil lo olvidamos- del estado en que desandamos nuestra cotidianeidad. Sin embargo, comporta cierto interés detenernos, del modo más diáfano posible, sin tremendismos o galimatías (zafémonos de ese horror), en uno de sus elementos más caros, a saber, la voluntad de entenderlo todo como cita o reminiscencia. La grandeza, el irreprimible anhelo, de asumir lo individual como mosaico, olvidarse de la enfermiza obsesión de la singularidad. Desplazarnos del epicentro.
Roland Barthes comenta, en su ensayo sobre la muerte del autor, que este sujeto –el autor– no es otra cosa que una construcción moderna. Un personaje, dice lúcidamente. Como consecuencia de su necesidad estabilizadora, el hombre moderno reinventó la creación. Se colocó en el núcleo mismo del universo y se olvidó del resto. No obstante, todos sospechamos (a pesar de lo desconcertante de este axioma) que somos mucho más fragmentados de lo que parece, continuación de aquello que nos antecede y circunda. Somos, es claro, la cultura a la que pertenecemos, el lenguaje con el que pensamos. Cualquier otra idea es pura ilusión. El espejismo de la originalidad se impacta, una y mil veces, contra la naturaleza hereditaria de lo real.
Esta mirada sobre la autoría, justo es decirlo, no es demasiado fascinante para el creador de nuestro tiempo (no importa en qué escena estemos situados). El ego moderno, esa hambre de control que no cesa, nos arroja a una orilla más cómoda, al espacio imaginario en el que los hombres dejamos huellas, marcas inconfundibles de nuestro ADN creativo en la piel escurridiza de la historia. A ese patetismo hemos llegado. Lo más gracioso de todo es que la obra, que no sabe mentir, nos expone sin pudor.
Es este el sentir que anima una muestra como Karaoke, que se cuestiona el arte en tanto demiurgo, un proyecto que se piensa como escritura colectiva, descentramiento. En medio de las dinámicas más álgidas de la Bienal de La Habana, de la bulla, el espectáculo, la coyuntura idónea (y efímera) para la distinción, Karaoke apunta al carácter reminiscente de la escritura, la escritura de nuestros días que no es otra cosa que cruzamientos.
La exposición estará integrada por una serie de artistas (Levi Orta, Lester Álvarez, Wilfredo Prieto, Yornel Martínez y Ezequiel Suárez) que revisitan las nociones de autoría desde ángulos diversos. En algunos casos la reflexión se detiene en el binomio idea-ejecución, categorías sumamente debatidas a lo largo de la Historia del Arte (¿qué es la obra, nos seguimos preguntando, la idea sobre ella misma o su implementación?). En otros –la mayoría– el fenómeno artístico es analizado a partir de un enfoque cultural de residuo y confluencia. El gesto combinatorio, fortuito en no pocas oportunidades, contingente, voluble, como metodología real de cuanto emerge. Esta perspectiva, sin ser en modo alguno novedosa, resulta de interés en la medida en que accede a sacudirse –creo que sinceramente– el falseado imaginario de los orígenes.
Emplazada en el naciente espacio de El apartamento, y fechada para el 18 de mayo, Karaoke quiere convertirse, por sus ideas gestoras, el trabajo de sus artistas, el acento que le es propio, en recordatorio del alcance limitado del hombre, su intrascendencia para las cosas realmente esenciales. A fin de cuentas, nosotros mismos no somos sino una invención recurrente en la mente de Dios, o de la historia, da igual; resultados de otra creación azarosa, pérfidamente aleatoria. Esa melodía vaciada de señas puntuales que una voz divina, en sus ratos de ocio, acompaña de una estrofa que se repite una y otra vez, una y otra vez.

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