Instantes de la vida en 16 mm

/ 30 julio, 2019

“…no parece que el principal malestar de la cultura contemporánea provenga de lo que concebimos como «ficción» sino de aquello que percibimos como verdad”

                                                                  Iván de la Nuez

La imagen tiene el enorme poder de crear mundos, inventar situaciones, adornar sueños, cargando consigo, en gran medida, la responsabilidad de nuestras decisiones, pero esta compleja consecuencia, como apunta el exergo, sucede bajo la capacidad de convertir en verdad la ficción.

Diez mujeres creadoras se encontraron recientemente en el taller V Edición de Mujeres con la Cámara, como parte del proyecto 16 mm. Fotografía en movimiento, promovido por Estudio 8, con la colaboración de la Galería Arsenal, en la búsqueda de otra forma de crear, ideando para ello un procedimiento particular.

Bajo la experiencia y el talento del trabajo con la imagen del artista Juan Carlos Alom, y con la colaboración de la realizadora Aimara Fernández, y la asistencia de cámara del creador visual Irolán Maroselli, se desarrolló este taller que consistió en invitar a un conjunto de mujeres a filmar con una cámara de 16 mm, sin un guión predeterminado y siguiendo una idea de base con un solo rollo para realizar la obra.

La filmación en un día y el debate sobre lo filmado sustentan, junto a los detalles antes mencionados, la metodología del taller, el cual reunió a realizadoras con experiencia y fotógrafas empíricas, las que se centraron en temas personales, familiares, sociales, y acercamientos a la naturaleza, que como señala la especialista Gretell Morell “… estructura una sociología visual y un modo de hacer atípico en el escenario del arte cubano actual…”[1]

Las peculiaridades antes apuntadas marcaron una forma de producción y un tipo de estética que, a partir de lo afirmado, han instaurado otra forma de acercamiento a la imagen en movimiento en nuestro país. El hecho de haber elegido como recurso temporal que las filmaciones transcurrieran entre uno y tres minutos y que la cámara utilizada fuera de 16 mm, influyó sobre las posibilidades expresivas de las obras.

La síntesis narrativa que las sustenta permite apreciar diferentes resultados, en unos casos mejor logrados que en otros, pero sobre todo, resultados que abordan desde el punto de vista social la realidad cubana del presente, con una proximidad que potencia su belleza, lo autobiográfico, los márgenes del escenario doméstico y la propia naturaleza como excusa estética o social.

La pieza que se interesa en el tema social es Hombre nuevo, de Mari Claudia García, en ella se conjugan con ingenio dos planos: el narrativo y el visual, consiguiendo que la cámara apoye lo que la narración nos dice. Oímos la voz en off de adolescentes, unos preguntando y otros respondiendo, sobre detalles relativos a las tribus urbanas y a la música que las identifica, junto a imágenes de sus rostros, gestos y acciones, intermitentes y breves, rostros de adolescentes risueños o serios que posan para la cámara, o planos donde solo apreciamos determinados ángulos de los rostros.

El diálogo entre ellos nos ayuda a conocer de los nombres de esas tribus y sus rasgos esenciales: Friqui, Miki, Repas, Otacos y Repatacos, que agrupa a estos últimos, los vínculos entre estas bandas, los nombres de algunos intérpretes y los lugares donde generalmente se les suele oír.

La informalidad e intermitencia de las imágenes es una hábil solución que acompaña las narraciones que son escuchadas con dificultad. Sin embargo, tales cualidades no menoscaban la calidad de la obra, no significa incompetencia, sino un recurso bien utilizado dado el escaso tiempo con el que se cuenta para narrar, siendo delicado el tema que se aborda porque, aunque sabemos que esa cultura underground está presente en varios espacios de la ciudad y muchos jóvenes son más afines a ella que a cualquier otra forma cultural, el hecho de apreciarla por el medio audiovisual provoca una fuerte impresión.

El enfoque en lo autobiográfico lo apreciamos en dos obras: Nuestro día a día, bajo la dirección de Luisa Marisí, con la fotografía de Alom, y Confesión de Amalia Iduate. En la primera, la cámara recoge el transcurso de un día en la vida doméstica de la realizadora, imágenes de su hogar, las acciones del cuidado de la casa, la cocina y el momento destinado para su labor intelectual, que ante tanta acción se pierde, lo que constituye un delicado acercamiento a esa doble condición de la mujer cuando es creadora y ama de casa.

En la segunda obra, se crea un encuentro impreciso entre el título, la imagen que la sostiene y la dedicatoria, sin embargo, es precisamente esa imprecisión su mayor encanto. Advertimos en un primer plano el rostro de una mujer madura, que posa para la cámara y al final, al desaparecer su rostro, oímos una canción popular tarareada por una voz femenina. La dedicatoria es presentada en dos partes, una nos dice: “a mi madre”, y la otra: “hijo: agradecimiento”. Son tres elementos que no están dispuestos para ser reconocidos entre sí y, sin embargo, la búsqueda de su relación es lo que estimula su apreciación. ¿Qué puede confesarnos un rostro inexpresivo y a la vez triste? ¿A qué nos aproxima una canción popular que podría ser cantada a un niño para dormirlo? ¿Es la madre la que agradece?

Hacia lo íntimo, pero desde una perspectiva diferente más cercana a lo autobiográfico, se deslizan Háblame de ti, de Alejandra Pino y Duelo de Claudia Arcos. En el caso de Háblame de ti, se nos muestra en un primer plano, de manera consecutiva, la imagen de dos mujeres de edad madura y una joven a la que se suma al final otra mujer, todas haciendo un monólogo que no escuchamos, solo las expresiones de sus rostros nos aproximan a lo que pudieran decir esas palabras. La primera es jovial, trasmite dulzura, tolerancia, la segunda no sonríe, argumenta sus opiniones con conformidad y calma, la joven es vital y alegre.

El simple recurso de omitir la banda sonora, estructura la obra por un camino experimental y le permite aprovechando el sagaz título, cubrir un contenido que nos llega a través de la narración visual.

Duelo describe en imagen lo que el título anuncia, pero de una manera inusual, pues una joven en un hospital, acostada sobre una camilla, se hace rapar su cabeza, terminado la obra con una dedicatoria: “a mi madre”, haciéndonos pensar si tal gesto responde a una promesa.

El contacto con la naturaleza lo apreciamos, por diferentes vías, en tres obras: Reforestación, de Carmen Jiménez, con la asistencia fotográfica de Alom, ella nos presenta a una mujer que se baña y vestida de blanco sale a la calle, aparecen ofrendas de santería dejadas en espacios públicos, y a la mujer, después de caminar por la ciudad subida sobre los restos de un árbol derribado, saludar a la naturaleza con los brazos en alto, terminando su paseo detenida en una esquina. La dedicatoria nos dice: “a todos aquellos que aman los árboles” y el título se refiere a una acción que puede ayudar a mejorar la presencia de la naturaleza en la ciudad. Son los elementos que componen la pieza, pero las referencias usadas para unirlos no funcionan de manera armónica, y el tema se escapa sin que quede clara la propuesta.

Por su parte, Melancolía de Nina Bárcenas, se sustenta en el movimiento de la cámara por distintos espacios campestres y la carretera que los atraviesa, terminando el recorrido en el mar. La relación entre imagen y título es armónica, un buen ejercicio fotográfico, pero desaprovecha el marco experimental que este tipo de realización facilita.

El titulo Isla Josefina, de Mónica Baró, se inspira en imágenes que muestran un bosque en el que sobresalen objetos abandonados que lo ensucian y dañan, en el instante en que un grupo de personas los recogen. La banda sonora con percusión ayuda al movimiento horizontal de la cámara, pero la obra se centra en ilustrar el tema y no avanza más allá.

Otras dos obras se desplazan entre el espacio privado una y el social la otra. Tropicalia de Aimara Fernández, acompaña las imágenes con una agradable canción brasileña que ayuda a la dinámica visual. Aparecen frutas colocadas sobre una mesa, a manera de un bodegón, una imagen en la que se destaca la elegancia de la piña, continuadas con una acción que se centra en cortar pedazos de ciruela china. Esta visión es interrumpida por el humo de la fumigación, para después volver a la ciruela que es comida por una niña. Son dos situaciones colocadas en un mismo nivel, sin apuntar a las consecuencias, quizás como un pretexto para el despliegue de agradables imágenes.

Por su parte, Sistema matutino de Lucy Morell, ilustra con agradables y contrastadas imágenes y una banda sonora en tiempo real, el acto con el que cada mañana se inicia el día escolar en nuestro país, gesto que se anuncia desde el título. Este es un acto propio de la enseñanza cubana, pero de tanto repetirse en sus rutinarias normas, aligera su significado.

El acercamiento a las obras permite fundamentar en qué sentido y desde qué perspectivas se hace factible valorar este taller, los gestos de creación que lo gestionan y las formas y vías que, desde una metodología, ya probada en ediciones anteriores, nos ayudan a conocer sobre este particular espacio del escenario visual y audiovisual cubano.

Entre las obras presentadas se destacan aquellas que no se conformaron con alcanzar buenas imágenes. La búsqueda experimental resuelta en la relación entre imagen y título, predomina en calidad de un recurso formal que pretende hacer germinar la metáfora.

Contar con un tiempo tan breve para realizar las obras, demanda inquirir en las posibilidades que esta forma de creación ofrece, y tomar en cuenta, como sugiere Grethel, en el texto antes citado, “…la inclusión del sonido (o banda sonora) en la mayoría, como recurso enriquecedor de la narrativa visual, artilugio para subrayar escenas…”[2] yendo a su vez, a la búsqueda de contenidos sustanciosos que requieran imaginación visual para ilustrarlos, imaginación desde la que cabalgue la compleja y diversa realidad que nos envuelve.

[1] Morell, Grethel. Cuba en 16 mm. Art OnCuba 18, junio-agosto de 2018.

[2] Ibid.

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