Iniciados

/ 13 junio, 2016

Primer subtítulo

Nunca sabremos qué está detrás de una exposición como Sin pestañar. El aura literalmente underground de un sótano perverso, la sensación de cierto culto esotérico, las fotografías con imágenes del tipo “si las ves tendría que matarte”, y al mismo tiempo una mirada fría y algo antropológica, el ars combinatoria de una instalación seductora: quizás solo alguien como Orlando Hernández podría conjugar en una muestra todo eso. Su condición de practicante de las religiones afrocubanas de Palo Monte e Ifá, y su interés más que demostrado por las artes visuales le han dado la posibilidad de estar en el momento y en el lugar preciso, sin tener que padecer la ignorancia y las prohibiciones de los no “iniciados”.

De la importancia de llamarse Orlando H.

Para situar algunos antecedentes: en 1981 ─el mismo año de la exposición Volumen Uno─ un tal Orlando H., que entonces tenía 28 años, armado de una escasa suma de pesos cubanos y utilizando trenes de pasajeros, guaguas marca Girón, y hasta carretas de bueyes y coches de caballo, se lanzó a recorrer toda la isla en busca de una colección de arte popular para exhibir en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Existe el rumor de que ─junto a Osvaldo Sánchez y Gerardo Mosquera─ formó parte de la triada que dominó la crítica de arte cubano en los ochenta. Los galeristas, curadores y directores de museo sufrían ─y aún sufren─ de una especie de dislexia cuando pronuncian el nombre de José Bedia. Comienzan a pensar en el artista cuando accidentalmente los interrumpe el crítico. El resultado es un híbrido entre el crítico y el artista que ha rubricado más de una decena de textos para varios libros y catálogos.

A la mirada europeizada del arte opuso la poscolonial, a lo trillado opuso lo desconocido. Al contrario de “lo folklórico” y de “lo elitista” ha hablado de “lo popular”, a la frivolidad del arte contemporáneo se ha resistido con agudeza. Donde ha predominado la crítica ortopédica y más didáctica, Orlando ha optado por las complejidades de la ficción, de la poesía, sin desconocer los rigores del pensamiento teórico.

Cualquiera puede confirmarlo: sus textos sobre arte cubano e internacional conforman una bibliografía difícil de contabilizar, entre revistas nacionales y foráneas, libros, catálogos, folletos, folletines, y publicaciones tan raras como las ediciones limitadas y los libros de artista. La nómina de colaboradores de la revista Criterios, que curiosamente evita a los intelectuales cubanos, incluye, sin embargo, a Orlando Hernández.

Acerca del lugar donde fue visto aquello de lo que tratan estas líneas

En la Habana hay pocos espacios que clasifican en la categoría de underground, la mayoría de los sitios que la ostentan se hallan en altos o, a lo sumo, en una planta baja. La semiótica del espacio no los ayuda, más bien los traiciona. El Estudio Infinito (o el 8 Estudio, pues queda en la calle 8 del Vedado) es el sótano de la casa de Juan Carlos Alom convertido en un cuarto de “revelado” para la fotografía cubana. Lo curioso es que a pesar de ser ciertamente incómodo y de estar como a “seis metros bajo tierra”, he notado que allí confluyen una amplia gama de aficionados, perdedores, grafiteros críticos, curadores, rockeros y artistas del mainstream, algo así como el mellizo galerístico de lo que deben ser esos bares de Europa en los que se respira el humo de la noche anterior, y a las once de la mañana no se tiene conciencia de que ya es de día, bares donde preciosas camareras con tatuajes miran de modo amenazante y sensual.

Acerca de lo que tratan estas líneas

A continuación relato ─casi en orden cronológico─ cuáles fueron mis experiencias con respecto a Sin pestañar de Orlando H.

Noté que las escaleras del sótano eran algo estrechas, ¿un “pasaje a lo desconocido”? Luego alguien puso en mi mano una postal que señalaba a Orlando H. como el autor de un evento que al parecer era una expo y me di cuenta de que prescindía de texto. Pensé que Orlando no había querido expresarse, que habría sido un texto más dentro del conjunto de publicaciones, documentaciones de curadurías o libros de artistas –organizado a modo de show– que supuestamente me esperaban.

Entonces comprobé que la foto de la postal coincidía con una de las imágenes que llenaban el sótano. Como en los cuentos clásicos: cuál no sería mi sorpresa al ver que Orlando H. sí había querido expresarse, pero lo había hecho de modo coherente con el medio que había elegido: la fotografía. Se trataba de la primera vez que hacía pública sus experiencias fotográficas.

A partir de aquí todo era desconocido.

Un grupo de personas se regodeaba frente a fotos extrañas. Pensé en la teoría del complot, me sentí raro, y rápidamente fui a observar los pies de obra. Algunos tenían títulos como Ngueyo, que contaba de dos partes, eran imágenes de la iniciación de un palero. En otro se leía la palabra enkunias y la foto representaba dos bastones con cabezas talladas. También estaba Aworán [1], que era la foto de un muñeco muy cabezón e intimidante. Esas palabras me impusieron una nueva relación de desconfianza frente al diccionario, tenían la consistencia de un conjuro, de un secreto, sentí que debía irme, que no era preciso insistir donde no me llamaban.

Ese era un sitio para los “iniciados” y recordé que Alom tenía fotos de los motoristas en La Habana, un lugar doblemente peligroso. Entonces comencé a intelectualizarlo todo.

Recordé el mítico y complicado curso de “historia de la lengua” en la Facultad de Artes y Letras, que empleaba la mayoría del tiempo en la historia de España y dedicaba una sola clase a las influencias de las lenguas africanas.

Recordé los seminarios sobre poscolonialismo; recordé que según Edward Said la experiencia supera a la lectura; que de acuerdo a Homi Bhabha lo desconocido no tiene nada que ver con lo maléfico o con lo “subdesarrollado”, sino con la ignorancia; que hay tradiciones, saberes y prácticas culturales que por mucho tiempo permanecen al margen hasta que son registradas.

Dentro de la exposición seguían apareciendo imágenes, y veo una que me ofrece un camino para entenderlo todo, o casi todo.  La de Carlos Manuel es un retrato de una anciana que extiende entre sus brazos la primera bandera de la independencia cubana. Tuve una especie de revelación apacible –el entendimiento me devolvió la tranquilidad que en un principio el espacio me había robado–, vi la relación estrecha entre patria y edades ancestrales, vi que esa anciana bien podría ser la madre, o la abuela, o la bisabuela de todos los cubanos. En el marco de esa revelación recordé también el tema de los nacionalismos y una frase del propio Orlando Hernández: “Debo admitir con incomodidad […] que siempre he escrito pensando en «Cuba», […] en el «arte cubano»”[2]. Pensé que todas las fotografías que allí se encontraban orbitaban alrededor de la historia, o de las historias de la nación caribeña, sin importar cuán pequeñas o agrandadas fueran.

Estos son algunos ejemplos:

Marisol presenta la obsesión de un hombre expresidiario en cuya pierna tiene tatuado la figura de un amor perdido e imposible: Marisol –un amigo insistió en que la muestra se podía justificar gracias a este argumento.

Candado amarillo 1 y Candado amarillo 2 son las imágenes de la envoltura de un jabón de lavar cubano pre-revolucionario –devenido símbolo de la industria socialista– que lleva inscrita una frase moralizante y didáctica de Fidel Castro. El recordatorio de cierta ideología para ser usada en lo más íntimo del ser humano.

En una instalación sin título, donde se organizaba el resto de las fotografías que por cuestiones de espacio no cabían, vi el dorso de un mulato religioso con el tatuaje de una cruz de hierro. Pensé en las desmesuras simbólicas y en el canibalismo cultural de ciertas comunidades, pensé en una Cuba apocalíptica y automáticamente rechacé esa idea. Pensé también en una enciclopedia sobre escritores nazis en Latinoamérica, y en el riesgo que implicaba haberla hecho, que a su vez es el riesgo de “lo documental”.

Otras reflexiones con diferente tono sobre el mismo objeto

En este punto quisiera detenerme para decir dos cosas acerca de lo anterior y su relación con las fotografías de Orlando H. El alegato de la objetividad documental ahora es un tema de bromas y de escalofríos, sería mejor concebirla como una negociación constante entre las subjetividades del documentalista  –qué le interesa documentar– y las de los documentados – ¿Hasta qué punto admiten que los documenten?

Para entender por qué estas fotos pueden ser impactantes hay que tomar en serio la proposición anterior. Orlando forma parte de esas comunidades que se sienten en confianza mientras son retratadas, las respeta, habla sus lenguas, conoce sus códigos, los comprende, pero le pueden retirar su aprobación en la medida en que se sientan amenazadas. Si entendemos a Orlando como una variable (x) y a comunidades como una variable (y), extenderíamos la siguiente fórmula como ley fundamental del documentalismo: (x-y) + (y-x)= z, en donde z viene a ser el producto documental, en este caso, la fotografía.

Guardo una aseveración aún más persistente y polémica: la fotografía existe como medio no como un fin en sí misma. La prueba de esto es que Orlando ha edificado una obra crítica y escritural a partir de un archivo, del registro de lo visto y lo vivido, es decir, de la experiencia. Su arsenal de trabajo en parte está cifrado en ella.

Pero estas afirmaciones conducen a un terreno propicio para los encontronazos, y probablemente sea mejor detenerlas aquí mismo.

Sobre algunos sueños que tuve relacionados con la muestra

Soñé que Ticio Escobar y Néstor García Canclini almorzaban con un chamán en un restaurante parecido a El Cocinero –aunque bien mirado hubiera podido ser La Guarida– durante una Bienal de La Habana del futuro.

Soñé que una tarde golpeaban a la puerta de mi casa y cuando abrí pude ver a Orlando H. sentado en un farallón conversando en una lengua extraña.

Soñé que en medio de un ritual desconocido conocía a mi novia, y luego eso quedaba registrado en el objetivo de una cámara que le pertenecía a una persona ajena. Desperté medio angustiado.

Soñé que el sótano de Alom era un lugar lleno de tuberías y accidentes (tal como es) y en vez de exponer fotografías se hacían fiestas particularmente calurosas, como uno imagina que deben ser las fiestas populares. Lydia Cabrera dirigía una orquesta.

Soñé que andaba por algún camino de África –que al instante se convirtió en un camino cubano– y me encontré con la tumba de un viejo amigo cuyo nombre no recordaba.

Soñé que me encontraba a Orlando H. en un tren que viajaba hacia provincia, y cuando me acerqué a saludarlo vi que en realidad era un hombre de aspecto turbio, en cuya pierna llevaba un tatuaje donde se leía la palabra Marisol.

 

[1] Después descubrí que ngueyo se le llama a las personas que se inician en la religión del Palo Monte, que enkunias significa “palos”, y que aworán son los muñecos cabezones que abundan dentro de las religiones afrocubanas de Ocha e Ifá.

[2] Orlando Hernández: “Las víctimas (habaneras) del arte”, en Parachute, núm. 125, 2007, p. 18.

Comments

wao, wao, bonito texto.

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