Inagotable capacidad creativa

/ 24 agosto, 2015

Con motivo de la duodécima edición de la Bienal de La Habana, como ya es habitual, han sido disímiles los espacios de la capital que exhiben las propuestas de creadores jóvenes y consagrados para poder apreciar lo más inmediato que, en materia de arte, se realiza en Cuba y otras geografías. Las intervenciones en el espacio público e, incluso, en sitios específicos de algunos municipios figuran como zonas de activo trabajo expositivo para continuar contribuyendo así a acercar el arte a la comunidad. En este sentido, es importante señalar que el proyecto conocido como Museo Orgánico Romerillo concebido por el equipo de Kcho Estudio propuso un interesante itinerario.

Aunque se pudieran analizar varias de las propuestas que han conformado este proyecto en tanto interrogan e impactan visualmente, las sucesivas líneas serán dedicadas a ofrecer algunas consideraciones sobre las esculturas expuestas por Osmany Betancourt Falcón, para la mayoría el Lolo. Este creador matancero que ha dedicado la mayor parte de su quehacer al cultivo de la cerámica ha indagado en los últimos tiempos -con igual validez- en el trabajo escultórico en bronce u otros materiales. En esta ocasión presentó cuatro obras que confirman la calidad con que trabaja tanto en el aspecto formal como en lo conceptual.

Diversos elementos extraídos de la vida real y rostros que ya resultan bien distintivos en su poética se encuentran ubicados en el área exterior, justo en la avenida cercana al estudio de Kcho. Estos integran la instalación que pertenece a la serie “Ofrenda”. En lo popular del título para nuestro contexto se ancla una mirada acuciante a la cotidianidad del cubano.

Extraordinaria pieza ante la que queda fascinado cualquier espectador –conocedor o no de arte- es la identificada como Restauración para amor mecánico. La más ortodoxa figuración se impone para revelar que el virtuosismo de las Venus de la antigüedad nos llega hoy de la mano del Lolo. Pero analizando profundamente la pieza hasta podría decirse que hay aquí también una especie de juego con el canon de belleza clásico, lo que se advierte en el rótulo escogido. Nada es pura contemplación en su obra, siempre nos lanza interrogantes.

En El peso de los rostros se retoma la importancia que ha tenido para el autor el expresionismo como lenguaje creativo. En cuanto a las posibles lecturas cabría señalar que aflora una vez más su preocupación por el individuo. Tal vez intenta reflejar las circunstancias de frustración del hombre ante la vida que le toca asumir. Lo anterior se evidencia en los gestos dolorosos y desesperanzados de los que permanecen cautivos dentro del tanque.

Por su parte, Made in Cuba representa un rostro apresado en la herramienta conocida como sargento y fue pensada para formar parte de la muestra colectiva en el Mercado de Romerillo. En este caso, con cierta dosis de humor hiriente expresado desde el título y en la representación misma tal vez pretendía aludir al modo en que se establecen las relaciones de poder en el entramado social.

En apretada síntesis puede plantearse que en estas recientes propuestas el Lolo insiste en la figuración de tipo expresionista, así como en la problemática humana en términos de significado. Asimismo, es de destacar la destreza que tiene para realizar sorprendentes obras con diferentes materiales y soportes. Se trata, en esencia, de un creador con una línea discursiva muy personal que lo singulariza dentro del panorama de las artes visuales cubanas contemporáneas. Es por ello que resulta innegable que su capacidad imaginativa no tiene límites.

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