I don´t like Empty sounds

But Empty sounds likes me

/ 3 mayo, 2017

Contra los poetas[1] no es una analogía creativa constituida en la propia expresión de las bases de sentido que lo originaron. Aquí lo significativo no es el punto de partida (que en realidad funciona más de provocación que de guía), el polémico ensayo de Gombrowicz que se hiciera famoso más por su facciosidad que por el tino de su propuesta. En realidad, Luis Enrique se refiere a las agonías de los procesos creativos de aquí y de allá basados en la manida seudopoetización socorridos por un edificio (de significancia) moderno. Evidentemente el exceso de metáforas y sublimación dirigidos a construir textos que «se parezcan a un producto químico»[2] -elemento que denostaba el escritor polaco- adquiere validez en el terreno que nos ocupa. Inocuidad en los tropos de las propuestas artísticas trae consigo, y en su propio código, la activación de una antítesis: la de sonidos vacíos. De ahí, White Noise. La obra deriva en una sinestesia de música en color, utilizando una figura retórica propia de la poesía y reflejándolo desde gramáticas minimalistas y conceptuales en el objeto artístico. Ello impele la dimensión autorreflexiva del arte. Por lo tanto, este gesto armonizado con un producto de etiqueta white cube no debiera movilizar, pues ciertamente parece ser la ironía vendida en un empaque lírico.

La muestra funciona como una autocrítica a las dinámicas del arte contemporáneo (y por qué no, moderno), cuestionando la ideología del espacio expositivo y en especial, la Teoría Institucional del Arte dickieana. Spoiler: sobreautonomía. Elucubraciones poetizantes inauténticas, estériles y estereotipadas pululan gracias a los mecanismos de legitimación, circulación y socialización de la contemporaneidad, evidente corolario de la Modernidad.  Porque sabemos que el contexto de la galería de arte devora al objeto artístico hasta tornarse en él. La conducta doméstica revela entonces, cáusticamente estos dispositivos («It´s an elegant/ flexible space/ a room to shake hands», o «I convinced the poet to put in some artificial lights/ just in case»). Sucede que, como el propio Ferdydurke la pieza deviene toda una teoría sobre las poéticas y las políticas de la falsificación: un ensayo sobre los artificios de la construcción de la subjetividad y más que eso, una invitación al escepticismo, a la incredulidad. Derrumba los constructos prefijados de la configuración por defecto que habitamos; de ahí que Luis Enrique ocupe sarcásticamente las formas y dinámicas del concepto de espacio exhibitivo-cargador aurático para destruirlas desde dentro, con su mismo lenguaje e ideoestética. Habría que salvar al acto inventivo de hallarse definido en términos espaciales, a partir de la relación entre el área del museo-galería y su universo exterior. Porque hay límites para todo, incluso para aquellas prácticas artísticas que connotan bajo el resguardo mágico de un no-lugar sin sombras, blanco, limpio, artificial; del espacio que se dedica por completo a la tecnología de la estética.

Es inevitable entonces volver sobre el gesto duchampiano, autor del actual poder sacramental de la caja-galería. La relación entre la literalización del arte y la mitificación de la galería se balancea en función de esta última, de manera que la pared blanca sustituye un contenido del objeto artístico; ya que este contexto –como advierte López-Chávez- suministra un grado perentorio de terreno conceptual. El condicionamiento del white cube a las recreaciones simbólicas de sus predios, termina convirtiéndose en una misma actitud, en su virtud y su defecto (Brian O´Doherty). Y una vez más, puede haber poesía al interior del espacio, aunque este solo sea  «…about the art and what´s happening at dinner».

[1] Exposición personal del artista Luis Enrique López-Chávez inaugurada en la galería Servando Cabrera, en marzo de 2017.

[2] Witold Gombrowicz. Contra los poetas. Texto digitalizado, p. 3.

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