Grita el silencio

/ 12 octubre, 2016

La muestra que por estos días acoge Factoría Habana toma como referencia el apellido y el legado estético del genial artista francés Marcel Duchamp para ofrecernos un recorrido por algunos de los exponentes más significativos del arte cubano actual.

El silencio de Duchamp es una de esas exposiciones que debemos disfrutar sin prisas. Reseñarla en un par de cuartillas no es tarea fácil, pues los múltiples senderos conceptuales y la riqueza visual presentes en ella alcanzan para escribir varios artículos. En primer lugar, destaca la cuidadosa curaduría a cargo de Meira Marrero y Concha Fontenla, quienes se propusieron urdir una suerte de madeja cuyo hilo conductor se tensa entre el proyecto de performance Un minuto de silencio, del cubano Eduardo Ponjuán, y la documentación videográfica del performance homónimo ejecutado por la serbia Marina Abramović en el atrio del MoMA durante el 2010. Además, han sido incluidos trabajos del propio Duchamp gracias a una boîte en balise (diseñada por Mathiew Mercier, y aportada a la muestra por el propio Ponjuán) que permite el contacto visual con imágenes o miniaturas de obras tan célebres como el ready-made Portabotellas, el polémico urinario firmado bajo seudónimo en 1917, y la ampolleta de cristal llena con 50 centímetros cúbicos de aire parisino, exhibida un año después.

Si bien el silencio constituye el leitmotiv fundamental de la muestra, en ella pueden apreciarse con bastante claridad tres sub-tramas argumentales centradas en lo erótico-racial, lo histórico-social y lo artístico-historiográfico. Dentro del primer apartado encontramos Secret love, serie de videos-arte, rubricada por Humberto Díaz, que aborda con un alto nivel de lirismo y sugerencia la sensual plasticidad y los rituales amatorios del cuerpo humano; así como las piezas de Elio Rodríguez tituladas Cambio de ropa, serie de esculturas blandas encaminadas a estimular la memoria táctil del espectador, amén de versar sobre el complicado tema de la racialidad, sus mitos y ritos, y Forest on the Wall, una reinterpretación literal del carácter lujurioso propio de la floresta salvaje.

El devenir epopéyico-económico de la nación cubana está presente en Patria, instalación de Fernando Reyna que entremezcla el número de cubanos que han emigrado, los que vivimos dentro de la isla, y los que somos en total, con tres sustancias o materiales de gran impacto simbólico: sal, azúcar y tabaco. En cuerda similar se encuentran las vitrinas que el mismo autor ha reunido bajo el título de Humo, y la conmovedora instalación El muro de los lamentos, rubricada por Ricardo G. Elías: un extenso listado de centrales azucareros, ya desaparecidos, que se llevaron consigo la alegría y la esperanza de los cientos de personas que vivían y morían al compás de sus dinámicas cotidianas.

Más cercanos a la denuncia social, o al abordaje de la pluralidad religiosa y las devastadoras consecuencias del narcotráfico, se encuentran las piezas de la dupla Ariamna Contino y Alex Hernández, cuyos trabajos escultóricos y en papel calado proponen, además, un acercamiento novedoso al ejercicio del dibujo, o recrean superficies tridimensionales a partir de datos estadísticos que reflejan las cifras de personas desaparecidas en México durante el último quinquenio, las rutas europeas de peregrinación, o el número de cubanos que han ingresado a los Estados Unidos de Norteamérica en el año fiscal  2010-2015.

Asimismo, el espíritu duchamptiano se manifiesta claramente en el site specific Cuerpo de piedra, una impactante pieza que discursa sobre el progresivo deterioro de los bienes patrimoniales, y en las esculturas instalativas Dr. Jeckyll & Mr. Hide, Rock under the water y Landscape with full moon, de Humberto Díaz, quien enarbola con soltura los presupuestos del objet trouvé y el assemblage para reflexionar sobre las relaciones entre lo real y lo aparente, la pérdida y el rescate, la forma y la esencia. Por último, cabe mencionar la inclusión de dos artistas más apegados a lo retiniano: Antonio Núñez, con sus policromos acrílicos sobre lienzo vinculados a los presupuestos del neofigurativismo y la abstracción, y Ricardo G. Elías, autor de una seria fotográfica que aborda de forma estremecedora el tema de la ceguera, tanto física como espiritual.

El silencio de Duchamp representa una sustanciosa oportunidad para entrar en contacto con creadores y poéticas que van dibujando poco a poco la faz del arte cubano actual. Muchas son las virtudes que pudieran señalársele: los aciertos museográficos, la rigurosa selección de artistas, el empeño por ofrecer una línea argumental sólida y coherente, el profundo ejercicio de investigación que le precedió… Sin embargo, hay dos en específico que merecen destacarse. En primer lugar está el consciente trabajo con obras eidéticas o articuladas en torno a un concepto claro, meridiano, que casi siempre se manifiesta con soltura y cala hondo en la subjetividad de los espectadores. Esta marcada oratoria es aparentemente paradójica, pues la muestra, si bien toma al silencio como referencia, busca en todo momento derrocar el vacío que provoca la ausencia de palabras, al tiempo que resalta la naturaleza metafórica y seductora del arte, así como la necesidad de visibilizar desde lo simbólico un amplio número de referentes muchas veces silenciados, aunque no silenciosos, que nos atañen de manera directa. A fin de cuentas, no existe el silencio sin las palabras, y viceversa.

En segundo término encontramos el interés por priorizar un proyecto curatorial de tesis que deviene acto creativo en sí mismo, ilustra una postura estética de los gestores y establece sinergias entre las diferentes piezas, las cuales se apoyan y complementan mutuamente, funcionando como un corpus visual sólido y coherente en estrecho diálogo con el espacio expositivo. Asimismo, la presencia de Duchamp y Abramović, que puede considerarse como un «valor agregado» al resultado final, permiten el contacto de los públicos con el trabajo de dos figuras cimeras del arte contemporáneo, y conectan la producción simbólica de los artistas locales con uno de los temas capitales en la historia de los símbolos, visto aquí, entre otras acepciones, como el caldo de cultivo ideal para gestar las prácticas artísticas, o como una barrera aparentemente infranqueable que intenta coartar los caminos de la verdad.

Hay silencios que hablan sin descanso. Hay silencios que aúllan, que emiten alaridos de advertencia, que nos recuerdan las cosas que fueron o anuncian algo de las que vendrán. Hay silencios verbales, elocuentes, rebeldes y contestatarios. No se puede tapar el Sol con un dedo, como mismo no borramos al grito cubriéndonos los oídos. El silencio de Duchamp así lo demuestra.

Maikel José Rodríguez Calviño

Maikel José Rodríguez Calviño

Narrador, crítico de arte y periodista. Ha dado a conocer un amplio número de reseñas, entrevistas y artículos sobre artes visuales, literatura y teatro en Noticias de Artecubano, Escambray, las revistas Artecubano, Palabra Nueva y Tablas y las revistas digitales La Jiribilla y Art OnCuba, etc. Tiene publicados varios libros de narrativa para niños y jóvenes. Actualmente se desempeña como editor del periódico Noticias de Artecubano.

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