Una montaña de tiempo perdido

/ 11 junio, 2018

Una tarde mientras revisaba Facebook para solucionar el tedio meridional, encuentro una publicación del estudio de Glenda León que mostraba la obra que recién había presentado la artista en la Bienal de Dakar. De manera súbita se activó mi curiosidad, fui seducido por algo muy poderoso. Su título es El tiempo perdido y consiste en una escena instalada en la que un pequeño reloj de arena se ha desbordado terriblemente, generando un desastre cuya forma total es un montículo, una montaña o una pirámide. La escala del conjunto interpela a la presencia del hombre y supera con creces a la del objeto que recrea. Estéticamente se sostiene en un canon donde el minimalismo y el arte povera funcionan como bases conceptuales a la hora de la selección de materiales y de la construcción propiamente dicha del objeto: monumentalidad, desafuero volumétrico, frugalidad, y una objetualidad inmanejable, son algunas de las características del aura singular que tiene esta obra. En resumidas cuentas, supone un fuerte impacto a nivel visual, señal de que sus contenidos han sido bien gestionados.

En el plano poético es el tiempo el centro de atención temático. La relación dramatúrgica entre el objeto reloj y la arena, ofrece imagen a la batalla librada por el hombre con el fin de apresar y dominar al tiempo: su fluir lento, natural, espontáneo, solo concerniente al cosmos –interpretado por el cúmulo de arena- no puede ser comprendido, traducido y controlado por la razón humana –cuya forma es el reloj. Así, el tiempo frente a la razón se ofrece como fuerza indetenible. El tiempo escapa de la lógica que hemos construido los hombres para representarlo, de esos dominios que le hemos adjudicado, de nuestras manos, de nuestro poder y de nuestra imaginación. Como fuerza indómita halla metáfora en la soberbia de una suerte de manantial seco, en un desierto.

Quedé conmovido de alguna manera. Quizás la causa de ello fuese la ingeniosidad de la metáfora construida por la artista, o las seductoras características estéticas de la obra, o sencillamente, la verdad que encontré en ella. De manera súbita me produjo una ansiedad terrible y mucho temor. Quise compartirla con dos personas especiales para mí. Entre cada una de ellas existe una diferencia de cincuenta años y una distancia física de más de quinientos kilómetros. La primera me dejó saber lo triste que le resultaba. Quizás aquel cúmulo de arena fuera para ella la más vívida imagen de la derrota de la vida por manos del tiempo. Quizás esta obra por un minuto condenara esas tan fuertes ganas de vivir que cada día ejercita.

A la otra persona le escribí inmediatamente y le envié las imágenes. Tampoco disfrutó de la escala de la obra, de sus texturas, de su presencia total en el espacio. Pero se mostró profundamente afectada y padeció de una melancolía insanable. Está lejos de sus padres, de sus amigos, de su patria, que tanto ama. En ellos, ha transcrito su concepto de tiempo perdido. Y sé lo que se siente: la vida corre a veces al margen de aquello que consideras más importante. Sufres no estar, no sentir, no saber. Sufres la paranoia de estar perdiendo a alguien o a algo, que ya hace mucho tiempo perdiste. Tu tiempo, es tuyo solamente. Lo construyes con decisiones, que al final resultan auto-sacrificios. La lejanía en la experiencia de esta persona le da en este caso un nuevo sentido a la obra. El tiempo, ya sea útil, perdido o invertido son conceptos subjetivos, y por ende, arbitrarios.

Por mi parte, padecí de una angustia tremenda. Aunque ya no vivamos en el Medioevo, muchas veces aplicamos la ley del tiempo invertido para una vida mejor, sin saber que ese tiempo que gastas, es la vida, y no otra cosa. Seguimos alimentándonos de la idea de la trascendencia, ya no sujeta a la vida después de la muerte, sino al ideal de una vida mejor en un futuro que no llega. Sentí la pérdida de tiempo como la experiencia más cercana a la muerte que tendré antes de morir.

A través de este ejercicio comprobé que una buena obra de arte contemporáneo es siempre el soporte de un vínculo emocional, sensorial al menos, entre los hombres. Algunos estudios afirman que al venir al mundo nacemos con tan refinada sensibilidad que podemos conectar con el resto de los seres humanos sin necesidad de que medie lenguaje alguno. Pero con los años, a medida que aprehendemos las reglas del conocimiento, la razón, y la cultura, sosegamos esta capacidad. La nombran empatía y la describen como una conexión emocional, a partir de la cual cada uno siente lo que el resto. Una de las funciones del arte es re-activar en nosotros esta capacidad cognitiva y ello nos suple de un marco de relaciones, una conexión con la totalidad que integramos, con el mundo.

La obra de Glenda León materializa y monumentaliza –no es gratuito que la forma del montículo de arena sea piramidal, no solo como continuación de la forma del reloj clavado en su cima, sino también como alusión a uno de los monumentos más representativos y enigmáticos de la historia de la civilización, las pirámides de Giza- el tiempo perdido y lo transforma no en un enunciado relativo a lo infértil, sino en un cuerpo indómito, titánico, cósmico. El tiempo no pesa, no se siente, y, sobre todo, no ocupa espacio, fuera de la mente humana, aunque todo en nuestro universo dependa de él. Es un soplo intangible, efímero. Y a pesar de no tener una imagen precisa, el hombre le ha construido un sistema recio, lo ha orientado a su conveniencia, le ha dado un cuerpo geométrico. Glenda ha desarmado la lógica y le ha devuelto su potencia al tiempo, convirtiendo el signo de sus sentidos: una levedad insoportable.

De manera general tiene múltiples lecturas esta obra. Todas ellas contienen una alerta, todas ellas tienen un tono apocalíptico. Pero si le damos una aplicación circunscrita a lo cotidiano su desafuero expresivo es terrible. Pensemos solamente en nuestra cotidianidad, en el estado actual de desarrollo de nuestra sociedad, y en las consecuencias de nuestras posturas y decisiones políticas en los últimos cien años. Es profundamente perturbador: la muerte, la guerra, la discriminación, la contaminación ambiental, el totalitarismo, el culto al dinero, la egolatría, la corrupción, el engaño, la economía de mercado, la idiotez. Glenda León ha construido un cuerpo de significados, en donde la humanidad y su patrimonio en tanto raza superior, alcanza imagen en un sórdido monumento.

Luis Enrique Padrón Pérez

Luis Enrique Padrón Pérez

(Matanzas, 1992). Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana (2016). Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros 2017. Subdirector Comercial de Galería Villa Manuela. Curador Asistente de Detrás del Muro

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