Flavio y los pecadores

/ 18 enero, 2019

There are some enterprises in wich a carefull disorderliness in the true method.

Capítulo 82; Moby Dick; Herman Melville.

La pintura de Flavio es puro cinismo. Juega a ser complaciente para deconstruir lo que complacencia, en todos sus niveles de agudeza, es. Aún cuando nos seduce descaradamente no busca nuestra aceptación. Por el contrario, se pronuncia como deconstrucción de la tolerancia humana, como exploración de nuestra capacidad para “resistir” y “aceptar”; hace de lo sensible un metatexto de lo permisible.

Es una pintura que, aunque resulte placentera por su alta calidad formal, se regocija siendo impasible, perversa, engañosa, despiadada. El goce en ella es un timo y a la vez un crimen. Primero nos pesca y luego nos implica: si viviésemos en una sociedad en la que el disfrute estuviera penalizado, estas conformarían el instrumento idóneo para que el poder dominante lograra la expiación de los más trastornados pecados en las almas comunes descarriadas.

Flavio es un maestro de choteo, como ya otros han avizorado; y su pintura, al cargar con todas las implicaciones anteriormente mencionadas, e insertar ideas como el miedo al comprometimiento, la falsa moral y el chovinismo, es signo edificatorio de nuestra desgajada identidad.

No es de extrañar que su más reciente presentación en La Habana lleve por título Otra vez/Otra Cosa. Está en plena madurez creativa y hace gala de ello con una procacidad sin par, que tiene como centro de atención principal la disputa entre las jerarquías artísticas, el poder y las fuerzas emergentes. Fenómeno que hemos dado en llamar conflicto generacional y que en Cuba está alcanzando cierta calentura.

Ahora la regla dominante entre los más jóvenes parece ser la diversidad, el salto constante entre el palo y la rumba, la búsqueda incansable de lo diferente, sin saber lo que eso implica o representa. Consecuentemente, todo lo que expida madurez, coherencia e impronta, debe ser juzgado con severidad. Es cierto que algunos “maestros” sufren de molicie y parecen no disponer de más estrategia que volver sobre sí mismos, vomitar sus glorias pasadas, (auto)flagelarse. Pero aún ello no es una regla dominante.

Por otra parte, la insustancialidad y el floreo no pueden constituir una pauta, a menos que guarden estrecha relación con la intención artística: el burro podrá haber tocado la flauta una vez, pero solo por eso no es flautista. Tenemos, por ejemplo, a Eduardo Ponjuán o a Lázaro Saavedra, que saltan de un formato a otro, de una resolución visual a otra, de una forma de materialidad a otra en plena madurez creativa. Porque la intensidad de sus discursos radica en lo discursivo propiamente dicho; porque en ellos existe cierta tendencia a desmaterializar el objeto arte y a empoderar al gesto como ademán creativo. Pero de salto en salto, se mantienen fieles a la lógica interna del discurso que con no pocos esfuerzos han construido.

Se hace valer en el arte contemporáneo aquel artista que sea capaz de construir formas lo suficientemente elocuentes como para colarse entre los variados e intensos flujos de comunicación existentes, y lograr la trascendencia de los mensajes que porta. El asunto ahora no es inventar cosas nuevas, sino inventariar las que ya tenemos y explotarlas a cabalidad; imaginarse un escenario fresco cada vez. Flavio así lo manifiesta.

Cuando recorremos las salas de la presente exhibición, si aguzamos nuestros sentidos, podremos percibir constantes alusiones a nuestras circunstancias actuales. Todo lo que obtendremos serán conjeturas, claro está. Pero uno presiente que, de alguna extraña manera, estas obras son fruto directo de nuestro tiempo. Tal nivel de ubicuidad se sostiene del rejuego entre los títulos de las obras, del tono que tiene el sarcasmo, de la vivacidad de la pintura. Es un no sé qué a nivel estructural cuya estirpe no logro distinguir: ¿será una referencia al supuesto mutismo adjudicado a la pureza de la pintura abstracta; o un rejuego con nuestras paranoias?

El conjunto presentado parece regirse por un orden un tanto caótico. Constantemente nos preguntamos cuan azarosa es la ejecutoria, aparentemente fortuita tras estas ensoñaciones pictóricas. La mano del artista es inclasificable, se presiente etérea y fugaz haciendo cabriolas sobre el lienzo.

Los dorados dominan profusamente por encima de todo matiz; no exactamente porque ostenten territorios más amplios en los dominios de la tela. Son invasivos: se mezclan y relucen en todo; centellean; son la luz. Los encontramos transfigurados en sombras; en sutiles lluvias, impulsos, eyaculaciones; en plácidas sabanas. Tan polisémico color es la base constitutiva de los otros; es la línea central del discurso: el oro es poder.

Una de las constantes en el trabajo de Flavio ha sido el regusto popular, el kitsch. Por eso la superficie del lienzo en estas nuevas obras, se muestra levemente cosificada, como tapiz, como tela, como cortina, como tejido. El decorativismo, macabro, se pone en función de la idea, ahora de una manera más disuelta, menos estridente, más armoniosa; solapada. Uno pudiera pensar que su razón de ser en la representación es ofrecer signo denunciatorio a una sociedad esencialmente complaciente. Pero se me antoja que el kitsch aquí tiene la orientación de expresar el carácter morboso, lascivo, contagioso y mundano del poder. El hombre, su historia de (auto)superación, contempla una constante lucha por la autoridad plena. Nada de bajas o altas pasiones, nada de amor, nada de gracia; en lo humano el sentimiento más excelso y legítimo es la ansiedad por prevalecer, indivisible, por encima de otros.

Entre los dorados algunos tonos pocos usuales se muestran: verde claro, violeta, amarillo, algún que otro gris, rosado pálido. Tienen en su mayoría tonalidades gráciles. Casi pudiéramos decir que se trata de colores pasteles. Son matices un tanto dulces, un tanto ácidos; refulgentes, especialmente luminosos. En la armonía conseguida, a la que se suma la caricia de los dorados, la luz se explaya de una manera muy peculiar: no hablo de belleza o hedonismo, es pura lascivia visual, escarceo, lubricidad, impudicia, voluptuosidad. Lo cual tributa al sentido antedicho, pero además, le da un valor frontal a la tropicalidad, tratada de manera subrepticia en otras confabulaciones del artista: entre tanta fluidez, los matices se organizan -sobre todo en las acuarelas- como si se tratara de vitrales. La textura de la pintura es siempre plana, profundamente brillosa, refulgente, cristalina. Quizás sea solo un capricho personal hacer de Flavio un sacerdote de la tradición pictórica cubana más excelsa, pero presiento a Amelia, a Portocarrero y a Mariano fluyendo tranquilamente entre las estructuras que sostienen sus telas.

Me queda claro que este gigante de la pintura cubana no sabe repetirse; no es algo digno o propio de él. Otra vez siempre será otra cosa, porque sabe bien cómo controlar sus impulsos y hacer del arte una manera de influir sobre los demás.

Algunos pudieran juzgarle pecar de sectarismo, de amaneramiento quizás, porque ahora decidió exponer en El Apartamento y no en otro sitio. Quizás no comprendan que esa decisión es un gesto consecuente, una actitud reveladora que saca a la luz problemáticas clave en nuestro presente cultural. Me refiero a la relación entre las galerías privadas y las estatales, síntomas de la crisis de cierto concepto de “institución arte”. Flavio Garciandía es nómina del Apartamento y en la lógica de toda galería, cerrar el año por todo lo alto –en pleno auge de la semana de arte en Miami con Art Basel a la cabeza de toda la promoción y en el mejor momento de ventas – es un principio elemental. Detrás de esa estrategia no imperan solo intereses comerciales, como muchos han de pensar. Es una acción promocional válida: El Apartamento se prestigia con presentar a Flavio en sus salas. Y Flavio, por su parte, se construye para sí mismo, un artilugio de “institución arte”. Porque Flavio es la “institución arte” en este punto y nivel. El maestro ha sido firme a los principios de su obra. Al Cesar lo que es del Cesar.

No debemos olvidar que su estilo es consonante con el nivel de conciencia de una cultura agotada, la nuestra. Lo que pudiéramos identificar como falta de comprometimiento no es otra cosa que una manera de centrar la atención en todas las formas habidas y por haber del consumismo contemporáneo, casi todas latentes hoy alrededor de la cultura cubana a pesar del socialismo.

Pienso que su estrategia, sin llegar a excesos, guarda cierta relación con la actitud de polémicos artistas como Jeff Koons y Damien Hirst. Están embebidos de la lógica de choque dadaísta, de la noción de escándalo de los surrealistas, del cinismo del Pop Art. Por el poder de la acción creativa, por la desfachatez de su postura, se insertan en el contexto artístico y lo desdoblan, erigiéndose ellos mismos en incuestionable objeto de valor, en alternativas al poder institucional, a la autoridad del arte propiamente dicho. Así trascienden lo que el arte en concepto, activo para cada momento y lugar, es.

Quede claro que no hay recurso gratuito en manos de este artista. Por eso advierto: tenga cuidado; no peque de inocente entre tan alborotadas telas; no sea que forme parte del terrible juego de falsos encubrimientos que en ellas acontece.

Luis Enrique Padrón Pérez

Luis Enrique Padrón Pérez

(Matanzas, 1992). Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana (2016). Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros 2017. Subdirector Comercial de Galería Villa Manuela. Curador Asistente de Detrás del Muro

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