Una visita antológica

(O todo lo contrario)

/ 23 enero, 2015

Asistir a una muestra antológica puede “afectar” de diversas maneras al espectador. Un buen estudio de público despejaría cualquier especulación al respecto. Pero a falta de tiempo y usando la experiencia como herramienta esencial, me atrevo a decir que este tipo de exposiciones emite tres criterios casi invariables. Considerar esas respuestas, ayudaría a reformular esas fatídicas “primeras impresiones” que casi siempre adjetivan un resultado mucho más complejo del que se cree haber percibido. La visita antológica a la obra del artista cubano Flavio Garciandía es un buen motivo para constatar esta afirmación. Ni a favor ni en contra, ni juez ni parte, quisiera referirla, únicamente, a raíz de esas posibles reacciones.

Revelación del neófito.Una exposición como esta simboliza, de antemano, el rescate de ese “patrimonio intangible” que respira fuera de la Isla. Volver sobre un creador de referencia obligatoria para el arte contemporáneo cubano, se adviene como especie de regalo a aquellos noveles involucrados con el medio. Siempre resulta un estímulo al ejercicio intelectual poder completar, con este tipo de exhibiciones, la parvedad del ejercicio académico. Quisiera ser Wifredo Lam… (pero no se va a poder) revela un extenso trayecto con piezas producidas entre 1973 –año en que finaliza sus estudios en la Escuela Nacional de Arte (ENA)– y noviembre de 2014, desde su taller en Ciudad de México ; siendo un referente, además, por su magisterio ejercido en el Instituto Superior de Arte (ISA) durante la década del ochenta. Por ello, para el estudiante, para el discípulo, Flavio encarna el papel de la tradición, del gran artista, renovado y encontinua producción. Para este público la muestra fue una experiencia instructiva.
Añoranza del coetáneo.Una exposición como esta incide en el estado de ánimo de aquellas personas que, de una forma u otra, poseen un vínculo afectivo con: el artista, la obra o el contexto originario de la misma. En este caso, el recorrido no es revelador, ni ilustrativo, sino conmovedor, memorable, sólo eso. La visita se torna entonces especial viaje a un pasado petrificado en cada pieza. Para este espectador, la curaduría, no sólo rescató obras olvidadas por el desmembramiento o la pérdida de sus partes (Pórtico, 1989. Col. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales CDAV), o por lo efímero de su carácter performático (Auge o decadencia del arte Cubano.Museo Nacional de Bellas Artes. Bienal de La Habana, 2006), sino también atmósferas contenidas en exposiciones legendarias (Tropicalia II, CDAV, 1991).Con ojos llorosos, varios deambularon por las galerías del Centro, aquella noche de la inauguración. Para este público la muestra fue una experiencia emotiva.
Decepción del entendido.Una exposición como esta demanda un riguroso trabajo de investigación que logre condensar, en la frialdad del white cube, producción tan prolífica y diversa. Para muchos, no basta el simple homenaje. Reclaman una presentación impecable que, sin saturar al receptor, consiga ilustrar concretamente el recorrido del artista. Pero toda selección es sentenciosa, al pasar inevitablemente por la subjetividad del pensamiento humano. El reto se halla en hacer coincidir historiografía y criterios personales, he ahí el valor de una buena curaduría. Por otro lado, se ha de jugar con aquellas imágenes ya legitimadas e incorporadas a nuestro horizonte de referencias, a fin de no trasplantar conceptos ni desbordar espacios. Descolgar piezas archiconocidas del Museo Nacional de Bellas Artes para ubicarlas en otro contexto expositivo exteriorizó tal conflicto, casi resuelto al hacerlas dialogar con otras que subsistían en colecciones privadas o empolvadas en los almacenes del propio museo. El desencanto de buena parte de la crítica estuvo en la concepción de la sala dedicada a la más reciente producción de Flavio. Muchos percibieron una obra que no llegaba a los raseros de trabajos anteriores, al sentir un cubículo austero, inerte, casi divorciado con el resto de la muestra. Para este público la exposición fue una experiencia contradictoria.
Al permitirnos este tipo de análisis, valoramos otros matices del acto perceptivo; lo cual nos remite a creer que para muchos, es esta una atinada reflexión sobre la trayectoria artística de Flavio Garciandía. Quizás no tanto para quienes buscan en otras direcciones, no menos certeras. A fin de cuentas, en cuestiones de arte pocas verdades –sino ninguna–son absolutas. Esto Flavio lo sabe, de hecho, constituye la base de sus Declaraciones (2000-2014) artísticas. Por ello, se ha de ver en esta exposición un instante de lirismo, epopeya y ditirambo (o quizás todo lo contrario).

 

Loliett Marrero Delachaux

Loliett Marrero Delachaux

La Habana, 1990. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde 2013 labora como especialista en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Ha publicado artículos sobre arte cubano y latinoamericano en las revistas Arteamérica, El Caimán Barbudo, Extramuros y el Boletín Ojeada que emite el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam.

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