Fernando Reyna y La tierra del nunca jamás

/ 25 enero, 2019

Varios jóvenes artistas cubanos han recurrido al tema de la historia de Cuba, pero tratada desde una relectura o reinterpretación de acontecimientos, a través de hallazgos o postulaciones no académicas o de la revelación de aristas poco atendidas. Ahondar en algunos pasajes, dotarlos además de una carga emotiva, autorreferencial a veces y por lo general comprometida, ya no con el pasado, sino con el presente y el futuro, es uno de los aciertos del artista Fernando Reyna Escalona cuando aborda problemas desde esta perspectiva histórica, como la emigración de la intelectualidad cubana o las tensiones entre el poder y la cultura.

En esta ocasión Fernando Reyna nos propuso La tierra del nunca jamás, exposición que contó con la sabiduría curatorial de Meira Marrero y que se exhibió entre diciembre de 2018 y enero de 2019 en Galería Habana.

Tras una museografía depurada y una orgánica relación lograda por el artista desde el proceso creativo entre el espacio y las piezas, todas del año 2018, su siempre ostensible laboriosidad, así como el impecable montaje que caracteriza a las muestras de este artista, el impacto emotivo del episodio que narra, la llamada “Operación Peter Pan”, supera cualquier valoración estética.

Reyna convoca a la reflexión y al aprendizaje sobre el trauma que significa el despojo de la identidad, la separación violenta de padres e hijos, con una emotividad más aguzada toda vez que incorpora su reciente vivencia como padre, para entender con mayor profundidad lo trágico de aquella experiencia, que si tuvo como analogía la fantasía del cuento infantil de Peter Pan en la Tierra del Nunca Jamás, remite a la cruda realidad que vivieron 14 048 niños cubanos cuando fueron desarraigados de su familia, sus amigos, su patria, su cultura, entre 1960 y 1962, víctimas de una falaz propaganda (gestada por la CIA con otros colaboradores) que proclamaba la pérdida en Cuba del derecho a la patria potestad, estremecedora cifra que nos recuerda el artista en una de sus instalaciones, Lesson of Cat for Hare (400 x 70 cm), que trastoca el juego original a través de 54 culeros desechables con rostros de animales, pintados en acuarela por el artista, con sus nombres en español y en inglés.

Desde la entrada a la galería comienza este contrapunteo simbólico: Deja vu (80 x 100 cm), una alfombra de terracota que no nos recibe, sino que nos despide con su rótulo “Goodbye”, y que el visitante pisó hasta fragmentarla; Sacrificio, donde el artista otra vez emplea la fragilidad del barro para sugerir en esta instalación una relación dolorosa entre un niño (125 cm) que intenta levantar sus brazos, delante de una cruz de madera de 170 cm de alto; y Neverland (400 x 70 cm), instalación que bien puede simular un anuncio comercial por su estructura de acrílico transparente que exhibe una colorida combinación lograda por el artista con culeros desechables y juguetes usados embutidos en el interior de cada letra, atractiva pieza cuya pulcra esteticidad establece un tremendo contraste con su mensaje sobrecogedor: todo fue una trampa: los niños quedaron atrapados en la Tierra del Nunca Jamás.

Los dos conjuntos exhibidos de la serie Waiver (renuncia, en español) están trabajados con excremento de niño (del propio hijo del artista) sobre lienzo, gesto que implica una reafirmación del lazo filial: el primero, una reproducción a gran escala de la planilla que empleaba el Catholic Welfare Bureau radicado en Miami, para que los padres dieran su consentimiento al viaje en solitario de sus hijos hacia ese otro país, se contrasta con una planilla del Ministerio del Trabajo cubano utilizada para el servicio de círculos infantiles (220 x 165 cm), y el conjunto de tres lienzos superpuestos (200 x 165 cm) donde hace referencia a la cruel manipulación que se hizo entonces de la figura de José Martí (recordemos que él también sufrió duramente la separación de su hijo) para apoyar la propaganda devastadora.

Elipsis advierte que el peligro no ha pasado: en fecha relativamente reciente el pueblo de Cuba reclamaba la devolución del niño Elián, víctima salvada, y Fernando nos lo recuerda a través de la reproducción de una de las pancartas empleadas en la demanda popular en la que reproduce en óleo sobre lienzo uno de aquellos afiches, junto a otra que crea a partir de una imagen de Ana Mendieta -realizada por la propia artista-, a quien Fernando dedica su exposición, una Peter Pan, víctima perdida, pues a pesar de haber encontrado un camino en el arte no logró rebasar la dura experiencia; precisamente, una de sus declaraciones es reproducida por el artista en una pared de la galería: “No existe un pasado original que deba redimir: existe el vacío, la orfandad, la tierra sin bautizo de los inicios, el tiempo que nos observa desde el interior de la tierra. Existe por encima de todo, la búsqueda del origen”. Apegado a la documentación de sus piezas, junto a cada pancarta, el artista expone las respectivas biografías impresas en PVC.

El vínculo indisoluble con la “madre tierra bendita” recibe en esta muestra un tratamiento simbólico a través de Radio Swan (50 x 40 x 33 cm), una caja hecha con tierra de Cuba donde brota la hierba en su superficie mientras que desde sus entrañas emerge la voz de la madre leyendo al hijo fragmentos e historias de La edad de oro, publicación dedicada por Martí a los niños de Nuestra América, imagen de telúrica ternura con la que sustituye la propaganda infame emitida por aquella radio para promover la operación; también con Motherland (250 x 140  cm), fotografía sobre vinilo que registra una experiencia intervencionista de land art a gran escala realizada por el artista ahuecando en la tierra la palabra PATRIA.

La exposición cierra con una extensa pieza cuya silueta semeja uno de los aviones empleados en la operación para el traslado de los niños. Peter Pan Am, contiene un conjunto de 14 cuadros de conmovedores rostros y escenas de aquellos pequeños desamparados, dibujados sobre tela con tierra de Cuba, recurso con el que logra, por su textura y pigmentación, esa cualidad de foto antigua extraída de las publicaciones periódicas de la época, concebidas para ese gran formato.

En esta muestra, Reyna exhibe sus dotes de dibujante, su proclividad hacia la investigación histórica con el empleo de la documentación original, su gusto por el gran formato, su capacidad para incorporar técnicas y recursos expresivos diversos, el valor comunicativo que logra con materiales naturales para realizar sus piezas, otras veces ha sido el tabaco, ahora la tierra y el excremento, pero siempre con una lógica poética que ahonda en su expresividad, su construcción alegórica y su propuesta reflexiva.

Conmovedora y retadora, con exquisito valor artístico y profundidad simbólica: así fue esta exposición que nos hizo recordar historias, como la de aquella niña de 9 años que enterró en su jardín una bandera cubana, como un resguardo para regresar y recuperarla… pero nunca jamás regresó. Sin embargo, el artista trasciende la anécdota y nos habla en positivo de los vínculos indestructibles, de la defensa del valor propio, de lo afectivo, del sentido de pertenencia, de la conciencia de ser y del auto-reconocimiento identitario.

Con esta exposición se ratifica que Fernando Reyna es un joven artista a quien hay que seguir de cerca.

Hortensia Peramo Cabrera

Hortensia Peramo Cabrera

Historiadora del arte, crítica y curadora, Dra. en Ciencias del arte, Profesora Titular-consultante de la Universidad de las Artes (ISA), autora de libros como La Escuela Nacional de Arte y la plástica cubana contemporánea (Premio de investigación cultural 2000 del Centro Juan Marinello y Premio de Crítica social 2001 de la Academia de Ciencias y el Instituto Cubano del Libro), y de varios ensayos destinados a problemas de la estética, del arte y de su enseñanza.

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