Estamos absolutamente solos

/ 17 febrero, 2015

El viernes 31 del pasado mes se presentó en Estudio 458 los proyectos ganadores de la convocatoria-obra Enlace Compartido, de Nestor Siré. Semanas anteriores por este misma publicación habíamos conocido la noticia que el jurado elegido por los participantes, integrado por Elvia Rosa Castro, Pavel Alejandro Barrios, Magaly Espinosa, Eduardo Ponjuán y Jorge Fernández, habían premiado las obras Antihéroe, de Adonis Ferro y Mi familia llama desde 15512 SW 39 St. Miami Fl33185 (U.S.A.), de Yonlay Cabrera.

No fue el espacio de exposición el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, cenáculo del arte institucionalizado y gestor del 6to Salón de Arte Contemporáneo Cubano, sino la galería-taller de Adonis Ferro, denominada Estudio 458. En la fundamentación conceptual de su obra, Ferro se oponía a mostrar una documentación de su propuesta en el CDAV y con gesto cínico tramaba el lanzamiento de su propio estudio y colarse en el 6to Salón. De hecho, Ferro se apropia del carácter disconforme e inclusivista de Siré, así como de su objetivo de llegar a nuevos públicos y nuevos espacios sociales en pos ensanchar el alcance, divulgación y circulación de un proyecto artístico. Para ello retoma el modelo de selección y promoción del proyecto de Enlace Compartido, incluso, su sistema de colaboración, lo que parece dar cerrazón perfecta a un gesto que en todo momento fue provocador y a contracorriente.

No es la intención de Adonis salvar, sin embargo da el salve a un segundo ganador en tanto era conveniente contar con una obra que se concretara en el espacio, capaz de ganar en presencia, mientras el héroe apóstata, despejada cualquier discusión sobre su motivación o moralidad, se agazapaba tras el puesto cedido. Yonlay Cabrera sin bravuconerías ocupó el espacio de Estudio 458, con una muestra económica pero contundente y bien instalada.

En la primera salita hallamos el intercambio de correos electrónicos entre el autor y su madre, Nilda Quindemil. Constituye no solo una documentación del suceso, en las que detectamos además chispazos de la vida personal del artista, sino también, y sobre todo, un exponente del proceso de trabajo que insufla unidad y conduce a la pieza central. En la segunda salita estaba su celular sobre un pedestal cuya vibración sonora transmitió un calor ambiental en el que fue evidente la implicación y el compromiso de los colaboradores: su familia. En intervalos de 5 minutos aproximadamente el móvil ardió y aunque el espectáculo de la inauguración era ensordecedor, la repetición insólita de un mismo sonido llegó a ser detectada hasta por los oídos menos agudos. Fue el fondo musical propicio para una ocasión incapaz de ser olvidada por Yonlay Cabrera, como suelen ser las veces inaugurales de algo: su primera exposición individual en La Habana.

Mientras el sonido retumbó, cada uno de los presentes estuvo conectado con una familia al otro del auricular, una resonancia que también era un recordatorio de la permanencia de los afectos, de compromiso total, de implicación y del dramatismo que impone las distancias. Cerca de las 11:00 pm., cuando cesó el sonido, sobrevino un vació inmenso. Ahora sí estamos absolutamente solos.

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