Elogio del marabú

(Adonis Ferro: La espina del diablo)

/ 4 agosto, 2015

La galería Servando recibe desde el 11 de julio al 11 de agosto, a quienes se interesen por acoplar su energía mental a un rito de conciliación dedicado al marabú cubano. Lejos de ser la planta demoniaca que inunda los campos de la Isla, proliferando a mansalva, sin oficio ni beneficio, el marabú está revelando su potencial socioeconómico a la mirada científica, que ahora ha sabido leer sus propiedades diversas, y ha comenzado a explotarlo en bien de la economía del país.

La espina del diablo, nombre con el que también se conoce al marabú, es (fue) la performance propuesta por Adonis Ferro, mediante la cual se ejecutó un rito conciliatorio: seis entidades astrales materializadas en sendos cuerpos humanos, y sujetas a la numerología propiciatoria, celebraron un conciliábulo destinado a poner un signo de paz entre el hombre y la planta, entre naturaleza y sociedad. Un viejo conflicto se resuelve mediante procedimientos armónicos, que no expresan una violencia iracunda, una rabia descontrolada y patética, sino una profunda comprensión del otro (ente vivo, natural), principio manifiesto de una voluntad que escapa al control represivo humano. El crecimiento y la expansión del arbusto no deben ser interpretados como un acto de invasión perpetrado por odiosas fuerzas naturales, basta con hallar la utilidad de esa virtud de crecer ad infinitum, y aprovechar la energía que la alimenta reencauzándola con sobria inteligencia. La fecundidad de la planta puede engendrar fecundidad de beneficios en la sociedad. Lo semejante produce lo semejante es el principio rector de la magia homeopática, y de la homeopatía como práctica secular.

Tan importante es la performance, ahora registrada en soporte videográfico, como el texto que la acompaña: la explicación “científica” y la dimensión poética. La primera, no porque le otorgue legitimidad a la segunda, sino porque arroja luz en el propósito que subyace en la performance, y porque ayuda a conectar la voluntad del sujeto con la atmósfera que los objetos imprimen al espacio galerístico, rebasando el aura artística en su más ortodoxo pronunciamiento.

De hecho, la dimensión poética constituye una oportunidad para acercarse a las proposiciones de un paradigma estético más centrado en lo espiritual que en el intercambio conceptual. Lo que digo es que la experiencia sensible que se deriva de una semejante performance, puede ser asumida, vivida, cohabitada desde cualquier universo espiritual que estime el receptor. Para mí, pudo haber estado relativamente cerca de lo que el arte tradicional de la India denomina rasa, o sea, una forma de interacción entre lo que ocurre en la escena del teatro de la India, donde música, poesía, y danza suelen ir de una sola pieza, y la respuesta del espectador entrenado en la decodificación del hecho artístico. Bajo esas circunstancias se produce un éxtasis estético-místico-espiritual que implica por igual al público y al artista, y encarna metafóricamente estados espirituales que pueden ir de lo erótico a la repulsión, de la furia a la paz. En este caso, para reivindicar la espina del diablo, apostaría por una situación de gozo contemplativo que trasceinde la experiencia mística, al preservar el diálogo entre la representación escénica y la realidad aludida y reconfigurda.

Según las palabras del antropólogo británico James Frazer: “Desde los tiempos más primitivos, los hombres se han empeñado en buscar leyes generales para controlar el orden de los fenómenos naturales en su propio beneficio. En esta larga búsqueda descubrieron numerosos axiomas, algunos de oro y otros pura escoria. Los verdaderos o reglas de oro, constituyen el corpus de la ciencia aplicada que nosotros llamamos artes, los otros, las reglas falsas, son la magia.” De ahí considera Frazer que la praxis mágica es seudoarte, con lo cual no estoy ni medianamente de acuerdo. Invirtiendo el teorema, para mí la praxis artística que toma como referente la magia, no deviene seudo arte, porque no existe el seudo sentimiento artístico, ni la seudo impresión, ni el seudo gusto. No toda experiencia estética vivida puede ser nombrada, descrita, explicada. Mucho menos extirpada. Si es tan fuerte el aliento con que el artista la hizo manifestarse, será imperecedera como el propio marabú.

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