Ellas saben que las miran

/ 1 mayo, 2016

Las mujeres son el universo preferido de Gustavo César Echevarría Estrada (Cuty Ragazzone). La satisfacción de mirarlas, regodearse en las sensaciones de su carne en lo pictórico y lo personal ha sido un rasgo continuado de su arte. Ellas miran directamente o de reojo al espectador, demandan su mirada.  En ellas, curiosamente, aflora el historiador de arte que es Cuty porque ha de intuirse detrás de su creación todo un ensayo de fondo acerca del poder seductor de la naturaleza del arte, tan antiguo y tan infinito como el tiempo humano. Coincidentemente, en el encanto femenino aparecen las cualidades seductoras del buen arte: no puede evitar que lo miren. De ese modo se intersecan en analogía y se prestan mutuamente en su pintura propiedades de los comportamientos sensoriales del ser del arte y del gozo visual cotidiano. La atracción femenina en este artista no es solo complacencia de los sentidos sino una ontología del arte. Son un afirmado objeto de reflexión artística. ¡Qué digo artística! Las mujeres en Cuty constituyen una estética, un campo unificado de formas y reflexiones sobre el arte. ¡No solo del arte, de la existencia misma! Menudo ejercicio de elocuencia donde algunos solo verían apenas erótica no disimulada, picante, incluso.

No ha de reducirse nunca su pintura a un tratamiento erótico. Tampoco hay que abochornarse por eso. Es sorprendente cómo sabe hacer confluir el despliegue de las formas expresivas con las intencionalidades de sentido. No tienen rubor las satisfechas mujeres en sus pinturas porque van mucho más allá de esas deslumbrantes presunciones del sexo. Ellas se exhiben en su desnudez porque no encubren nada, no tienen por qué hacerlo. Se bastan a sí mismas. Es porque ellas en su honestidad no pretenden encubrir nada de su cuerpo ni de sus pretensiones. Cosa que sí hace mucha gente en la hipocresía de los comportamientos en todas las esferas de la vida.

Como Cuty acostumbra ser despiadadamente punzante en sus obras, ha llamado traslaticiamente y de una manera maliciosa Solo miembros a su reciente exposición en la galería Collage Habana, aludiendo a estar dirigida a un consumo reservado, porque el arte –su arte– no es para consumo público general para no ser interpretado de manera arbitraria y equívocamente prejuiciada. Es solo o ante todo para aquellos que sepan enjuiciarlo acertadamente en su verdadera dimensión. Así, una desafiante pieza de esta muestra titulada La fortaleza de los principios (2016), mostrada paradigmáticamente en la portada del catálogo, emplaza una declaratoria de principios respecto al alcance de la exposición, a través de un diálogo imaginario entre la seductora mujer en su provocadora e insinuante desnudez que mira fijamente a la emblemática figura monumentaria de Lenin.

Ella es una cautivadora presencia real, un cuerpo ardiente, vital, eternamente deseado. Él es historia, pasado, ideas, memoria, frialdad marmórea o de bronce, donde antes hubo una extraordinaria, ferviente y real agitación de fuego convulso y arrastre de muchos, seducidos por luchar por un mundo mejor. Ella es un eterno presente, seduciendo siempre a los hombres, ejerciendo persistentemente un poder irresistible e inagotable sobre ellos. Él ha dejado de ser un sujeto impulsor, o lo será si de nuevo, de retomarse, es sacudido, barrido temporalmente.  Aun en su validez ética ha pasado a ser historia. Sus ecos quedan, pero no tienen la fuerza y vitalidad de los pasados años. Ella por el contrario es materia, carne, sexo, plena actualidad, sensualidad desbordada, la posibilidad de procreación, de fecunda continuidad, garantía de brindar una satisfacción asegurada de manera permanente. Él es ideología, atrayente un tiempo, dormida o estéril si no tiene quiénes de nuevo le sigan denodadamente a causa de los sorprendentes vaivenes de las fuerzas movilizadoras de la historia. A los dos sin embargo los aproxima la complacencia en la entrega sin límites a los demás, pero con el signo diferente. En él es la renuncia a los placeres, la consagración en aras del agrado en la realización de las ideas que lo mueven en esforzado sacrificio y entrega desinteresada. En ella el sacrificio no es su signo, sino la entrega al disfrute pleno de las sensorialidades del cuerpo de una manera gozosamente carnal, personal.

Aparecen enfrentados ambos en una lidia de dos filosofías radicalmente diferentes. Son dos maneras de ver el mundo. Dos modos de construir y significar el universo de la sociedad. Es la confrontación de un lado entre las capacidades de convocatoria de los hombres por la fuerza atractiva de la materia, de lo sensorial con toda la potencia detrás de las filosofías exaltadoras de lo sensorio como vía del conocimiento y de acción en lo real. Del otro lado es el poder movilizador del espíritu, de las diversas tendencias aparecidas que ponderan los valores ideales como motores en el alcance de beneficios generales preferentemente para todos. Representan el desafío entre una sociedad encarnada en las satisfacciones personales y otra asentada en el valor de las ideas, en la proclama de un carácter austero de satisfacciones de las necesidades sociales.

Las mujeres de Cuty saben, sin duda alguna, que las miran. Ese es su poder, su fuerza arrogante. Y no hay quien se lo arrebate. El arte legítimo sabe igualmente que esos dones del poder de la mirada complacida también le acompañan y le afirman. Esa correlación significativa es un sello calificador de este artista. Esa es una sabia lección que nos ofrece en su comprensión abarcadora del arte. No solo para el arte, también la afirmación de una manera más desinhibida sin frenos artificiosos es determinante para conquistar la felicidad gratificante de la vida.

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