El objeto y la imagen I

(Esto tampoco es una silla)

/ 9 mayo, 2017

La exposición El objeto y la imagen (esto tampoco es una silla), curada por el Colectivo Aluna (Adriana Herrera y Willy Castellanos) en Concrete Space Projects de la ciudad del Doral, reúne las prácticas de 22 artistas de Latinoamérica y España que dialogan con la experiencia conceptual que cuestionó los límites de la representación y del paradigma formalista de la fotografía, desplazando el papel del autor y el valor de lo fotográfico hacia nuevas dimensiones estéticas. El nombre de la exhibición parafrasea el título del libro Las palabras y las cosas de Michel Foucault, quien a su vez lo tomó de una exhibición de Magritte, y replantea desde múltiples perspectivas las tensiones entre el objeto y su imagen en el arte contemporáneo, mostrando las imágenes resultantes junto con objetos que fueron clave en su construcción.

“Los objetos tangiblemente visibles ocultan otra cosa visible” escribió Rene Magritte a Foucault después de leer su libro. En El objeto y la imagen (esto tampoco es una silla), participan artistas cuyas experiencias transitan entre la realidad y su representación fotográfica. Ellos han aceptado el desafío de exponer el artefacto (“la cosa”- que origina la imagen), no solamente para hacer explícita la referencialidad, sino para proponer un recorrido al espectador por esa zona que no es ni el objeto ni su imagen, sino la operación mental que transforma al artefacto (en Latín, “aquello hecho con arte”) en un campo minado que cuestiona en múltiples modos la condición estable del orden de la cosas y la realidad circundante.

El trabajo investigativo del Colectivo curatorial Aluna incluyó la recuperación y puesta en diálogo de un notable grupo de obras de arte cubano –varias de las cuales son históricamente relevantes por su carácter pionero-, que incorporan documentaciones, experiencias y objetos surgidos o correlacionados con el ejercicio de la deriva y/o del performance, en un rango que abarca desde ciertos registros del arte efímero hasta la pre-construcción de un artefacto significativo –un alter-objeto-, capaz de portar las marcas de la ideología autoral.

 Equipo de creación colectiva Hexágono: tres décadas después.

Uno de los logros de la exposición es haber reactivado y puesto en escena después de tres décadas parte de la documentación fotográfica y una de las instalaciones del Equipo de Creación Colectiva Hexágono (La Habana, 1982-1985). La exhibición permitió volver a ver la icónica obra Piedra 1 (1983), una instalación originalmente compuesta por 16 módulos cuadrados de madera, dispuestos sobre el piso y conformados por gravilla gruesa agrupada a modo de triángulo en diagonal (el objeto material), y por el registro fotográfico de las piedras (la imagen), recortado exactamente en la misma proporción. De esta manera y a diferencia de otras obras expuestas en sala, la imagen se incorpora al objeto mismo en una sola pieza, planteando la famosa paradoja que Borges establece entre el mapa y el territorio cuando ambos tienen idénticas dimensiones. La fotografía duplica cual espejo a la materia, dificultando la distinción entre una y otra, o activando ese juego de ilusiones que media entre la realidad y su representación fotográfica.

Piedra 1 formó parte de una exposición celebrada en 1983 en Galería Habana, y titulada como el colectivo mismo. Su realización en 2017 propició no solo la reunificación momentánea del grupo -quien se ha propuesto estudiar y rescatar la documentación de los trabajos realizados hace tres décadas-, sino la posibilidad de revisitar desde la distancia de los años ciertos archivos menos divulgados del arte cubano de la década prodigiosa de los 80s, a través de una obra clave del primer grupo de creación realmente colectiva en una década donde surgirían no pocas experiencias grupales.

Al igual que otras instalaciones de Hexágono, Piedra 1 tiene como antecedente la tradición del arte de la tierra que introdujo la posibilidad de intervenciones conceptuales en el paisaje exterior, y que eventualmente, retransportó su locus del espacio del mundo natural al de las galerías y los museos en un modo singular de retorno a las mismas instituciones que había desafiado con su práctica. Ciertamente, esta obra puede compararse con otras experiencias como Gravel Mirror with Cracks and Dust (1968) de Robert Smithson: comparte, por sus materiales, la cercanía con el minimalismo, mientras el espíritu de su creación evoca paralelamente la visión de Richard Long sobre la naturaleza de un arte que surgía de “la movilidad, la levedad y la libertad”, y que involucraba también un conjunto de “actos creativos tan simples como caminar y marcar”. Pero a esta libertad inherente a las piezas icónicas del movimiento, los miembros de Hexágono (Consuelo Castañeda, Humberto Castro, Sebastián Elizondo, Abigail García Fayat, María Elena Morera y Antonio Eligio “Tonel” Fernández), le sumaron el producto de un trabajo colectivo único e independiente de las indagaciones personales de cada uno: un trabajo surgido de una lúdica singular, capaz de fusionar un alto rigor conceptual y una conciencia intelectiva del medio fotográfico y sus procedimientos seminales, con una oportuna apertura al azar y a la improvisación surgidas en medio del viaje, en la elección del paisaje y en los elementos empleados para la intervención.

Si en las intervenciones realizadas en el paisaje natural la cámara es usada como herramienta en el registro de la “huella” – o “de la ausencia como presencia” al decir de Víctor Burgin-, en las instalaciones diseñadas para interiores, son los procesos fundacionales de la fotografía los que aparecen transformados por el colectivo en métodos para la creación, en técnicas de “Trompe L’oeil” y en metáforas sobre la reproductibilidad como condición inherente al arte y sus procesos ilusorios. Ciertas piezas como la misma Piedra 1 o Cascada por ejemplo –todas ellas presentes en la exposición de 1983-, actúan desde el supuesto de la imagen especular, o desde una transición parecida a la que ocurre en el proceso negativo-positivo de la imagen fotográfica. Otras como Tierra, se reconstruyen en relaciones inversas –y no menos fotográficas- de sus volúmenes: el espacio de tierra que se oculta en un plano, termina duplicándose en otro como bajo el efecto de una imagen invertida, de un negativo.

Tanto en las intervenciones en el paisaje como en las instalaciones para interiores, Hexágono retomó el ejercicio geométrico y compositivo con los materiales de la tierra y su fotografía, basada en el juego de asociaciones con las formas elementales, los sólidos platónicos. Como precisa la historiadora de arte Paulina Sztabińska, los artistas de la tierra liberaron las formas geométricas de sus estereotipos y sus asociaciones culturales. Estas adquirieron “sentidos nuevos y sin precedentes, aludiendo a la entropía, la descomposición, la transciencia y la procesualidad”. Más allá de la universalidad de las formas euclidianas -precisa Sztabińska-, estas podían ser asociadas con cuanto es individual y cambiante. La geometría revela sus poderes descriptivos y puede asociarse no solo con los procesos y el movimiento, sino con “una ilimitada sensación de libertad del espacio, el tiempo, la materia y la expresión artística”.

Unidos como colectivo por la coyuntura de un premio artístico que los reunió en el turístico valle de Viñales en 1982, estos seis jóvenes realizaron en poco menos de dos años (si se considera que sus últimas creaciones corresponden a las piezas presentadas en 1983) un singular conjunto de obras que abrió en el panorama del arte cubano de los ochenta, nuevas páginas de una conjugación única entre lo lúdico y lo lúcido.

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