Eduardo Ponjuán le susurra un bolero al vacío en Bellas Artes

/ 23 diciembre, 2014

Como es costumbre, a finales de cada año el Museo Nacional de Bellas Artes brinda sus salas transitorias al artista galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas del año anterior. Esas suelen ser exposiciones muy esperadas por el público amante de las artes visuales. Los creadores distinguidos con tal alto reconocimiento enfrentan el reto de llenar uno de los espacios expositivos más importantes del país, con una propuesta artística que no deje indiferente a nadie.
Por estos meses que corren le ha tocado ocupar dicho espacio expositivo a Eduardo Ponjuán, Premio Nacional de Artes Plásticas 2013. Como muchos de su generación, Ponjuán es un artista multimedial, es decir, no se limita a utilizar un solo medio de expresión. Es un dibujante virtuoso, de los que pueden darse el lujo de regodearse en el oficio, pero no por ello se ha enclaustrado en el plano de la visualidad bidimensional, ni en la retórica hueca que funciona como pretexto para el alarde formal. Ponjuán también ha sabido desarrollar parte de su obra en la tercera dimensión, ha construido singulares artefactos escultóricos, utilizando técnicas no convencionales, por lo que la experimentación tanto con diversos materiales como con procedimientos constructivos ha sido una constante en su obra más reciente.
Pero ya sea en el dibujo, pintura o en el ámbito de lo instalativo escultórico, Eduardo Ponjuán siempre se ha manifestado como un artista analítico; un artista para quien la visualidad, sea bidimensional u objetual, se convierte en síntesis de un proceso de pensamiento. Un proceso que disuelve todo rastro explícito de los referentes culturales, de las preocupaciones temáticas y las motivaciones emocionales que constituyen el fundamento de la elaboración estética del artista. De ahí que sus exposiciones siempre le impongan a la crítica, y al público en general, una tarea nada fácil.
La muestra que se exhibe en Bellas Artes hasta el mes de enero del próximo año no es la excepción, sino todo lo contrario. En la sala del 3er piso del Edificio de Arte Cubano somos intimidados por una serie de lienzos en los que Ponjuán ha pintado, a gran escala y con preciosismo hiperrealista, cosas, objetos, a simple vista ordinarios, tales como hojas de libretas escolares, negativos fotográficos, el reverso de una postal en blanco, el efecto encaracolado de un rasgón en una hoja de papel blanco, un par de tenis, un disco de pasta. ¿Qué hacer frente a estas imágenes? De seguro para el artista deben tener un significado específico, quizás muy íntimo, vivencial. Pero nosotros, como espectadores, debemos ser capaces de elaborar el nuestro. Y la única manera de hacerlo es llevando esas imágenes a nuestra propia experiencia de vida, animándolas con nuestra imaginación, fabulando posibles historias para ellas, a la vez que gozamos de la ficción visual que nos proporciona el arte. Pues a esa escala todo parece más significativo, más cinematográfico, y por tanto menos ordinario.
Por su parte el conjunto instalativo situado en el lobby de la sala propone una experiencia de escala y de visualidad totalmente diferente; se trata de una construcción en miniatura, y por ello antimonumental, de peculiares ambientes escenográficos. Esas vitrinas parecen escenarios teatrales o set de animación, en los que un instante de la historia ha sido detenido para nuestro escrutinio. La iluminación, cenital y focalizada, cae sobre un aspecto de la escena, ya sea un objeto, un dibujo, una foto, resaltando su protagonismo y creando sugestivas atmósferas. Un espacio en silencio, un tiempo detenido, un reino de miniaturas, todo ello conformando fragmentos ilusorios de realidades.
Ante una propuesta de esta naturaleza usted debe atreverse a fabular su propia interpretación, porque aun cuando el artista desvía nuestra mirada a través de la luz hacia los signos que quiere resaltar, el sentido de estos permanece abierto, hasta cierto punto indeterminado. Quienes tenemos el poder, y el deber, de echar a andar en nuestras mentes la acción congelada de esas puestas en escena, somos nosotros, los espectadores. De seguro Eduardo Ponjuán estaría agradecido de que así fuera.

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