Eduardo Ponjuán. El vacío como excusa…

/ 11 noviembre, 2014

¿A quién le importa?

Trémulo, casi a gritos, le pedí que me insultara, que me delatara, pero que no siguiera en silencio.

Adolfo Bioy Casares

 

Asúmelo, la expo no sirve me dice sentado en el banco de madera. Más allá de las puertas de cristal abiertas, 9 lienzos muestran a escala considerable distintos soportes de comunicación. Uno por uno, se deleitan en el silencio, en la inutilidad de los dispositivos que representan: formatos vacíos, carentes de mensaje, de concepto. Hacia la derecha, un par de tenis Converse cuelgan de un pentagrama, hecho con cables de acero tensados entre dos de las paredes de la galería (sala transitoria del Museo Nacional de Bellas Artes, Edificio Arte Cubano). Afuera, el espacio está ocupado por una instalación de cápsulas metálicas, de vitrinas que, como umbrales al pasado, muestran objetos puntuales, fragmentos de historias que el artista ha dejado ahí.

Su obra no es más que el reflejo de la crisis, en todos los sentidos; por lo que dice y por cómo lo dice. Apela a la idea de la soledad, de la nostalgia por un tiempo pasado que, a su modo de ver, fue mejor que el presente. En ese sentido, incluso los recursos formales que emplea para expresarse no dejan de ser pobres, reiterativos y, en ocasiones, ilegibles. Esa lectura –tu lectura– es bastante ingenua si quieres hablar de una producción como la de Ponjuán. Las sensaciones que detectas no son más que la epidermis de un relato que va más allá de la simple enumeración de emociones. Su propuesta radica precisamente en la invisibilidad, en la huida de lo evidente. Es la creación del vacío, motivada por el malestar que le causa la propia condición artística.

Todo eso está muy lindo, pero recuerda que si el artista no contextualiza la obra, si el mensaje no llega al receptor, la comunicación no se logra. Ponjuán no hace concesiones, no tiene nada que decir por el momento ni a quien no se esfuerce en escucharlo. Sus recursos formales no son pobres, son básicos. No hay alarde de la técnica y la reiteración es válida para acentuar ese vacío. Respecto a eso, no veo la síntesis estética de un diseñador gráfico, ni la densidad semántica de un gran artista. No entiendo la selección de objetos –en el caso de la instalación exterior– creando situaciones que tampoco entiendo; colocados por demás en estructuras que desarticulan la impoluta sobriedad de la sala interior. Claro, porque te estás enfrentando a dos épocas diferentes, incluso a dos exposiciones distintas. Unmonumental es una instalación museo, es la encarnación física de la memoria del artista. Cada receptáculo cuenta un momento, un lugar y un estado de su creación. Bésame mucho es el ahora, el presente de su producción y respecto a lo demás dista bastante. Ponjuán es heredero de un arte conceptual que privilegia la apropiación del objeto, no entendida como aquella extrapolación del contexto extra-artístico al artístico –y su consiguiente cambio de función–, sino desde la implicación con otras formas culturales. Así, emplea una suerte de asimilación, devenida forma de arte, que responde, en última instancia, a inquietudes personales.

Pues a mí no me funciona la muestra porque el arte tiene que llegar a todos, sin necesidad de un interlocutor que explique la obra o el modo de proceder del artista, como en este caso las palabras de Corina Matamoros. Las piezas tienen que hablar por sí solas y decirnos a todos –o al menos a un buen número de personas– esencialmente lo mismo. No es posible que yo vea tristeza donde otro entiende alegría. Este tipo de producciones ponen en crisis los criterios modernos de la autonomía del arte. Sí se necesita conocer al artista, su obra, su historia. Los semas que gravitan alrededor de dichas instancias fungen como un puente hacia el saber pleno, hacia la complementariedad discursiva de estas propuestas. Para nadie es ya un insulto que ciertas obras estén dirigidas a un público exclusivo, con profundos conocimientos teóricos del medio; más aun cuando en el caso de Ponjuán su condición de artista está ligada a la del intelectual erudito, profundo cuestionador del pensamiento teórico. Su trayectoria, dinámica y mutante, evidencia un continuo sondeo en los intersticios del arte.

Sí, recuerdo que desde sus comienzos en 1988, en dúo con René Francisco, ambos se lanzaron a un modo de creación que implicaba el constante escrutinio en conflictos sociales, políticos, religiosos y culturales, desde una estética conceptual. Los resultados engendrados por esa alianza fueron casi siempre ácidas reflexiones de una turbulenta etapa. Lectura dos (1988), Ven y dame una mano (1992) o Corriente alterna (1995) –exposiciones que jerarquiza mi memoria– los bautizaron como portavoces de la llamada generación maldita, aquella que dio la bienvenida a los controversiales años noventas. Pero nada de eso lo percibo en Bésame mucho (2014). Estamos ahora en otro momento social incluso dentro de la misma realidad cubana, y Ponjuán, como artista, responde a circunstancias completamente distintas; por lo que jugar así con el tiempo, en cuanto a las comparaciones, no tiene mucho sentido. Pero es que la comparación es inevitable ¿Acaso no sientes aquí la voz de Robert Barry o la impronta de John Cage?

Recuerda que en la obra de Robert Barry, hacia finales de los años sesenta, el material se tornó visualmente imperceptible (ondas de radio, sonidos ultrasónicos, gases inertes y sustancias radioactivas). El artista rechazó la documentación fotográfica y únicamente la utilizó para demostrar que no había nada que fotografiar. Ponjuán nunca abandona la representación, aunque sí le interesa la idea de lo invisible. Él tampoco tiene nada que representar, o, mejor aun: se ha propuesto representar la nada. Su obra es la ausencia, aquello que no vemos. Ni siquiera el texto existe, lo que queda es su soporte, lo que leemos es su inconformidad con el medio. Sobre el material, el verbo se traduce visualmente en ausencia de la idea. Respecto a John Cage, la relación puede ser válida; tomando en cuenta que “Bésame mucho” es un pentagrama dispuesto en el espacio sin una sola nota, más allá de la firma simbólica que ha dejado Ponjuán con sus Converse. Esto, en cierta medida, me recuerda la pieza 4´33´´ (1952), también conocida como “Silence”, en donde el compositor norteamericano le dio voz al silencio durante 4 minutos y 33 segundos. No obstante, Ponjuán marca su distancia de Cage. Él no busca representar silencio, sino vacío. Su pentagrama es el bolero ausente, la nostalgia causada por la soledad en el espacio, en el hoy. Su canto llega incluso a los oídos del arte contemporáneo, ese arte desagradecido, que nada le dice.

¿Y a quién le importa su relación con el arte, con la soledad, con el ahora? A nadie, ni siquiera a él mismo. De eso se trata todo.

Loliett Marrero Delachaux

Loliett Marrero Delachaux

La Habana, 1990. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde 2013 labora como especialista en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Ha publicado artículos sobre arte cubano y latinoamericano en las revistas Arteamérica, El Caimán Barbudo, Extramuros y el Boletín Ojeada que emite el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam.

Rigoberto Otaño Milián

Rigoberto Otaño Milián

La Habana, 1987. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana. Actualmente ejerce como especialista del sello editorial Collage Ediciones del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Ha publicado textos sobre arte cubano en catálogos y revistas.

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