Desnudez sin voluptuosidad

/ 13 mayo, 2015

La Galería Artis 718, uno de los nuevos espacios expositivos que el Fondo Cubano de Bienes Culturales ha abierto en la ciudad, nos ha sorprendido con una muestra personal de un pintor de la mítica generación del 80´: Moisés Finalé.

Digo pintor, porque de los jóvenes artistas que protagonizaron la renovación de la plástica cubana de ese decenio, Finalé es de los pocos que se mantuvieron fieles a los soportes tradicionales, acumulando desde entonces y hasta la fecha una obra pictórica y gráfica que goza de gran reconocimiento internacional, y que lo sitúa, al interior del panorama nacional, como uno de nuestros más importantes pintores contemporáneos.

Por tanto, estamos hablando de ese tipo de suceso expositivo que siempre se agradece, porque nos da la posibilidad de disfrutar en vivo y en directo, en sala, con toda la atmósfera que se genera en un espacio de arte, de la producción más reciente de un artista del más alto nivel; que estuvo ausente del circuito expositivo cubano durante toda la década del noventa, y que poco a poco ha ido regresando, desde aquella importante exposición del año 2003 –Herido de sombras–, realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes.

No dudo entonces que para las más nuevas generaciones descubrir a Finalé en la Galería de 7ma y 18 en Playa pueda ser toda una revelación. Aunque, en propiedad, la obra nueva, recién salida del horno como se dice, de un artista con una poética sólida, madura, siempre, en alguna medida, puede resultar una revelación.

Así me ha sucedido con esta nueva serie. Ante el mundo visual de Moisés Finalé quedamos a solas con su invención estética, nuestro conocimiento cultural, y la facultad imaginativa que nos ha sido dada. Sin que se produzca la fusión de estos tres ámbitos –nuestra imaginación siendo catapultada por nuestra competencia cultural, para poder conectar así, con total desenfado, con esas extrañas realidades plásticas–, sería muy difícil poder disfrutar a cabalidad de la propuesta de este artista. Porque se trata de una pintura difícil, de complejas composiciones, repleta de referentes culturales transfigurados por la imaginación del creador, donde todos los matices del lenguaje visual adquieren gran protagonismo estético; una pintura que devela y oculta al mismo tiempo lo que muestra, que es rica en detalles gráficos, en sutilezas simbólicas, que hay que mirar casi con lupa, recorriendo las superficies fragmento a fragmento, pero que también exige una distancia, para que así la totalidad de los motivos se arme ante la vista y se exprese la monumentalidad. Porque, también, se trata de una pintura monumental.

Los silencios no existen, la serie que se exhibe, tiene la peculiaridad de estar conformada casi en su totalidad de pinturas en blanco y negro, algo poco común en Finalé, que se ha caracterizado por una paleta de colores mucho más amplia y vigorosa. Ese blanco y negro, de un negro desteñido, pues el pintor sometió los lienzos a un baño de aguacero, rebajando así el absoluto de la ausencia de color a una rica gama de degradaciones, me ha hecho percibir lo que quizás la mediación del color atenuaba un tanto: la maestría que posee Finalé para estructurar un tipo de pintura absolutamente planimétrica, en la que no existe el menor asomo de un volumen, pero en la que al mismo tiempo se superponen una gran cantidad y variedad de motivos plásticos. ¿Cómo es posible que semejante superposición de áreas pictóricas no generen volumen, espacialidad, profundidad? Ese es uno de los secreto de Finalé, una de las más importantes marcas de identidad de su pintura, y no creo que sea gratuita.

En el tejido intercultural de sus superficies pictóricas, abundan las posturas hieráticas y laterales de referencia egipcia, la frontalidad esquemática de las máscaras africanas, animales mitológicos, ninfas, diosas. Aun cuando hay desnudez, nada connota voluptuosidad, el volumen está desterrado de su pintura. Sería arriesgado emitir la siguiente tesis, pero en un tipo de composición visual que se nutre tanto de códigos de representación de culturas antiguas, ancestrales, como de símbolos iconográficos de connotaciones religiosas, rituales, y todo ello amalgamado en una imaginería visual que los refunde en un mismo plano –literalmente–, no puedo dejar de sentir que se expresa cierta filosofía de la cultura.

La cultura como acumulación, sedimentación, imbricación de una tradición con otra. La cultura, al fin y al cabo, como un mosaico universal donde no es posible jerarquizar a unos sobre otros, engrandecer a unos y minimizar a otros. Por eso, pienso, la sabia cultural que nutre la prolífica imaginación de Moisés Finalé, se superpone en el lienzo en apretada síntesis, conformando un mismo plano, denso, saturado, intrincado, pero emergiendo todo en igualdad de condiciones; una superficie que despliega en el tiempo presente y eterno de la obra, toda la profundidad de lo acontecido.

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