Cuerpos que no pueden tanto

/ 23 mayo, 2015

Una y cuántas veces más, en ese bar que otros llaman La Fábrica, he explorado con empeño vano las paredes falsas de su mezzanine. Cuelgan allí imágenes que me intrigan, me extrañan, me seducen y me engañan. Prometen algo más –prometer es tarea harto sencilla–, como esa línea tan dura entre el cielo y el resto de las cosas que siempre estará un poquito más lejos y a la que nunca llegarás.

Imágenes, imágenes estáticas y en movimiento, todas bajo el peso de una aseveración grave y extraña rotulada al inicio de la sala: Nadie sabe lo que puede un cuerpo. Después de ello, quiero ver, quiero buscar, quiero explorar esas posibilidades prometidas. Doy un paso y otro en aquel laberinto y son cuerpos, fragmentos de cuerpos, pero solo cuerpos humillados, cuerpos mutilados, cuerpos torturados, cuerpos muertos: cuerpos que hablan y cuerpos que silencian. Cuerpos que se esconden, que se ocultan al mostrarse en lo que no son, lo que pueden y no quieren.

La sensación, la misma en las tantas veces que me he atrevido frente a esos cuerpos, retazos de vidas y simulaciones, es que falta algo, algo que quiero ver, yo siempre quiero, y algo que me niegan, me escamotean, me censuran.

Finalmente, una noche, después de cuatro cervezas (y quizás alguna más, pero ese detalle es totalmente prescindible ahora), descubro la engañifa, la estafa. Los cuerpos, cualquier cuerpo, pueden más, mucho más. Que no todo es sufrir en esta vida. Y allí, eso falta.

Claro que sufrir y, más que sufrir, mostrar, exhibir, adornar, discursar y redundar en el sufrimiento, la soledad, la ausencia y el dolor, es una opción, pero justo eso es lo que no pueden los cuerpos, no lo pueden al menos por mucho tiempo, y es eso y solo eso es lo que veo allí, en aquel laberinto tan blanco y a tan alta temperatura.

Lo que si pueden los cuerpos, lo que buscan y a ratos hasta lo consiguen, es gozar. Ahí vive el cuerpo, en el placer, y ahí da vida. Y no hay gozo, no hay un solo, mínimo, solitario átomo de gozo en esas imágenes: hay dolor, laceraciones, gritos, espanto: todo lo que ningún cuerpo quiere, y a la larga lo que no puede, lo que los aniquila, humilla y acaba.

Viene entonces, inevitable, la pregunta que me hago como se la haría cualquier escolar sencillo: ¿por qué? No es que este mal, cada quien que cargue con las pateaduras que prefiera, pero, ¿por qué? ¿Por qué al pensar en un muestrario (finalmente así termina viéndolo uno, si quiere) de todo lo que puede, podría, un cuerpo, el cuerpo, se escoge solo colgar de esas paredes, justo lo que el cuerpo no puede y además no quiere y además no necesita?

Quizá sea un prejuicio, quizá sea demodé y vano, mal visto y peor valorado, mostrar la dicha, la satisfacción, el placer, la risa, la gozadera, la ricura, la felicidad. Quizá es más efectivo y efectista, e incluso mejor pagado, tanto por tanto, mostrar el dolor y todos sus desencantos, en un mundo, qué contradicción, en que en el modo torpe en que yo, este ser miope, daltónico y astigmático, veo las cosas, necesita todo lo contrario.

Solo que yo no soy el artista, yo solo soy el que mira insatisfecho, el que quiere más, y casi nunca recibo sino más de lo mismo y casi siempre menos de lo rotulado.

Ernesto Pérez Castillo

Ernesto Pérez Castillo

La Habana, 1968. Escritor. Premio de Novela de la UNEAC por Haciendo las cosas mal (2008). Ha publicado los libros de cuentos Bajo la bandera rosa (2009), Filosofía barata (2006) y las novelas Medio millón de tuercas (2010) y El ruido de las largas distancias (2011).

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