Cuba en 16

/ 28 febrero, 2018

Lo más próximo a un movimiento creativo hoy en La Habana son los Talleres de 16mm del Studio 8. Núcleo gestor de miradas sobre la realidad cubana, que ha logrado diversificar estéticas y aglutinar artistas, algo de por sí disipado en nuestro medio, más cuando se trata de fotógrafos, fotógrafas, de intérpretes de la imagen. Talleres de Fotografía en Movimiento, cine experimental realizado por profesionales o principiantes, que estructuran una sociología visual y un modo de hacer atípico en el escenario del arte cubano actual.

Deudores de la mejor cinematografía del género y la documentalística producidas y consumidas en la Isla (Santiago Álvarez, el patrimonio de los noticieros ICAIC, el vanguardismo documental de Nicolás Guillén Landrián, cierta filmografía referida de Octavio Cortázar), sus autores consiguen hilvanar aristas de la época y el contexto social contemporáneo con luces e ingenio. Juan Carlos Alom, paradigma de la creación fotográfica cubana desde el último decenio del siglo XX, y Aimara Fernández, creadora que debuta, son los precursores del suceso.

Talleres de un cine también conocido como clandestino, underground, puro, absoluto, alternativo ante el modelo hegemónico del mercado y el imperio audiovisual, que desobedece el lenguaje narrativo instituido. Exento de la norma y autofinanciado, este trabajo sostenido durante casi un año logra trazar cambios no solo en la tradición enraizada por documentalistas, reporteros y las plataformas de comunicación masiva. La conciliación de artistas visuales asentados y fotógrafos empíricos, muchos de ellos no titulados de academias, el trabajo en dúo, el debate, la retroalimentación artística, la apertura, el fundamento docente, la inserción de jóvenes con experiencia en otros campos e influyentes en la apreciación de una cultura urbana concreta, son algunas de estas renovaciones. Aciertos que se prevén en ascenso –para talleres siguientes– al ofrecer más espacio a otras miradas no exclusivas de artistas. Gente común convidada a filmar.

Determinantes resultan los temas sociales, el registro de una realidad afín, en virtud de exponer un relato desprejuiciado. Imágenes fragmentadas, aleatorias, que configuran la identidad múltiple de un imaginario no reglamentado. Privados de institucionalismo y bajo la égida de Alom, creadores y creadoras afrontan el mundo cotidiano, regional, humano. Asoman tópicos como el arraigo, la memoria (Marca – Espacios, Chacho & Reinaldo Cid, de alcanzado trabajo con las luces), el poder, la escala social y su dinámica (Un paso p´lante dos p´trás, opera prima en stop motion de Alejandro González), la ilusión, la certidumbre, el alimento, la familia (VW, Alfredo Sarabia Fajardo, versión de su cuidado ensayo fotográfico), los roles (Cocina al minuto, Aimara & Milena Fernández, de favorables encuadres, detalles de animación y planos cerrados), el estoicismo, la vanidad (A base de vianda, Arien Chang, traslación vivencial de uno de sus más conocidos ensayos), la frivolidad, los escenarios paralelos del arte (La Habana 30.12.2017, Leandro Feal; Entre caníbales, Luis Casas & Yojany Pérez, meritorio empaste entre creadores, sus acciones y manifiestos), los espacios habitacionales (311, Elizabeth Rodríguez & Irolán Maroselli, apreciable resultado con las bajas luces y los contrastes), la precariedad, la inventiva del sujeto ¨ante las dificultades básicas y el resultado de la convivencia en comunidad¨ (Edificio de agua, Felko & Ossain Raggi, una de las obras más dinámica, lograda y efectiva del Movimiento).

Asuntos que se filman entre 1 y 2 minutos y medio, a partir de un pie forzado. En una sola jornada, un rollo y sin la fuerza de un guión predeterminado, es resuelta la obra. En cámara se edita, las películas se revelan de forma artesanal y los transfers se hacen furtivos. Bajo este nivel de causalidad, que deviene en un estimable nivel de arte cinematográfico, se toma el pulso de una parte de la historia social cubana, la vida diaria y el proceder de sus habitantes. Guía la conjetura propia de generaciones formadas en la unicidad, que buscan objetar las estructuras verticales. ¨Salirse del formato¨, en pos de una ¨resistencia pasiva para documentar lo que no sale en los medios¨, según palabras de su fundador; quien en esta ocasión emerge como productor y se afianza como director de cine experimental en Cuba. Recordemos desde 1997 el largometraje Una Harley recorre La Habana, hasta las obras cimeras Habana Solo (2000) y la más reciente 9 días después (2016).

Esta experiencia apuesta por un cine ¨popular¨, independiente, con alto sentido antropológico. Elude las vías conservadoras y se desanuda de la demanda oficialista, para culminar en circuitos y centros de arte.[1]  Es una intención llevar a museos y universidades segmentos de un país real, alejados del lugar común. Aquello que se encuentra fuera de ¨un estándar latinoamericanista de uniformidad y unión¨.[2]

Cine costoso, discrepante y de sabor exclusivo desde sus inicios en la década del 20 del siglo anterior, puesto en manos de la autonomía creativa, sin medir al sujeto tras el lente. Esta acción de Studio 8 sostiene la idea modernista de laboratorio (obra porfiada, como la de Man Ray y Oskar Fischinger), sin embargo, abre la posibilidad de acceso, acentúa objetividades y rescata la confluencia. Algo tan necesario en el arte de los tiempos que corren.  

Favorecía pensar en una mayor promoción y la sostenibilidad necesaria del proyecto. Sugiero la inclusión del sonido (o banda sonora) en la mayoría, como recurso enriquecedor de la narrativa visual, artilugio para subrayar escenas, línea dramática o argumentos.

En los planos de alcance y efectividad de los conceptos, beneficiará no descuidar las trampas de las visiones rebeldes, de matiz vanguardistas, que se convierten con el tiempo en pautas probadas, especie de antivanguardia. Esquivar temas que se deslicen hacia la ligereza o los patrones del perfil sombrío, tan conocido, de la vida en esta Isla.

Es este un work in progress que expone compromiso, y al comportarse como tal, mostrará con veracidad la historia contemporánea y la cultura de un país. La profunda capacidad y talento de su iniciador puede sostener sin dudas el reto.

[1] Se han realizado tres presentaciones de estos filmes en La Habana (Estudio Figueroa-Vives, Embajada de Noruega, octubre de 2017; Studio 8 y galería El Apartamento, febrero de 2018) y dos en EE.UU. (Universidad de Connecticut, 2017 y Echo Park Film Center, Los Ángeles, 2018).

[2] Juan Carlos Alom, entrevista personal, 4 de febrero de 2018.

Grethel Morell Otero

Crítica de Arte e investigadora. Historiadora de la fotografía cubana. Dos veces Premio de Investigación Fotográfica (Fototeca de Cuba, 2009 y UNEAC, 2010). Publica en las más importantes revistas culturales cubanas y en numerosos sitios web especializados. Autora del libro Damas, esfinges y mambisas. Mujeres en la fotografía cubana 1840-1902 (Ediciones Boloña, 2016). Premio Nacional de Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros (2016).

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