Cuatro gatos conmovidos

/ 2 diciembre, 2014

Un suceso que no conmovió al mundo, sino apenas a los cuatro gatos que no tenían nada que hacer y pasaron por allí, fue la muestra inaugurada en un apartamento de la calle veintiuno, bajo el ampuloso título de “Sistema (operativo) de referencias”. Mal me pesa reconocerlo, no estuve entre los valientes que arriesgaron su tarde noche de sábado, fría y que amenazaba lluvia (pretextos, puros pretextos). Solo aparecí una semana después, bajo la amenaza de que en veinticuatro horas las piezas serían retiradas.

¿Qué encontré? Un huevo hervido, soportado contra la pared, impresa en su cáscara una huella de pulgar, y adjudicado al pobre Piero Manzoni. Pregunté quién era, y el compañero Llópiz sonrió. Grave falta: no el ser ignorante, mas sí mi manera inocente, franca, fresca, de confesarlo. Dos paredes después, lo que queda de una tabla lavada por el tiempo y las malas condiciones ambientales durante años, empotrada más arriba de la altura de los ojos, de unos 40 x 30 cm, previamente arrancada de alguna fachada revolucionaria, contenía el nombre de cierto Cedeérre, y un espacio en blanco a rellenar con el día y hora de la guardia de los vecinos. Le seguía, noventa grados a la izquierda (o la derecha, según se oriente la cabeza del que mira), una pantalla plana con muñequitos de Disney, pero el curador, el compañero Llópiz, juró y perjuró que esa no era la obra, sino un video que se puso en la inauguración y que ahora no recuerdo de qué iba. Después venía la pieza del propio Llópiz, apropiación de una obra conocida que reproduce la silueta de Duchamp, a la que él suma la de Santiago Sierra. Puerta mediante, en una mesa baja, impresos en hojas letter, dibujos a línea (me ofrecieron llevarme alguno, pero no lo hice) que manipulan, por omisión de detalles aleatorios, figuraciones de Raúl Martínez.

Como al terminar el recorrido no estaba en Trocadero, pero sí en blanco, expuse mi pellejo otra vez y pregunté de qué iba la cosa. Entonces fue el desboque, que duró como tres horas, pues Llópiz no tenía para cuando acabar y yo tampoco. No era evidente el concepto que trafagaban las obras, aunque quizá sí muy de lejos: la idea, el meollo, el pollo de aquel arroz con pollo, era cierta tendencia más o menos evidente, a la copia, y a la copia de la copia, que despunta a ratos y a ratos abruma, a veces de manera lúdica, provocativa, enriquecedora, y a veces dejando al otro lado de la avenida toda preocupación ética y cualquier cuestionamiento moral. Y me mostró las palabras de presentación, que rezan: “la copia(dera) ha debutado en asunto trending, marketinesco, y por demás una preocupación cíclicamente renovada en el mundillo del arte”, y más adelante: “Hay que saber reconocer lo sutil: la diferencia escapista, voluble y nebulosa, entre el plagio, la copia y el aprovechamiento desmadrado de la falta de información”.

Asunto pelicomplicado, pensé al vuelo. Y es que se sabe, aunque se olvida: nada nuevo hay bajo el sol. De hecho, para sorpresa del curador, señalé que su presentación refiere que en marzo, en el Museo de Antropología y Arte Contemporáneo de Ecuador, se exhibió “La copia. De la copia. De la copia”. O sea, en blanco y negro: no solo las piezas a la vista resultaban intencionadas copias, sino que el propio concepto curatorial, la exposición en sí misma, no era ni más ni menos que eso: una copia.

Llópiz asentía, y argumentaba en igual dirección. Hay un sinsentido en la originalidad a ultranza, siempre somos deudores, alguien tiró muy lejos y muy antes la primera piedra. Pero con todo, convendría preguntarse si al “copiar” digo algo nuevo, o de nueva manera, y tener cierta capacidad para ruborizarse si sucede lo contrario. Yo aplicaba en nuestro diálogo la ingeniería inversa, que a ciencia cierta no sé qué rayos es, pero se ve muy bien cuando uno lo deja por escrito.

En fin, que terminé: debemos aceptarlo, copiar es la única posibilidad creativa que nos queda. Llópiz abrió los ojos, asustado ante mi tendencia a los tremendismos y lanzó una carcajada. Yo le dejé reír, con Aristóteles en la cabeza: “la epopeya y la poesía trágica, y también la comedia y la ditirámbica, y en su mayor parte la aulética y la citarística, todas vienen a ser, en conjunto, imitaciones”. O sea, yo no estaba exagerando, apenas copiaba al estagirita, que lo dijo mejor, como veintitrés siglos atrás.

Ernesto Pérez Castillo

Ernesto Pérez Castillo

La Habana, 1968. Escritor. Premio de Novela de la UNEAC por Haciendo las cosas mal (2008). Ha publicado los libros de cuentos Bajo la bandera rosa (2009), Filosofía barata (2006) y las novelas Medio millón de tuercas (2010) y El ruido de las largas distancias (2011).

Publicidad

  • Editor in Chief / Publisher

  • Executive Director

  • Executive Managing Editor

  • Art Director

  • Editorial Director / Editor

  • Design & Layout

  • Translation and English copyediting

  • Spanish copyediting

  • Commercial director & Public Relations / Cuba

  • Web Editor

Publicidad

Boletín de Noticias Art OnCuba

* Este campo es obligatorio